Liberalismo versus libertarismo
Cuando habla por el mundo, Javier Milei suele expresar sus deseos estratégicos de lo que quisiera hacer con su país. Aunque felizmente, la práctica política de su gobierno, hasta ahora, está mucho más cerca de un gobierno de corte liberal convencional (como el de Mauricio Macri) que de su pensamiento teórico previo. Sin embargo, el deseo de Milei es el de lograr la confluencia entre liberalismo y libertarismo lo antes posible, lo que -a nuestro parecer- no lo favorece porque ambas visiones son -a poco que se las examine de modo completo- mucho más contradictorias que complementarias. O, diríamos mejor, se acercan parcialmente en lo económico, pero se alejan absolutamente en lo político, social, cultural, histórico e ideológico. Si es que se puede comparar una doctrina como la liberal que es desde hace siglos una de las más importantes e influyentes (sino la más) del mundo, con el libertarismo, que no es mucho más que una secta fundamentalista y muy minoritaria (más propensa a pensar teológicamente que científicamente, aunque encubra lo primero con lo segundo) cuya importancia coyuntural la logró solo por el acceso al poder presidencial de uno de sus defensores.
Pero una cosa sería que fracasara por su aplicación imperfecta (como le ocurrió a Macri), ya sea por errores económicos o por incompetencias políticas, y otra muy distinta sería que fracasara porque Milei, con el importante poder político que está acumulando, decidiera -no en sus palabras sino en sus prácticas- avanzar con la imposición en la realidad de sus ideas libertarias. Porque entonces, además de que el fracaso estaría asegurado al aplicar una ideología que jamás se aplicó en gobierno alguno en ninguna parte del mundo por su inconsistencia plena, el país se perdería una gran oportunidad de salir para siempre de su decadencia y comenzar de manera irrefrenable su desarrollo integral. Algo para lo cual hoy están dadas las condiciones políticas, culturales y sociales como no lo estuvieron cuando menos durante todo lo que va del siglo. Y sería una pena inmensa que eso no se lograra por las ideas teóricas estrafalarias de un presidente. Ideas sólo de él, ya que el "libertarismo" es una doctrina fundamentalista que excepto un puñado de viejos amigos, tan sectarios como Milei, prácticamente nadie defiende (en gran medida porque no la conocen, pero si la conocieran la defenderían menos). Además, con la mayoría de esos amigos, desde que asumió la presidencia, ya se ha peleado, como ocurre con casi todas las minorías fundamentalistas en el momento en que tienen que llevar a la práctica sus elucubraciones teóricas.
Milei, premio Nobel de Economía
Pocos meses después de haber asumido la presidencia, en una de esas charlas que hace por el mundo en instituciones académicas (?) libertarias, Milei afirmó suelto de cuerpo, algo que hoy sigue sosteniendo a juzgar por lo que dijo en su último discurso en Davos: "Con mi jefe de asesores, el doctor Demian Reidel, estamos reescribiendo gran parte de la teoría económica. Si nos termina de salir bien, probablemente me den el Nobel de Economía junto a Demian". O sea que Milei se anticipó un par de años al deseo de Donald Trump de auto postularse para el premio Nobel, solo que el norteamericano quiere al de la Paz y el argentino al de Economía.
Este enero, en Davos, sostuvo que su discurso era la síntesis de un texto de Reidel llamado "Cuando regulación mata crecimiento", donde, según Milei: "El documento intenta defender una tesis que contradice las regulaciones antimonopólicas de los Estados, muy tensionadas con los avances acelerados de las economías de plataformas y la inteligencia artificial (IA)".
En otras palabras, lo que defendió Milei en Davos para ganar el premio Nobel (ojalá sea solo para eso y no para aplicar tales ideas en la Argentina) fue que el mercado debe sustituir absolutamente al Estado, entre otras cosas porque "las fallas del mercado no existen" y, por lo tanto: "la política económica debería orientarse a identificar y remover todas las trabas artificiales, que dificultan el proceso empresarial y los intercambios voluntarios". Dijo, entre otras cosas, que la política debe dejar sin control alguno a los nuevos creadores de riqueza: los tecnólogos a lo Elon Musk. E irresponsablemente se permitió demoler livianamente a uno de los más grandes creadores históricos del liberalismo histórico clásico, el inglés John Stuart Mill (1806-1873) por "la fantasmagórica idea de Mill, que postulaba la independencia entre la producción y distribución, una sordera académica que derivó en el socialismo". Vale decir, para Milei, toda distribución de bienes que no haga el mercado conduce inevitablemente al comunismo, tanto que hasta hizo de Stuart Mill un precursor del marxismo.
