6 de agosto de 2026 - 00:25

¿Ceuta queda lejos?

Hay algo que une al pibe que cruzó nadando a Ceuta con quien, esta mismísima noche, duerme en una vereda de Mendoza. No es la nacionalidad, ni la religión, ni siquiera la pobreza. Es la misma necesidad de encontrar un lugar donde la vida sea un poco más amable, un espacio y un tiempo donde estar mejor.

Presidente de FilmAndes

Como muchos, recién ahora descubrimos dónde queda Ceuta precisamente.

Abrimos el google map y ahí estaba. -Ah, cerca de Casablanca. Casablanca… no, no tan cerca! por ahí. ¡Casablanca, la película!, claro…-

A veces conocemos mejor los lugares por el cine que por la geografía.

Y, de pronto, Ceuta apareció en todos los noticieros. Miles de chicos marroquíes cruzando el mar nadando. No iban a invadir con tanques, ni con uniformes, ni con fusiles ni con banderas de conquista. Iban con algo escaso en estos tiempos: la esperanza de vivir un poco mejor.

Lo que encontraron fue otra cosa.

Más allá de los controles y las vallas, más allá de la policía inútil, aparecieron las voces de quienes gritaban ante la marea de jóvenes: “¡Salgan de aquí, porquerías!” (sic). Lo vimos por televisión. En menos de cuarenta y ocho horas, muchos de esos mismos chicos fueron devueltos al punto de partida, con la ilusión deportada.

Esos miles y miles de changos que veíamos en las pantallas dejaron al descubierto algo más profundo que una crisis migratoria. Mostró la pobreza moral de los nacionalismos, la ineficacia de los locos con carnet que gobiernan las distintas partes del mundo, el egoísmo de una Europa que suele hablar de derechos humanos hasta que esos derechos golpean su propia puerta, las derechas culpando a las izquierdas, las izquierdas culpando a las derechas, italianos contra españoles, españoles contra africanos. (Y después dicen que los racistas somos nosotros.)

Todo ocurriendo con una velocidad que parece parte de una ficción. Como si un guionista demasiado pesimista hubiera decidido describir el mundo. Un día son drones sobre Ucrania, al otro, barcos incendiados en el estrecho de Ormuz, después la devastación del terremoto en Venezuela, más tarde una redada del ICE en Estados Unidos… y al día siguiente, Ceuta. Todo entra y sale del algoritmo y de las redes con la misma velocidad con la que lo olvidamos.

Discépolin decía antes de internet: “En el mismo lodo, todos manoseaos”. Y ahora el barro tiene forma de dispositivo. Consumimos tragedias al ritmo del scroll. Las compartimos, las comentamos, las olvidamos y la indignación dura unas veinticuatro horas con suerte; y más tarde se vuelve invisible, o normal.

Mientras miramos lo que pasa allá (lejos), por acá (cerca) hay quienes esperan. Sin mar, ni playa donde llegar, ni tanto móvil en vivo transmitiendo, los hay durmiendo en el rincón de un cajero automático, en una plaza o abajo del puente. Algunos todavía tienen la esperanza, otros ya no saben si vale la pena seguir buscándola.

Hay algo que une al pibe que cruzó nadando a Ceuta con quien, esta mismísima noche, duerme en una vereda de Mendoza. No es la nacionalidad, ni la religión, ni siquiera la pobreza. Es la misma necesidad de encontrar un lugar donde la vida sea un poco más amable, un espacio y un tiempo donde estar mejor.

La historia de Ceuta conmueve porque, aunque está lejos, habla de nosotros como conjunto de humanidad. De esa frontera invisible (o demasiado visible) que separa a quienes tienen oportunidades de quienes no tienen nada.

Volviendo a Casablanca, la película de 1942 con Ingrid Bergman (Lisa Lund) y Humphrey Bogart (Rick Blaine), que convirtió una pista nocturna y mojada de un aeropuerto en símbolo de las despedidas. Al final, el personaje de Bogart mira a Lisa y le dice una frase: “Siempre nos quedará París”.

Pero ese París no era una ciudad, era el lugar de la esperanza, o sea, de la felicidad.

La antigua ilusión de que, del otro lado de una frontera —o apenas cruzando la calle— la vida puede empezar de nuevo.

Por eso los chicos marroquíes nadaron a Ceuta y casi al mismo tiempo acá, a la vuelta de casa, hay quienes siguen buscando un lugar donde ser felices.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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