18 de julio de 2026 - 00:35

Milei y Perón, tan parecidos pero tan distintos

Cada uno a su manera, con sus estilos y sus ideologías, han protagonizado un cambio cultural en la Argentina. Cotejar épocas y estilo es interesante.

Profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas

La irrupción de Javier Milei ha disparado comparaciones con Juan Domingo Perón, el otro gran fenómeno disruptivo de la política argentina del siglo pasado. El paralelo trazado por analistas y periodistas, con argumentos diversos –el carácter revolucionario, la dinámica en la construcción de poder, la capacidad de apelar a un nuevo actor político social, la tendencia autoritaria o los ataques a la prensa no adepta - seguramente repugna tanto al mismo Milei y los libertarios como a los peronistas. Es que priori no parecería haber dos personajes ideológicamente más distintos. No obstante, como ejercicio intelectual, resulta interesante buscar algunos rasgos que permitan establecer paralelismos entre ambos.

Debemos partir de algunas obviedades. Primero, que los proyectos políticos de Perón y de Milei son ideológicamente disímiles, están en las antípodas. Luego, que el contexto de actuación de cada uno de ellos, y la incidencia en el desarrollo de su respectiva trayectoria, es también completamente diferente. Por último, huelga decir que el fenómeno Perón está lejos en el tiempo, y sólo queda hoy una persistente herencia con una larga lista de herederos/intérpretes, mientras que Milei y su proyecto están en proceso de realización en nuestro mismo tiempo. Perón ya fue, Milei es hoy. Salvando esas obvias diferencias, algunos puntos en común podemos encontrar. Aquí sólo vamos a ofrecer algunas especulaciones muy generales al respecto.

Una percepción interesante es que ambos son, con sus diferencias, líderes carismáticos; es decir, su liderazgo se sostiene en ciertas cualidades personales especiales, expresadas en un contexto particular. Ambos irrumpieron en la escena política gracias a una capacidad de atracción y conducción novedosa y arrasadora, aunque con matices diversos. Perón ostentaba un indudable carisma, un poder de seducción que le atrajo multitudes, que aunaba a rasgos provenientes de su origen militar. El rigor, la disciplina, la capacidad de trabajo y de organización se unían a una mente brillante y grandes dotes oratorias. La seducción de Perón apuntaba a sumar las voluntades con el fin de suscitar la sumisión y el fanatismo. Su interlocutor ideal era la masa, no los individuos. Gracias a esa cualidad pudo encabezar una revolución social y política cuyas consecuencias aún son palpables, además de constituirse él mismo en inevitable centro de la vida política argentina, incluso durante sus 18 años de exilio.

Milei es otra cosa. Es el “loco” que combina la irreverencia del panelista televisivo, el desparpajo y la improvisación, con una actitud mental científica y dogmática, formada en el ámbito de la ciencia económica. Lo que más seduce de él es la primera parte de la ecuación, justamente lo opuesto del rigor y la disciplina. Si Perón, gran conductor, sedujo a hombres y mujeres deseosos de tomar parte en un proyecto colectivo superador, Milei ha convocado a su alrededor a un ejército de individuos desencantados, que lo siguen atraídos justamente por su individualismo rupturista. Milei no quiere -o parece no querer- conducir a nadie, sólo que lo sigan en su cruzada aquellos que tengan ganas.

Es que ambos destacan por su habilidad para olfatear el clima de época. Perón percibió el agotamiento de la restauración conservadora de los años treinta y, alimentado con las ideas y modelos de la Europa de entreguerras, se lanzó a conformar un proyecto político atrayendo a las masas trabajadoras, un actor político nuevo, disponible y dispuesto. La ventaja que tuvo sobre Milei, es que para constituir este proyecto contó con todos los recursos del Estado, lo que le dio una capacidad de organización de esas masas inorgánicas muy superior a la que Milei puede tener.

A su manera, Milei también supo interpretar la actualidad. Así como sus ideas liberales atrajeron naturalmente a sectores sociales altos, percibió el desencanto de la población de clase media y baja, especialmente los jóvenes, frente a un sistema político que sólo ha empeorado su calidad de vida. Entendió la irritación y el hastío de buena parte de la sociedad ante la fantasía colectiva del kirchnerismo y les ofreció no un proyecto colectivo sino un plan para remover todos los obstáculos que el Estado ha erigido para frustrar la iniciativa individual. Lo que Perón proponía desde el Estado, Milei lo propone contra el Estado. Eso también contribuye a la dificultad en conformar una fuerza política amplia y organizada: no recurre al clientelismo. Al menos por ahora. Generalizando, si el proyecto de Perón era político, el de Milei es esencialmente antipolítico.

Tanto Perón como Milei, cada uno a su manera, han impulsado una revolución, un cambio profundo de la sociedad. Perón, antiliberal, quiso desde el Estado reorganizar la sociedad sobre la base de la justicia social; la “comunidad organizada”. Encarnaba un reclamo moral contra la corrupción, el individualismo y el entreguismo de los gobiernos que lo precedieron. Lo de Milei también puede verse como una cruzada moral, pero en este caso contra el colectivismo de izquierda que sepulta al individuo y sus fuerzas en la mediocridad social. Por eso su revolución requiere necesariamente de la destrucción del Estado, o al menos de la poda de sus tentáculos extendidos hasta cada rincón de la vida social. Y si bien en el caso de Perón la revolución está envuelta en una retórica popular que la legitima y en la elaboración de nuevas creencias colectivas -las tres verdades del peronismo-, los mitos y el adoctrinamiento, lo de Milei se reduce a más que nada a resaltar la inmoralidad de lo colectivo frente a lo individual.

Este sentido de regeneración que ambos comparten, sustentado en el rechazo al pasado inmediato, también implica la necesaria identificación de un enemigo. A quien se debe descalificar y hostigar constantemente, para así templar los espíritus de la fuerza propia, a riesgo de transformar de manera permanente la política en un campo de batalla en el que se juega el destino nacional. Para Perón eran la oligarquía y todos los aliados del imperialismo. Los que desde 1955 serían los gorilas. Estas fuerzas antinacionales y antipopulares, salvo breves intervalos -el rosismo, el yrigoyenismo- habían dominado hasta entonces la historia argentina. Para Milei, ya sabemos, es la casta en toda su extensión: políticos, periodistas ensobrados, empresarios prebendarios y tantos más. Derrotarlos es imprescindible para reeditar, en clave de futuro, la etapa más próspera y libre de nuestro pasado: la generación de la organización nacional y del 80, la era dorada del liberalismo argentino.

Habría, seguramente, muchas cosas más que analizar, si uno busca similitudes y diferencias entre Perón y Milei. Hemos sólo sugerido algunas reflexiones con ese fin. Hipótesis que nos dejan con una idea clara: más allá de las grandes diferencias que median entre ambos personajes, y entre el peronismo como experiencia histórica y el mileísmo como proyecto en construcción, también hay algunos puntos en contacto.

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