Esta excéntrica teoría mileista reidelista sostiene que la única moralidad pública existente es la del Mercado (equivalente en su teoría económica a lo que es Dios en la Biblia, y no exageramos). Por lo tanto, todo lo que haga el mercado será moral: hasta los monopolios. Si la concentración y el monopolio los hacen el Estado, ambos son monstruos porque frenan el desarrollo, pero si los hacen los mercados, son heroicos, porque aceleran el desarrollo. Puesto que el desarrollo solo se logra cuando cada creador de riquezas se queda con todos sus frutos y no los comparte con nadie: el rico sus riquezas, y el pobre, con suerte, los derrames.
Paradójicamente, o no tanto, a los pocos días de exponer esta teoría económica en Davos, su socio conceptual, Damien Reidel (economista, físico, financista, empresario) debió ser eyectado del cargo que tenía en el mismo Estado presidido por Milei por graves sospechas de corrupción, sin que su compañero aspirante al Nobel pudiera hacer nada. Pero eso al fin y al cabo es una anécdota en sí misma, salvo en lo que habla de las amistades presidenciales, que ya le hicieron cometer errores similares en el Libra gate. Porque al ser tanta la precariedad de estos inventores de delirios, cuando uno de sus compañeros de delirios llega a un cargo elevado, lo primero que suelen hacer es intentar aprovechar la oportunidad para sus intereses particulares. Nada nuevo, ni en la Argentina ni en el mundo.
Lo cierto es que. con su teoría libertaria, Milei conceptualmente está más preocupado en desmantelar que por reemplazar lo nuevo por lo viejo, porque su estructura teórica de pensamiento le lleva a creer que todo vendrá espontáneamente cuando ocurra el gran cambio de fondo. ¿Y cuál es ese cambio de fondo?: que mientras gobierna "tácticamente" con políticas económicas liberales, vaya ganando paralelamente la batalla cultural libertaria hasta que no haya más Estado y todo quede a cargo y se realice por obra y gracia del omnipotente mercado. Por eso se interesa más por ir desgastando que por ir renovando (vaciar el Estado sin construir instituciones mejores). Eso es lo más peligroso, no el delirio de sus teorías, sino las consecuencias prácticas a las que lo puede llevar.
Teorías insensatas para justificar la parte insensata de Milei
1) Algunos justificadores de Milei, que aceptan -al menos de la boca para afuera- críticas a su pensamiento teórico, desmerecen esos peligros porque, según ellos, el presidente dice muchas tonterías, pero en el momento de tomar decisiones de gobierno, casi siempre acepta las propuestas de sus consejeros más sensatos. Entonces, sostienen, entre sus dichos y sus hechos hay un largo trecho.
Pero esa idea no es verdad, al menos no lo es siempre. Por ejemplo: durante todo el año 2025, desde que pronunció en enero su discurso en Davos declarando la batalla cultural (incluyendo entre sus enemigos hasta a los homosexuales) no dejó macana por hacer creyendo que ya era hora de poner en práctica el libertarismo pleno. Hasta que, cuando las elecciones de octubre estaban complicadísimas precisamente por causa de esas macanas "libertarias", vino Trump y lo salvó. Desde allí pareció haberse alejado de esas "batallas culturales" en su práctica política, con lo cual le vuelve a ir bastante bien en su gobierno. Pero no deja oportunidad discursiva que tiene para insistir en el macaneo teórico. Como que quisiera volver a ponerlo en práctica a la menor oportunidad que tenga. Por eso no hay que diferenciar tanto lo que hace económicamente (bien, o al menos sensatamente) de lo que piensa o cree ideológicamente (casi siempre insensatamente) el presidente.
2) Por otro lado, ese macaneo teórico conduce a otros de sus defensores a postular una teoría justificatoria aunque un tanto cínica que la expresan más o menos así: "Milei no sabe construir, sabe destruir, y además fue elegido nada más que para eso. Dejalo entonces que rompa todo lo que hay que romper y que deje todo preparado para que luego vengan los que van a construir lo nuevo".
