La corrupción en el Estado, que es la institución pública donde se ejerce explícitamente el poder político, es inmemorial, proviene desde sus mismos orígenes.
Roban, pero hacen. Roban para la corona. Roban para sacarle a los ricos y darle a los pobres, como Robin Hood. Excusas hay miles, pero razón una sola: robar. Hemos gestado un modo de hacer política en la Argentina donde la corrupción es estructural, transversal, tecnológica e ideológica. Produciendo, además, en el cuerpo estatal una metástasis similar a la de un cáncer terminal en un cuerpo humano.
La corrupción en el Estado, que es la institución pública donde se ejerce explícitamente el poder político, es inmemorial, proviene desde sus mismos orígenes.
La gente del pueblo suele decirle a los políticos: “Ustedes son nuestros empleados, porque los dueños del Estado somos nosotros”. Eso no ocurre en la empresa privada donde el dueño es el empresario, por lo tanto, éste no tiene interés en robarse a sí mismo y sí en controlar que sus subalternos no le roben. En el Estado, en cambio, como todos son empleados de un propietario externo, abstracto y general como es el pueblo, ese control no existe. O peor, son los que desde lo más alto ejercen el poder político quiénes más tentados en robar están, en quedarse con lo ajeno porque lo que administran no les pertenece y porque tienen más recursos para apropiárselo. En el Estado "el ojo del amo no engorda al ganado".
Frente a ello, los límites posibles son apenas dos: uno interno al dirigente político, la ética personal y otro externo, el control. El primero es cultural, el segundo es institucional. Pero suele haber momentos donde ambos controles aparecen en su mínima expresión o directamente desaparecen. La Argentina del siglo XXI tiene un Estado y una política que son casi el paradigma de esa doble desaparición. Lo que ha llevado a un salto cualitativo en el tema de la corrupción, que ya no es solamente quedarse con los vueltos, cobrar coimas por las adjudicaciones, falta de transparencia en el financiamiento de la política o sobresueldos. Claro que todas esas viejas prácticas no solo prosiguen, sino que se han multiplicado al infinito. Pero la corrupción devino mucho más sofisticada: estructural, transversal, tecnológica. Tan asfixiante y totalizante en el cuerpo estatal que casi no hay espacio que no ocupe, como si se tratase de la metástasis de un cáncer terminal.
Y algo aún más novedoso…. La corrupción siglo XXI, la moderna, empieza con los Kirchner, porque el matrimonio patagónico en sus dos largas décadas de hegemonía le agregaron un fundamento nuevo a los tradicionales: el ideológico. Vale decir, razones ideológicas a fin de apropiarse del erario público para fines particulares.
Durante sus años en el poder conformaron, es cierto, una asociación ilícita para robar indiscriminadamente desde la conducción del Estado como día a día lo demuestra cada vez más la Justicia, pero Néstor Kirchner siempre lo justificó aduciendo que la única forma de ejercer el poder para defender los intereses del pueblo, era tener tanto o más poder que las estructuras empresariales y oligárquicas que de hecho siempre ponen a su gente a manejar los asuntos públicos a fin de defender sus propios intereses sectoriales. Y, según la ingeniosa interpretación del inefable Néstor, para competir con ellos por el poder, los representantes del “proyecto nacional y popular” (o sea, él y su esposa) debían tener tanto o más dinero que ellos.
No se trataba de robar para la oligarquía como hacen los neoliberales, ni robar para la corona como los menemistas, sino robar para el pueblo. Y aunque usted no lo crea, estimado lector, una inmensa cantidad de personas que nunca cometieron un acto ilícito en toda su vida, apoyaron (y muchos siguen apoyando) con alma y vida este ridículo argumento ideológico para delinquir, porque lo sostenía esa pareja de corruptos que lograron venderse con éxito como los Robin Hood de las Pampas.
Aparte de este justificativo ideológico, también ha crecido muchísimo una razón social que estimuló la corrupción estatal: el fin de la movilidad ascendente en la Argentina para las grandes capas de clases medias que progresaron en el siglo XX como en ninguna otra parte de América Latina hasta convertirse dicho ascenso en una de las principales características distintivas del país. El país de “mi hijo el doctor”. Se conformó una clase media laboriosa porque sabía que podía progresar lo razonable en la vida sin importar tanto su proveniencia u origen como sus actitudes frente al trabajo, el estudio, el esfuerzo y el mérito. Trabajo y educación como soportes culturales centrales del progreso social.
Lamentablemente, desde hace varias décadas, y de modo creciente en lo que va del siglo XXI, esas motivaciones para gestar la movilidad social se han reducido al mínimo en la sociedad civil. Y al no estar dadas las condiciones objetivas para lograr la movilidad ascendente, también van desapareciendo las subjetivas (“¿Para qué romperte el alma laburando si lo único que lográs con ello es rompértela a cambio de nada?”). Y, en enfermizo reemplazo, al extenderse la corrupción como un cáncer con metástasis dentro de las instituciones políticas, son cada vez más quiénes van a probar suerte por esos lares. De "mi hijo el doctor" que era el símbolo de la construcción del progreso personal, familiar y generacional a través del trabajo y del estudio genuinos, hoy el ascenso social se consigue entrando a la política o conectándose con ella, y por medios generalmente irregulares.
