Hace unos días la empresa OpenAI reveló que agentes avanzados de su inteligencia artificial (IA) se descontrolaron durante una prueba de seguridad y realizaron un hackeo contra otra empresa. El hecho fue calificado como un incidente cibernético sin precedentes.
La IA, esa es la cuestión. Como ha ocurrido en otros momentos de la historia, la humanidad está ante un cambio que transformará la vida. Y, como suele ocurrir ante situaciones de este alcance, aparece la pregunta: ¿ángel o demonio?
A escasos minutos de iniciada lo que ya se considera una nueva era, difícil saber que significará eso que, con nombres que apenas identificamos, nos espera en nuestros celulares y computadoras o impacta con intensidades dispares en nuestros trabajos, en la forma en que respondemos preguntas, en la manera en que consumimos, en nuestra vida cotidiana.
De ChatGPT seguramente todos, o casi, hemos escuchado hablar. Si somos observadores o utilizamos una computadora habremos advertido también la presencia de Gemini. Quizás Copilot sea menos usual. Entonces, ni hablar de Perplexity o Claude. Son las IA más usuales.
Estamos ante uno de esos desarrollos de la inteligencia humana que modifican la forma de estar en el mundo. La imprenta de tipos móviles, por caso, lo hizo en el siglo XV o, más cerca, la máquina de vapor que, en el siglo XVIII, desencadenó la Revolución Industrial.
Con un detalle nada menor: la IA es la primera tecnología creada por los humanos que puede tomar decisiones y generar ideas de manera autónoma. Algo de eso ocurrió en el incidente admitido por OpenAI.
Así, desde el punto de vista de pensadores como el historiador israelí Yuval Noah Harari la IA es la tecnología de la información más poderosa de la historia. Y advierte que no es una herramienta -como la imprenta, la máquina de vapor o la energía nuclear- sino un agente, por tener esa capacidad de tomar decisiones por sí misma.
Detrás de estos desarrollos están “magnates tecnológicos” como Sundar Pichai (Google), Elon Musk (Tesla), Mark Zuckerberg (Meta), Sam Altman (OpenAI), Jensen Huang (Nvidia) o Satya Nadella (Microsoft) que mantienen una pulseada con quienes tienen el poder formal en los países. De ahí que a principios de julio la ONU haya desarrollado su primera cumbre sobre inteligencia artificial en la que Estados Unidos y China dejaron expuestas sus diferencias.
Hace una semana en Shanghái el presidente chino, Xi Jinping, presentó a su país como el líder de un nuevo orden mundial de la IA promoviendo una tecnología de código abierto como bien público global frente a la de sistemas propietarios de las empresas, que propone EE.UU.
Los bloques ya se prefiguran. De un lado los 29 países que firmaron con China un acuerdo para establecer una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, entre ellos Rusia, Brasil, Sudáfrica, Serbia, Indonesia, Malasia y Kazajistán. Del otro, los que integran la iniciativa Pax Sílica con los que EE.UU. pretende asegurar la cadena mundial de suministros de, entre otras cosas, minerales críticos. Allí están Japón, Corea del Sur, Australia, Singapur, India, el Reino Unido, Alemania, Israel y la Argentina, entre otros.
Una nueva grieta que marcaría lo que comienza a denominarse como la Era del Silicio. ¿Vamos entonces hacia una humanidad separada por imperios digitales a partir de redes informáticas independientes? Un duelo entre gobiernos y no sólo una competencia entre empresas.
El principal reto lo enfrentan los países pobres o emergentes que podrían estar ante un nuevo colonialismo: transformarse en colonias de datos, en meros proveedores de información a los algoritmos, sin control alguno sobre infraestructuras digitales centrales para cualquier tipo de actividad, desde comprar un pasaje, pagar un impuesto, buscar trabajo o administrar una empresa.
En este escenario, la Argentina parece ser uno de los lugares del mundo destinados a radicar data center, imprescindibles para el desarrollo de esta tecnología. La Patagonia aparece como la locación más propicia porque combina tres aspectos fundamentales: clima frío, agua dulce y está lejos de áreas de conflicto.
Actualmente existen unos 12.000 data center, la mayoría ubicados en el hemisferio norte. Una tercera parte está en EE.UU. seguido del Reino Unido, Alemania y China. En el hemisferio sur el país con más data center es Australia, seguido por Brasil, México y Chile.
La presencia de agua dulce para generar energía y alimentar los sistemas de refrigeración es fundamental. Se calcula que en climas cálidos un data center requiere entre 500 y 1.500 millones de litros por año. En climas fríos se reduce a entre 10 y 100 millones de litros. Para comparar, se estima que el consumo de agua en un municipio chico de la Argentina ronda el millón y medio de litros.
Con el Súper RIGI, el Gobierno de Javier Milei aspira a atraer inversiones multimillonarias en sectores como la IA, la biotecnología y los semiconductores. De hecho, el año pasado Altman, de OpenAI, la empresa del incidente, anunció que invertiría US$25.000 millones para instalar un centro de datos en nuestro país. ¿Se concretará cuando se aprueben los beneficios fiscales que promete este régimen?
También está el litio, que concentra la mitad de los RIGI aprobados para la minería hasta el momento. La Argentina ya suministra casi 59% del carbonato de litio que importa EE.UU. Además, el gobierno argentino impulsa una reforma de la ley de sociedades para incluir la polémica creación de sociedades automatizadas. Es decir, “empresas” que funcionen con robots o algoritmos, empresas “no humanas”.
El desafío está lanzado. Sólo el tiempo dirá si la inteligencia humana prevalecerá para conservar el poder en la Era del Silicio.
* El autor es periodista. [email protected]