27 de agosto de 2026 - 00:05

Lo que el Mundial nos dejó (o lo que el viento se llevó)

Algunas reflexiones a modo de balance sobre lo realizado por la selección argentina en el Mundial de Fútbol 2026 cuando ya ha transcurrido más de un mes del final del evento.

    La sentencia de Heráclito: "Lo único permanente es el cambio", es más dura de lo que parece. Nuestra memoria selectiva tiende a aferrarse a los buenos recuerdos sin advertir que la realidad los desvanece, a veces lentamente pero inexorablemente.

    En tiempos de una inédita concentración económica y de poder, un fenómeno de masas como La Copa del Mundo es presa apetecida y fácilmente conquistable.

    Se cumplió el 19 de agosto un mes de la final y todavía resulta arduo procesar tantos hechos novedosos como los que se vivieron en ‘‘La Copa Tripartita’’, primera de la historia.

    Fue una copa política, no ya teñida o influenciada por la política sino totalmente politizada.

    Fue una copa comercial, en la que la TV estadounidense logró su viejo anhelo de que los partidos se jueguen en cuatro tiempos y lo hizo con la excusa absurda de la hidratación.

    Ni hablar del nefasto engendro llamado VAR. Todo antifútbol.

    Hay muy poco para decir futbolísticamente porque en verdad hace años que se juega de la misma forma. Vimos un cambio conceptual entre las copas de 1986 y 1990; desde entonces, solamente algunos matices. El fútbol evoluciona, como todo, pero sin grandes cambios.

    La Selección que nos interesa, la Celeste y Blanca, decepcionó en algunos aspectos y sobrepasó las expectativas en otros.

    Sabemos, fue reconocido públicamente por los protagonistas, que algunos jugadores llegaron en deficiente condición física por agotamiento o en recuperación de lesiones. Algo llamativo porque el Cuerpo Técnico se había mostrado siempre estricto e inflexible con el tema.

    Desde los primeros partidos vi que había posibilidades de llegar a la Final porque el equipo jugaba a una porción de su capacidad, sin explotar.

    Es algo que advertí desde el primer Mundial que pude seguir por TV, el de Alemania 1974. Nunca el Campeón empieza jugando bien (recuerdo apenas alguna excepción).

    Pareciera que el Mundial, en su brevedad de apenas un mes, es igualmente un largo proceso que los planteles viven con intensidad por ser un evento único y bajo una enorme presión. Así, aquellos que empiezan a toda vela, terminan al garete.

    En primera rueda no hay que observar las buenas actuaciones sino lo que los equipos insinúan, su potencial.

    Argentina insinuó mucho y concretó poco futbolísticamente. Sin embargo, el carácter, el coraje con el que revirtió algunos resultados fueron emocionantes y de mucho mérito.

    En definitiva, el fútbol es un deporte, verdad de perogrullo que es necesario repetir porque tendemos a olvidarla.

    El juego en sí, es decir la suma de técnica, táctica y estado atlético, son parte del fútbol, no son el fútbol.

    Un deporte exige además espíritu combativo, ansias de vencer, fuego sagrado. Con un potencial que no terminó de explotar en el juego y con dosis enormes de lo otro, los nuestros se hicieron un muy merecido lugar en la final.

    Ambos finalistas iban creciendo, pero a nosotros se nos notaba el agotamiento. Llegábamos disminuidos frente al brillante momento del rival, pero, una final es una final, siempre se puede ganar y para el hincha es imposible no ilusionarse.

    España nos superó ampliamente, el equipo se defendió con bravura y no tuvo posibilidades de otra cosa.

    Al final, con el resultado en contra, fue al ataque con todo y tuvo tres situaciones que pudieron cambiar la historia. La última, la de Senesi, todavía me intriga ¿cómo no fue gol?

    Días después se conoció un video en el que pudimos apreciar apenas el final de una conversación: ’’Olvídense de todo, pensemos en jugar’’, dijo el capitán.

    Ese breve fragmento disparó las especulaciones: que el ’’trapo’’ de Malvinas, que la Investigación de lavado de dinero, que la CIA, que el FBI, que la FIFA, que . . .

    Tengo una teoría acerca de las teorías conspirativas. No precisamente sobre ellas sino acerca de por qué son tan populares.

    Dice Tomás Moro en el prólogo de su libro más popular, que no faltarán las críticas, porque las personas parecen más inteligentes si critican que si aceptan. Eso mismo creo ver en aquellos que dan explicaciones oscuras para todo. Esa sensación, vana, por cierto, de superioridad al aferrarse a una explicación, a veces absurda, pero vedada a otros mortales más ingenuos.

    A partir de ahí, cada jugada, cada gesto, cada actitud de los jugadores nuestros sirvió de argumento para demostrar que entregamos el partido.

    A mí no me lo demostraron, la verdad.

    España paró un inteligente 2-4-4 que pasaba rápidamente a 4-4-2 las muy pocas veces que teníamos la pelota. Ese esquema aplicado a la perfección por un plantel disciplinado y con mejor reserva atlética, definió el partido.

    Es lo que se vio en el campo. Lo otro son teorías conspirativas indemostrables.

    Días después circuló otra explicación, la de que algunos referentes, especialmente el arquero, se manifestaron contrariados por las instrucciones del DT que pretendía empatar el partido dada la superioridad del rival.

    Me cuesta creer que este DT haya apostado al empate, pero, visto lo visto, no es imposible y hasta parece sensato.

    Resta decir que fue doloroso ver a este gran equipo de fútbol por primera vez netamente superado en el campo y sin capacidad de respuesta. Algunos rivales lograron maniatarlo por minutos en el pasado, pero siempre terminó imponiendo su buen juego.

    Esta vez fue imposible. Hay que felicitar al rival.

    Si la última versión es la verdadera, merece otra reflexión (y tal vez lo sea, porque el DT puso en duda su continuidad y el arquero habló de dar un paso al costado):

    El estilo de liderazgo de Sacaloni ha sido elogiado por especialistas del Mundo. No se impone, convence.

    Va en sintonía con las tendencias modernas de liderazgo.

    Conlleva un riesgo y es que cuando surge una duda, cuando el convencimiento del grupo no es total, el liderazgo se resquiebra.

    Si fue el caso, habría que computarlo como una ventaja más para el rival, nunca lo sabremos.

    Me quedo con la arremetida final, a puro coraje, pero no exenta de fútbol, que nos puso a tiro de un empate heroico.

    Los hinchas argentinos no festejamos segundos puestos, pero sí reconocemos lo mucho y muy bueno que este equipo nos ofreció en ocho años, incluyendo, por supuesto, haber jugado esta final.

    El autor es un ingeniero mendocino radicado en Sherbrooke, Provincia del Quebec, Canadá.

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