Las dos caras de Milei

Ya lanzado a la campaña por la reelección, el presidente Javier Milei encara una etapa clave para su programa político. La presentación del proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central, anunciada mediante una sobria cadena nacional, confirma que estamos en pleno tiempo político del gobierno libertario. Por esa misma razón, Milei va a necesitar moderar sus impulsos disruptivos, como los que también vimos las últimas semanas.

Profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas

    El mensaje presidencial fue conciso y directo al centro de la cuestión: para evitar la estafa de la inflación es esencial dejar al Banco Central lejos del alcance de la política. Justo lo que, tal como dijo en la cadena, los últimos gobiernos populistas no hicieron. Es la única manera de resguardar el principio sacrosanto del equilibrio fiscal. Si es aprobada por el Congreso será seguramente una de las medidas más revolucionarias del gobierno libertario, que así cumpliría una promesa de campaña. Es verdad, Milei había prometido el cierre del Banco Central, pero ponerle un cepo legal ya es un avance. Los otros proyectos que acompañan -el grillete fiscal, la desregulación del mercado de capitales y del sistema de seguros- avanzan en la dirección de apertura y desregulación de la economía para generar crecimiento. Además, sobre todo el grillete fiscal, dejan expuestos políticamente a los que quieran gastar más de lo recaudado, sea el gobierno o el Congreso.

    Con estas propuestas Milei retoma la iniciativa política después de meses de atonía, buscando “madrugar” a la oposición. Se lo están haciendo bastante fácil hasta ahora: en el peronismo, muy dividido, la candidatura de Kicillof es puesta en jaque por la presión de los sectores más duros del kirchnerismo. Además, se prodigan en guiños nefastos para el electorado no peronista. Por un lado, Cristina tensando la cuerda con su presentación ante la ONU para que la dejen competir, algo que a priori parece absurdo y más orientado a la interna que al resto del electorado. Por el otro, Quintela, gobernador de La Rioja, afirmando que si vuelven al poder expropiarán todo lo que haya que expropiar. Pésimas señales para los inversores, pero también para el electorado que le dio la espalda a Massa hace tres años. Puro pasado, en un país que por primera vez en mucho tiempo parece haber apostado al futuro y estar dispuesto a afrontar los contratiempos que eso pueda conllevar. Para no perder la iniciativa y lograr las reformas, deberá el presidente estar dispuesto a negociar. Ya lo demostró al aceptar bajar del proyecto de ley de defensa de la propiedad privada el polémico capítulo sobre ventas de tierras. Es una buena señal, que desactiva una reacción de la sensibilidad nacionalista que atraviesa a la sociedad y los partidos políticos.

    También es clave que Milei se abstenga de mostrar la otra cara, la polémica y agresiva. ¿Qué gana con ofender tanto al presidente Lula como a la cabeza del Tribunal Supremo brasileño? El retiro del embajador brasileño es una buena indicación de que no es una buena idea. Es sumamente riesgoso ponerse en contra gratuitamente a nuestro principal socio comercial. Tampoco suma el enésimo capítulo -vergonzoso y estrafalario- del conflicto con la vicepresidenta Victoria Villarruel. Entre acusaciones mutuas e insultos velados lo único que se muestra es una preocupante tendencia al desborde y el descontrol confrontativo. Lo que desde el punto de vista de la institucionalidad no suma, y para colmo no augura buenos resultados.

    Es esa propensión a la conflictividad en buena medida irreflexiva lo que cansa e irrita a muchos. Es el problema de “los modos”, como dice el mismo Milei. Hay una pugna entre aquellos republicanos sensibles que se ofenden por los modos, aunque estén de acuerdo con el proyecto libertario -los que en el fondo desearían combinar la institucionalidad de Macri con el arrojo y la obcecación de Milei; un Macri con esteroides- y los militantes decididos de la batalla cultural que entienden que esos modos son los únicos posibles ante el enemigo que Milei enfrenta: populistas, kirchneristas, socialistas, etc. Lo que el propio Milei les contesta a aquellos que se ofenden es que no va a renunciar a un rasgo de su personalidad política para conseguir un rédito político.

    Ahora, más cerca de su objetivo de conseguir en su primer mandato poner las bases de una nueva Argentina -reconozcamos que la obra reformista, aunque todavía inconclusa, es muy profunda y vasta-, Milei no va a ceder en sus intenciones y sus métodos. Lo dejó claro en una reciente entrevista: si tiene que dejar la política y volverse al ámbito privado lo va a hacer, pero nunca va a arriar sus banderas ni negociar sus principios.

    La constructiva y la confrontativa son dos caras de un mismo Milei. Es así como hay que tomarlo. Contradictorias o no, conforman la personalidad de este inusual personaje. Los electores deberán decidir el año que viene si apoyan un proyecto de futuro, con la carga de incertidumbre que ello acarrea, o, cansados del conflicto, prefieren la certeza de lo ya probado, con la casi segura decepción que ello conlleva. Corresponde al gobierno acompañar a los ciudadanos en esta decisión ofreciéndoles, junto con la promesa de futuro, algo de certezas.

    * El autor es profesor universitario de historia de las ideas políticas.

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