Vidas paralelas: el progre y el anarco

Así como en lo económico, tanto Néstor Kirchner como Javier Milei fueron dos grandes y exitosos defensores del superávit fiscal, en los demás temas del poder también coinciden, pero no por lo positivo, sino por lo negativo: debido a su populismo político y cultural.

Son muchas las cosas que los hacen aparecer como “vidas paralelas” a Néstor Kirchner y a Javier Milei desde que asumieron sus respectivas presidencias, tanto en sus similitudes como en sus diferencias. En esta nota queremos exponerlas por las razones que explicaremos al final.

Dos presidentes sorpresivos

Ambos presidentes aparecieron de la nada.

De todos los candidatos oficiales para suceder a Eduardo Duhalde, presidente designado por la Asamblea Legislativa que había adelantado para mayo de 2003 la fecha de entrega del mandato que le otorgaron los congresistas, Néstor Kirchner estaba en último lugar, si es que estaba. De la Sota o Reutemann eran las figuras principales para la sucesión peronista.

En 2023, ante un peronismo en caos, los candidatos a la presidencia casi cantados se ubicaban entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta de la oposición liberal. Javier Milei, apenas tres o cuatro meses antes de la elección parecía apenas una excentricidad, un fenómeno televisivo disruptivo, pero no mucho más.

Sin embargo, las respectivas crisis de la convertibilidad a principios del siglo y del caos fernandista (Alberto más Cristina) veinte años después, se llevaron puestos no solo a sus responsables directos sino a toda la elite dirigente.

A Néstor se lo eligió porque no lo conocía nadie y a Javier porque decía estar contra la totalidad de los políticos y contra la política en general. Los dos fueron hijos legítimos de la antipolítica y del que se vayan todos.

La autoridad política

Néstor entró con una debilidad de origen porque Menem se negó a enfrentarlo en el balotaje que seguramente hubiera ganado Kirchner y entonces asumió representando solo al 23% que lo votó. Javier tuvo, en cambio, su balotaje, pero sus votos propios no se expresaban sino de modo muy minoritario en el Congreso, por carecer de partido político y de congresistas previos.

En consecuencia, ambos tenían que demostrar mucha autoridad política para compensar la escasa cantidad de partidarios propios con los que contaban para ocupar las estructuras del gobierno.

Eso, inevitablemente, llevaría a los dos a buscar deshacerse de sus respectivos socios (los que le prestaron la parte del poder y la gente que les faltaba) apenas pudieran. O sea, “matar al padre político”. Néstor lo hizo con Eduardo Duhalde en las elecciones legislativas de 2005 y Javier lo empezó a hacer con Macri al derrotarlo en su bastión, su fortaleza de la Capital Federal también dos años después de asumir. Ni Duhalde ni Macri provocaron los enfrentamientos. Lo hicieron exclusivamente Néstor y Javier, puesto que no podían tolerar ninguna dependencia política de ellos ni de ningún otro, por sus personalidades absolutistas de no querer compartir el poder con nadie (haciendo excepción de su esposa en el caso de Néstor porque siempre fueron además de pareja, socios políticos, y de su hermana en el caso de Javier porque constituyen una simbiosis política y casi biológica: dos personas en una).

En consecuencia, las graves crisis económicas que heredaron más la disgregación de la política tradicional, les permitieron quedarse con todo el poder vacante, en sus solas personas.

La economía

En la cuestión económica, haciendo omisión de ideologías, son ambos muy parecidos en su obsesión por el orden en las cuentas y en el superávit fiscal. Néstor lo mantuvo durante todo su mandato y Javier viene haciendo lo mismo.

Javier parece estar obsesionado (hasta enamorado, diríamos) del ajuste, del modo que sea y como sea con tal de no volver a caer en el déficit (para él es indistinto que el ajuste se haga eliminando gastos innecesarios como los absolutamente necesarios, tal cual dejar de hacer obra pública por más de dos años: “que el mundo se acabe pero que los números cierren” parece ser su refrán de cabecera),

Néstor, además del orden fiscal, estaba obsesionado por solucionar el tema del default de la deuda externa, el cual no solo negoció con éxito, sino que llegó hasta la sobreactuación de cancelar de contado el total de la deuda con el FMI, que podía pagar en cómodos plazos y bajos intereses.

La corrupción

Con respecto a la corrupción no es tan fácil compararlos porque el kirchnerismo dominó dos décadas la política argentina y el mileismo recién va por sus dos años y medio. Pero sí se pueden comparar en sus concepciones ideológicas sobre la cuestión, que son muy distintas entre sí, pero ambas muy negativas.

Para Néstor la acumulación máxima de poder en sus propias manos (lo que consideraba condición sine qua non para gobernar el país) solo se podría lograr concentrando la mayor cantidad de dinero posible a su entera disposición, y en ese sentido la corrupción “concentrada” fue uno de sus principales instrumentos de acción política.

En cambio, para Javier la corrupción tiene que ver con la ideología, porque considera que la moral es “ideológica”: los privatistas son decentes por definición, los estatistas son corruptos por definición.

