Vivimos en una época casi convencidos que estamos al final de algo. El final de una forma de hacer política, del trabajo como lo conocíamos, del libro, del cine, de la verdad, incluso del pensamiento. Cada semana aparece una nueva certeza anunciando que nada volverá a ser igual y el presente va tomando una densidad tan extraordinaria que termina ocupando todo el horizonte, y empezamos a creer que adelante hay un abismo.
“Algún día hemos de llegar… (le decía Fierro a Cruz) después veremos a donde”. Ese “donde” está cada vez más lejos y más desconocido
No es una sensación nueva. Cada generación ha sentido, de alguna manera, que habitaba un tiempo excepcional. La diferencia es que hoy esa percepción se mueve a una velocidad inédita y se comprueba a diario con solo mirar el dispositivo que tenemos en la mano.
Las noticias se superponen, las redes convierten cualquier episodio en un acontecimiento definitivo y la política/espectáculo coloniza todos los espacios de la conversación. Terminamos viviendo dentro de la coyuntura como paisaje permanente.
Quizá por eso resulte tan difícil establecer la distancia necesaria para pensar y para imaginar. Vivimos opinando antes de entender y discutimos antes de saber si el problema estaba más o menos bien planteado.
Los sistemas terminan siendo más importantes que las personas para las que fueron creados y los procedimientos reemplazan al sentido común. Lo loco es que aceptamos esa lógica con una naturalidad que sorprende, como si no existiera otra manera posible de organizar el mundo.
Y en medio de todo esto dejamos de ejercitar la imaginación. Y no hablamos de fantasía, de juego, de humor inteligente, de ironía creativa, dejando de lado la capacidad humana para pensar otras alternativas.
Esa pregunta atravesó buena parte de la cultura europea cuando ese veterano continente marchaba hacia la oscuridad de las décadas de 1930 y 1940. En medio de la violencia, de los nacionalismos y de una maquinaria que terminaría en las atrocidades que todos conocemos, algunos intelectuales eligieron detenerse en un asunto que parecía secundario: el lugar del arte.
Mientras todo parecía derrumbarse, seguían preguntándose qué podía hacer una novela, una fotografía, una película, una pintura o una obra de teatro frente a la barbarie. La respuesta nunca fue ingenua. El arte no impediría una guerra ni modificaría una elección, pero podía impedir que la barbarie ocupara también la imaginación.
Vivimos rodeados de dispositivos capaces de producir imágenes infinitas, textos infinitos y músicas infinitas. Pero la abundancia no garantiza imaginación y muchas veces ocurre exactamente lo contrario. La repetición termina pareciéndose a una forma de silencio complaciente.
La cultura es uno de los pocos lugares donde todavía es posible interrumpir la inercia. Como cuando un libro obliga a detenerse en el tiempo o una película nos pone la mirada de otro, por ejemplo.
Convivir con el infinito consiste precisamente en eso. En aceptar que ninguna época tiene la última palabra. Que ningún gobierno, que ninguna crisis económica, que ninguna innovación tecnológica ni que ninguna inteligencia artificial consiguen clausurar la experiencia humana. Siempre nos queda una interpretación pendiente, una obra por realizar o una pregunta por formular.
La imaginación es “la” herramienta de supervivencia cultural. Mas allá de la política, de la administración, de la economía, de la tecnología y en estos últimos tiempos del mismo futbol. La imaginación, incluso en tiempos oscuros, abre la puerta para que puedan entrar otras posibilidades.
Convivir con el infinito y muchas veces con el propio abismo, significa rechazar la idea de que el presente sea una carga pesada. Significa asumir el riesgo de ser distintos, de pensar distinto y también de equivocarnos más. Porque las sociedades que dejan de equivocarse suelen ser las mismas que dejan de imaginar.
El eterno retorno no consiste en repetir la historia. Consiste en volver, una y otra vez, a esa decisión elemental que define toda cultura: aceptar el mundo como un sistema cerrado o insistir en imaginar aquello que todavía no existe.
* El autor es presidente de FilmAndes.