Sin embargo, esta teoría tiene un gran pero: ¿Y si en vez de suplantarlo los que van a construir lo nuevo sobre los escombros de lo viejo, que nadie sabe ni quiénes son ni donde están ni siquiera si existen, regresan los que quieren reconstruir lo viejo, que todos saben quiénes son y donde están y por ende claramente existen? Porque quizá hoy, a diferencia de los años de Macri, Cristina Kirchner políticamente esté desapareciendo, pero lo que no desapareció ni mucho menos es el corporativismo estatista, productor en serie de capitalista de amigos. Quiénes, si lo de Milei se queda en la mera destrucción y no avanza en la construcción, los que se van a ofrecer para reconstruir todo son ellos. En la Argentina, con Milei o sin Milei, la tentación de reconstruir el pasado sigue siendo aun culturalmente más tentadora que la de construir el futuro.
3) Finalmente, están los que explican "científicamente" -y algunos hasta lo celebran- el carácter personal un tanto estrafalario de Milei como una consecuencia natural de las cosas. Razonan más o menos del siguiente modo: "Antes de la aparición del gobierno de los Fernández (Alberto y Cristina), aunque el país era ya un desastre, todavía era posible que lo arreglara un político más o menos normal (Macri, aparece, otra vez, como ejemplo), pero luego de la debacle de magnitud fenomenal producida por el dúo peronista y magnificado por la "dinamita" colocada al final por Sergio Massa, nada normal podía aparecer luego de ello, porque la sociedad, ya furiosa hasta rozar la indignación y la locura, quería salir del pozo mediante alguien que la expresara cabalmente tanto en esa furia, como en esa indignación, como en esa locura. Y Milei es la expresión plena de ese estado de ánimo: no lo disimula para ganarse la voluntad popular, es así porque así fue siempre. Por eso además de ser inevitable, está bien elegido, coincide con lo que hoy quiere y siente la sociedad".
Hoy por hoy es imposible saber si ese camino efectivamente avalado en elecciones con entusiasmo -no solo con resignación- por la mayoría social, es el que aporta a la salida. Vale decir, si a las enfermedades que condujeron a la furia, a la indignación y a la locura se las debe curar con quien avive y fomente aún más esa furia, esa indignación y esa locura. Pero en principio, aunque se puedan comprender los enojos populares, es cuando menos un "teorema" por demás discutible. Como esos "teoremas por el absurdo" que nos enseñaban en la escuela.
Por ende, un consejo para los defensores más o menos vergonzantes de Milei: en vez de sobrevalorar lo bueno que tiene y minimizar la malo que también posee, más correcto sería defender lo positivo y criticar lo negativo con la mayor ecuanimidad posible. Pero en este país, quien no ama o no odia de manera absoluta, es "vomitado por tibio".
El exitoso Estado liberal argentino
En síntesis, la tarea de Milei de aquí en adelante debería ser la de crear velozmente las precondiciones del desarrollo más allá del mero ajuste financiero o fiscal, que por sí solo cada vez convencerá a menos gente. Pero esa es una tarea de construcción, no de destrucción. Y para eso, lo ayudaría mucho al presidente mirar más al pasado argentino brillante y menos a sus amigos libertarios tan delirantes.
A mediados del siglo XIX, al modelo rosista de tipo aislacionista y proteccionista, no se lo reemplazó solo ni básicamente con la libre competencia, sino con un sistema integral que la incluía como uno de los basamentos centrales, pero no como único sostén del edificio. Se construyó otro sistema mientras se iba desmantelando el otro, en el cual, además, hasta se incorporaba todo lo incorporable de lo viejo en tanto se edificaba lo nuevo, para que hubiera sustento fáctico en la transición. No se destruyó al proteccionismo rosista para reemplazarlo por el mercado sin más. Se creó un nuevo Estado donde el mercado era parte esencial del proyecto, pero no su única pata ni mucho menos. Mientras que la ideología libertaria exige sustituir al Estado por el mercado. Lisa, llana y enteramente. Algo inverso, pero tan peligroso y negativo, como el estatismo.
Alberdi y Sarmiento, entre otros grandes prohombres del siglo XIX, quedaron en la historia como los que construyeron una nación en el desierto argentino, mientras que Roca es considerado como el presidente que creó el "Estado" que condujo a esa nueva y gran nación. Ese es el espejo donde debe verse Milei, y dejarse de aspirar a imposibles premios Nobel inventando teorías aun infinitamente más imposibles de pasar el filtro de la realidad y el sentido común.
Llegó la hora de ponerse a construir la casa propia, presidente. Eso de vivir de prestado en casa ajena despotricando todos los días contra la misma y además apostando a deteriorarla, esperando que si se cae surja por arte de magia una nueva, no alcanza.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]