El domingo Argentina perdió la final contra España, uno a cero, después de 120 minutos de un esfuerzo que se pareció bastante a nuestra historia: correr de atrás, creer igual. Y hay algo en ese cruce que excede al fútbol. Yo viví en Barcelona, hace ya bastante. Fui con planes largos, de esos que uno arma con años de anticipación: hacer pie, quedarme, envejecer en Europa. Barcelona es una ciudad extraordinaria. El metro llega, la vereda está hermosa, nadie te roba a mano armada, el sueldo rinde. Todo lo que acá falta, allá sobra.
Y sin embargo me pasaba algo que tardé en poder nombrar. Me quedaba mirando una plaza del Eixample, llena de gente, ordenada, luminosa, y sentía que estaba viendo la foto de una plaza. Estaba todo, pero no pasaba nada. La gente circulaba sin habitarla. Cada uno llevaba su vida resuelta como quien lleva una valija con rueditas: en silencio, sin rozar a nadie. Ahí conocí una forma rara de la carencia: lo que falta cuando no falta nada.
En Argentina el espacio público no es infraestructura: es conversación. La calle acá está hablada todo el tiempo, por todos. El que te vende el diario tiene una teoría del país y te la cuenta aunque no se la pidas. La señora de la fila del supermercado diagnostica la economía con más certeza que un ministro, y lo más argentino de todo es que a veces tiene razón. Ese ruido, visto desde afuera, parece desorden. Vivido desde adentro es otra cosa: es la señal de que el otro te concierne, de que tu día y el mío son de algún modo el mismo día. Uno no camina por Mendoza o por Buenos Aires: camina adentro de una charla que empezó antes de que naciéramos y que va a seguir después.
Conozco la frase, la escuché mil veces, alguna vez estuve cerca de decirla: la única salida es Ezeiza. Es ingeniosa y es falsa, y es falsa de un modo preciso: confunde salida con escape. Yo pasé por Ezeiza en las dos direcciones y puedo dar fe de lo que la frase no cuenta.
Del otro lado no te espera la solución: te espera un país que resolvió todo menos lo que uno trae puesto. Allá aprendí que el orden también tiene un precio, y que ese precio se paga en soledad. Hay sociedades donde nadie necesita a nadie, y esa autosuficiencia, mirada de cerca, se parece demasiado a la tristeza. No era nostalgia lo que yo sentía frente a esa plaza perfecta. Era eso que falta cuando no falta nada: un aire. Un aire que no figura en ningún índice de desarrollo humano, pero que decide algo más elemental que dónde desarrollarnos o vivir: dónde uno puede respirar.
Y hay algo más que la frase de Ezeiza no puede contar, porque su lógica no lo registra. Cuando volví a pasar por ese aeropuerto, esta vez de vuelta, no venía a buscar nada. Y justamente por eso encontré todo. Encontré un proyecto de vida que no podía en ninguna planilla, imposible de planificar: encontré a Lucila, mi compañera de vida, encontré a mis hijos, encontré la ilusión de construir un proyecto político joven, auténtico, humilde y con esperanza.
Nada de eso lo elegí de antemano. Se dio como se dan las cosas en Argentina: como una conversación que uno no elige, que te agarra distraído en una fila o en una vereda, y que cuando te querés acordar, ya es tu vida. Los países que funcionan te garantizan el plan. Este país, que no garantiza nada, a veces te regala lo que ningún plan hubiera sabido pedir.
Argentina se conversa a sí misma sin parar, casi siempre para quejarse. Pero quejarse juntos no es rendirse: es una forma del amor, porque nadie discute lo que ya dio por perdido. El que se queja en la fila del banco todavía cree que esto tiene arreglo. El que dice Ezeiza ya no discutenada: se bajó de la charla. Y bajarse de la charla, en un país que es una charla, es la única derrota definitiva.
El domingo ganó el orden, por la mínima, en el último suspiro de un partido que este desorden nuestro peleó hasta donde dan las piernas.
Perdimos. Pero miren cómo perdimos: juntos, en las plazas, en los livings prestados, gritando cada pelota como si fuera de todos, porque era de todos. La copa viaja a Madrid; la charla se queda acá. Esta derrota, como todo lo que nos pasa, no la va a llorar nadie solo: la vamos a conversar durante años, en cada fila, en cada vereda, que es nuestra manera de curarnos. Que el orden festeje ordenadamente. Nosotros ya estamos hablando de la próxima — porque la única derrota definitiva, en un país que es una charla, es dejar de hablar. Y de eso, se ve que no sabemos.