Tras la finalización de la Copa del Mundo de Fútbol y la derrota ante España, ese gran efecto magnético que es la figura de Lionel Messi y la Selección Nacional empezó a diluirse; pero también a manifestarse en el debate público externalidades ajenas al fútbol que derivaron en improbables teorías conspirativas hasta polémicas de tono historiográfico o sociológico sobre un supuesto racismo argentino.
El involucramiento en la controversia, en algún punto global por el impacto que en su propagación tuvieron las redes sociales y celebridades del mundo de la cultura y el espectáculo, hizo que como una bomba expansiva se hable más de las repercusiones que de la manera en que se perdió la final.
Queda a las claras que el fútbol es algo más que un deporte que involucra en sí mismo sentimientos y valores que -como el estilo de juego- son más propios de quienes lo ejecutan que de quienes lo reglamentan, y como sucede con todo aquel fenómeno que compromete la pasión y el raciocinio, termina teniendo una expresión política.
Por los pibes de Malvinas
El Gobierno nacional fue preso de la euforia colectiva, al extremo de sucumbir a la tentación populista que tanto ha criticado desde la existencia de la vocería libertaria que supo encarnar casi en soledad Javier Milei. Fue cuando apenas concluida la final y luego de reconocer el esfuerzo del equipo durante toda la competencia, anunció un “feriado nacional” sin fecha cierta y sujeto ¡a la “decisión” de los jugadores! O lo que suena aún peor: ¡de la vapuleada Asociación del Fútbol Argentino (AFA) que maneja con sutil torpeza Claudio “Chiqui” Tapia! Una aberración político-conceptual y administrativa muy propia de un Alberto Fernández, pero que de sólo pensarla haría sonrojar a cualquier discípulo de la Escuela Austríaca de Economía.
Afortunadamente, el ánimo del plantel y la menguada delegación de subcampeones que regresó al país desarticuló el “San Perón” que los negadores de la justicia social soñaron por algunas horas con la no explicitada intención de lograr alguna reconexión popular perdida, o simplemente desdibujada, por imperio de la entronización del ajuste y el superávit fiscal.
Sin embargo, Milei y su gestión también podrá decir que el Mundial le dejó una plataforma inigualable para profundizar la estrategia diplomática en torno a la recuperación de las Islas Malvinas, tras la bandera que se desplegó en la victoria ante Inglaterra. Un sentido gesto de la hinchada que los deportistas hicieron propio y que más allá de dar cuenta lo arraigado de la incansable reivindicación, expuso ante el planeta algo que -en cualquier instancia- todo argentino siempre defenderá.
Ni los vaivenes de alineación internacional, mucho menos las disputas domésticas han borrado de las mentes y el sentimiento popular esta certeza a más de 40 años de una guerra tan absurda como el despojo imperial. Para una nación y su pueblo más acostumbrados a las derrotas que a los triunfos, se le demostró al mundo que la causa y el mensaje de “Las Malvinas son argentinas” no está supeditado a sufragio ni admite la especulación del exitismo.
Casado con hijos
En Mendoza, como en otras ciudades del país, también la gente ganó las calles para celebrar la entrega deportiva más que festejar un segundo puesto. Pero mientras esto sucedía la política se aprestaba a explorar (y también explotar) la veta autóctona del debate sobre el racismo y la xenofobia que hoy envuelve toda discusión futbolera. Particularmente, la que disparó la vicegobernadora Hebe Casado y sobre la que nos ocupamos en profundidad en esta misma columna la semana pasada.
Como se anticipó, fue la Legislatura el epicentro de los cruces entre oficialismo y oposición en torno al posteo de Casado y la adjetivación de Francia como un “equipo africano” que hasta mereció la amonestación de la embajada francesa y un pedido de disculpas del gobernador Alfredo Cornejo para evitar que la escalada diplomática impacte -verdaderamente y más allá de una convulsión en las redes- en los términos del intercambio y la inversión de ese país en la provincia.
El peronismo llevó sus quejas al recinto por la afectación institucional que el comportamiento de la vice pudiera haber dañado a Mendoza, reflejado en titulares periodísticos en todo mundo por los dichos de carácter discriminatorio de una de sus principales autoridades. La propuesta no prosperó, pero los opositores se encargaron de pedirle a Casado que si se trató de un comentario “desafortunado” (como argumentó el Ejecutivo) que al menos hubiera “humildad” de reconocer el error y acto seguido, retractarse, cosa que aún en la cúspide del bochorno, jamás sucedió. Ante la derrota, sólo hubo negación con sabor a reivindicación de su cuestionado acto.
Luego, también en Diputados, la apuesta era mayor: analizar un pedido de juicio político presentado por un grupo de radicales, algunos notables como el caso del abogado Miguel Mathus Escorihuela. Allí apareció la mayor incomodidad del radicalismo y sus aliados de La Libertad Avanza (LLA) y el Pro que creyeron necesario escapar por la tangente y dar por finalizado el episodio al considerar que la carta de Cornejo al embajador Romain Nadal era suficiente para dar vuelta la página y rechazar el proceso que -como prevé la Constitución Provincial- hasta podría haber derivado en la destitución de Casado, y por ende, un durísimo golpe para el Gobierno.
Si la victoria depende del mérito, el esfuerzo y el estudio, pero también del azar, la derrota suele ser no sólo producto de errores y decisiones equivocadas, si no también sujeta al escaneo y revisión de las responsabilidades. Por ende, claramente política.
* El autor es periodista y profesor universitario.