Con una clase media cada vez más fundida, esa concepción ideológica con la que el kirchnerismo impregnó la relación entre la sociedad y el Estado ha penetrado profundamente en la cultura institucional y es imposible que se desmonte por sí sola. Sin la quimioterapia adecuada, la metástasis se extenderá indefinidamente. No se trata solo de no ser corrupto ni de meramente acabar con la corrupción residual (porque ésta se multiplica y contagia a velocidades alarmantes), sino de construir un Estado que la combata explícitamente.
Sin embargo, hoy estamos frente a un gobierno que también tiene una concepción ideológica de la corrupción, aunque sea de signo contraria a la kirchnerista.
Así como para el matrimonio Kirchner la corrupción dentro del Estado era admisible si se la utilizaba para fines nobles como la transferencia de la riqueza y el poder de los más ricos a los más pobres, para los hermanos Milei la corrupción es un tema moral (hasta aquí vamos bien) pero la moral depende de la ideología (aquí arruinamos todo). Para el presidente anarcolibertario los estatistas y los comunistas son por definición corruptos mientras que los liberales son por definición “gente de bien” porque el liberalismo es una ideología que impide la corrupción. En particular en su versión antiestatista extrema, la que propone eliminar el Estado, porque al desaparecer la causa (el Estado) desaparecerá el efecto (la corrupción).
Es la ideología inversa a la de Néstor, pero sigue siendo ideología. Aquélla era la versión estatista, ésta es la privatista. Ambos rechazan considerar el Estado como la estructura política desde donde se debe tender al bien común (para eso creó el presidente liberal Julio Argentino Roca el Estado nacional en 1880). Los kirchneristas porque quieren apropiárselo para fines particulares y los mileistas porque quieren reemplazarlo por el Mercado. Los kirchneristas sostienen que cierto tipo de corrupción es positiva y benéfica. Los mileistas nunca han dicho eso, pero suponen que eliminando el Estado (o reduciéndolo a su mínima expresión), se acaba la corrupción. Entonces no se preocupan en buscar los remedios concretos y adecuados de gestión y de sanción para sanar el moribundo cuerpo estatal, puesto que creen que los estatistas son estructuralmente ladrones y los liberales no lo son. Una estupidez del tamaño de una casa. Porque con ese ideologismo se olvidan o ignoran que las causas originarias de la corrupción no provienen del tipo de organización estatal sino de la naturaleza humana. Acá y en todas partes del mundo, ayer, hoy, mañana y siempre. La corrupción penetra -ha penetrado siempre- en todas las ideologías. Y en el caso de la Argentina actual es claramente estructural y transversal porque copó no solo todas las ideologías sino todo el cuerpo del Estado, todos los partidos y todos los gobiernos.
En otras palabras, el kirchnerismo impulsa un determinado tipo de corrupción, mientras que el mileismo no tiene respuestas de gestión para combatir ningún tipo de corrupción. Porque para ambos hay un nexo primordial entre corrupción e ideología que en los dos casos es absolutamente falso.
El affaire Adorni es el caso paradigmático de esta nueva clase media en decadencia que ve en el Estado la posibilidad de lograr la movilidad social ascendente que en la Argentina actual ha dejado de ser masiva como lo era antes mediante el esfuerzo propio a través del trabajo honrado. Aún con no demasiadas luces (o precisamente por eso) tuvo la suerte de llegar arriba de golpe, casi sin esperarlo (ser un discreto vocero con sumisión absoluta al que manda, le permitió ser candidato en Capital Federal donde ganó, de allí lo ascendieron a jefe de gabinete y la prometieron proponerlo como jefe de la Ciudad de Buenos Aires para 2027 mientras él ya se imaginaba, para 2031, como probabilísimo sucesor presidencial de Milei). Pero subió tan rápido que no tenía ni la ropa ni las casas ni los autos para codearse con los funcionarios de su mismo rango, que casi todos ya eran millonarios desde antes. Entonces se las arregló para adquirir en un año desde la política lo que en un par de décadas no pudo obtener desde la actividad privada.
El caso Libra es la corrupción en su nueva versión tecnológica. El cuento del tío en versión criptomoneda. El robo desde el Estado en tiempos de Inteligencia Artificial.
Que los hermanos Milei hayan formado parte de los estafadores o de los estafados es algo que determinará la justicia, pero lo cierto es que se usó el nombre del presidente (de un presidente, aclaremos, que prestó voluntariamente su nombre) para robarles sus dólares premeditadamente a los adquirentes digitales de esas nuevas monedas. Utilizando la misma lógica de esa creciente cantidad de micro robos a que todos los ahorristas están expuestos cuando desde su WhatsApp le piden con las excusas más banales y la tentación de ganancias fáciles, los datos de su cuenta de ahorro logrando que ingenuamente muchos se los brinden para introducirse en ella. Y los desvalijan digitalmente. El caso Libra es lo mismo multiplicado cualitativamente, y con clarísima participación estatal. La nueva corrupción tecnológica.
La flamante presentación en sociedad de “la banda de los mendocinos” es la expresión de la corrupción que como metástasis cancerosa hace ya varias décadas vienen invadiendo todo el cuerpo estatal. Esa que pulula en los sectores intermedios de un Estado hoy abandonado a la mano de Dios, como capas concéntricas que no cesan de acumularse a lo largo de los años, aún superpuestas. Una corrupción transversal que sobrevive a todos los gobiernos, donde miles de pequeñas células cancerígenas se roban todo lo que pueden, aprovechando la licencia ideológica que les dio el kirchnerismo para robar, y aprovechando el desmantelamiento estatal actual donde la destrucción desprolija de la motosierra hace el ruido suficiente para que ellos puedan robar en silencio.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]