16 de julio de 2026 - 00:15

Los medios y los mensajes

El valor de un contenido ya no depende únicamente de su publicación. Depende de movimientos que ocurren después: la conversación que genera, la circulación que alcanza y la comunidad que logra convocar.

Presidente de FilmAndes

Hubo un tiempo en que los medios emitían mensajes y las audiencias los recibían. El diario que llegaba a la mañana, el noticiero que ordenaba el día y la radio que acompañaba el viaje al laburo.

Existía un centro de gravedad desde donde parecía organizarse el mundo, y sin darnos cuenta ese centro estalló en miles de fragmentos que conviven, se contradicen y se superponen en la pantalla de un teléfono que cabe en la palma de la mano y que llevamos todo el día a todos lados.

Nunca hubo tanta información disponible, nunca fue tan fácil acceder a ella y al mismo tiempo nunca resultó tan difícil comprender qué significa.

Cada uno de nosotros lleva en el bolsillo una versión portátil de la biblioteca de Alejandría. Noticias, videos, archivos, transmisiones en vivo, conversaciones privadas, inteligencia artificial, redes sociales, mapas, bibliotecas y millones de opiniones que aparecen con deslizar un dedo, o dos. Lo loco y lo verdaderamente extraordinario es la simultaneidad.

Resulta inevitable volver a las escaleras de ese sótano de la calle Garay donde el narrador de El Aleph descubre ese punto imposible desde el cual puede contemplarse todo el universo: “...Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque claramente la veía desde todos los puntos del universo.”

Nunca estuvimos tan cerca de esa visión. Cada noticia es infinitas noticias, cada acontecimiento infinitas interpretaciones, cada imagen sirve para miles de comentarios antes de que termine de cargarse en la pantalla y listo: el Aleph ya lo tenemos adentro.

Las audiencias dejaron de ser una multitud homogénea y se convirtieron en comunidades múltiples.

Ya no existe “el público”, existen “públicos” que conversan entre sí, que se organizan alrededor de intereses comunes y que reciben y construyen contenidos completamente diferentes. Dos personas que viven en la misma ciudad (o en la misma casa) pueden habitar universos mediáticos que jamás se cruzan.

El valor de un contenido ya no depende únicamente de su publicación. Depende de movimientos que ocurren después: la conversación que genera, la circulación que alcanza y la comunidad que logra convocar. Si un contenido no conversa, no circula y no construye comunidad, desaparece con la misma velocidad con la que apareció.

Y Todo sucede al mismo tiempo. Como en Everything Everywhere All at Once, (“Todo, en todos lados, todo a la vez”. Película dirigida por los ganadores del Oscar 2023 Daniel Kwan y Daniel Scheinert) donde todas las posibilidades ocurren simultáneamente y cada decisión abre un universo distinto.

Una noticia nace en un teléfono, atraviesa continentes en segundos, se transforma en meme, en video, en comentario, en desmentida, en inteligencia artificial y vuelve convertida en otra cosa antes de que alcancemos a comprender la primera versión.

Entonces ya no es qué medio transmite el mensaje, es desde dónde observamos ese inmenso Aleph y qué parte del universo decidimos mirar con la tecnología que multiplicó las ventanas, pero no necesariamente amplió las miradas.

Seguimos buscando, como aquel hombre del sótano, ese “objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Y cuando la pantalla se apaga por un rato y el flujo de información hace unos minutos de silencio, frente a esa inmensidad nos quedan dos posibilidades: infinita veneración o infinita lástima.

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