En consecuencia, a ninguno de los dos les preocupan los efectos perniciosos de la corrupción pública: Néstor porque la transformó en su principal método de construcción política y Javier porque solo habla de la corrupción ideológica, mientras la otra, la verdadera, la real, la concreta, el robo, cuando menos le es indiferente. Uno porque se alió con ella y el otro porque confunde moral con ideología, lo cierto es que para Néstor y Javier la corrupción no figura entre los temas a combatir para acabar con la decadencia argentina.

Dos populismos

Así como, con sus defectos y virtudes, ambos nada tienen de populistas en su relación con el gasto público, en el resto de sus políticas, los dos son eminentemente populistas. De signos totalmente contrarios, pero igual de populistas.

Néstor Kirchner, de haberse convertido en un político de orientación socialdemócrata durante su presidencia (o de haber seguido las orientaciones generales de la renovación peronista de los 80 con la que alguna vez dijo coincidir), sumando a su austeridad económica, la institucionalidad republicana, habría terminado mucho más cerca de Lula que de Chávez, de los Estados Unidos de Obama que de la Cuba de los Castro. Pero decidió elegir a Chávez como su socio político y se transformó (sin haberlo sido antes) no en un renovador o un reformista, sino en un “progresista”, que para él era la expresión políticamente correcta de nombrar a los defensores del estatismo corporativo, del capitalismo de amigos, y del apoyo a todos los despotismos, autoritarismos y totalitarismos de izquierda con tal de ponerse en contra del demonio neoliberal (y su principal expresión, los Estados Unidos), cuya culminación se grafica con el horripilante pacto con la dirigencia iraní responsable de los atentados de la AMIA y de la embajada de Israel, solo porque estaban en contra de los “yanquis”. Esa ideología, y la política con la que la llevó a cabo, dañó las sanas bases económicas del “nestorismo”, bases que fueron totalmente dejadas de lado al iniciarse el “cristinismo”.

Entonces, un proyecto de país que podía haber cambiado de raíz la decadencia argentina por el desarrollo y el progreso se frustró enteramente.

Javier Milei odia a la socialdemocracia (a la que incluso equipara con el comunismo y con lo demoníaco) pero sus prácticas económicas son liberales, por lo que, si las incluyera dentro de una política y una ideología también liberales, podrían devenir otra gran oportunidad para el inicio del renacer argentino.

Sin embargo, así como Néstor despilfarró su capital económico logrado con su austeridad inicial al invertirlo todo al servicio de una política y una ideología de neto corte populista de izquierda, Javier corre el mismo riesgo si despilfarra su capital económico logrado con austeridad poniéndolo al servicio de un populismo político y cultural de signo inverso.

Es que el anarcocapitalismo está tan lejano (lejanísimo) del liberalismo republicano de centro derecha en tanto concepción integral (política, económica e ideológica a la vez) como el progresismo chavista proiraní lo está de una socialdemocracia republicana de centro izquierda.

El anarcapitalismo se presenta como un pariente del liberalismo republicano, pero si lo es, es su pariente tonto o depravado, del mismo modo que el progresismo chavista es un pariente tonto o depravado de la socialdemocracia republicana.

Si Javier Milei decide apostar finalmente a la república liberal en serio, y abandona las ideologías delirantes de sus amigos anarcocapitalistas, que además de reaccionarias son profundamente populistas, hay grandes posibilidades de que le vaya bien. Es cierto que hasta ahora no las viene aplicando salvo en sus discursos, pero sí les regala libros con esas ideologías nefastas a todos sus ministros, y propone en nombre de ellas librar la batalla cultural que incluye la guerra santa contra el periodismo, contra la universidad y ciencia públicas, y, sobre todo las cosas, la destrucción del Estado. Por eso lo deja languidecer, porque el anarcocapitalismo no quiere reformar ni achicar al Estado, sino destruirlo y reemplazarlo por el Mercado.

Por esos indicios crecientes, uno puede pensar (o al menos prevenir, avisar, advertir) que tarde o temprano Milei invertirá los ahorros logrados con su austeridad fiscal en esa aventura política e ideológica, como Néstor Kirchner lo comenzó a hacer al final de su mandato, y en particular cuando logró la reelección de hecho al poner a su señora en la presidencia.

Epílogo

En síntesis, lo que nos interesa analizar no son tanto las diferencias ideológicas que pueda tener Javier con Néstor, sino sus posibles coincidencias, que salvo en el equilibrio fiscal (que es la única buena coincidencia entre ambos), en lo político (el populismo) y en lo ideológico (los extremismos fundamentalistas), pueden dejarnos de nueva en la pampa y en la vía. Con Néstor ya ocurrió, ojalá que con Javier no ocurra.

Porque, y a esto último lo consideramos lo más fundamental de todo, no sólo se trata de que el populismo político y cultural limita o cercena o incluso impide la institucionalidad republicana, sino que, además, puede herir de gravedad (y hasta de muerte como en el caso de Néstor) las bases económicas liberales, por más sólidas que éstas parezcan ser. Porque, así como el voto popular generalmente se decide por razones económicas, el éxito o el fracaso de las gestiones de gobierno casi siempre se define por razones políticas.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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