6 de julio de 2026 - 00:00

Un regalo, una foto y todo lo demás

El recuerdo de un regalo recibido en un cumpleaños invita a pensar en todo aquello tan valioso que a veces dejamos escapar.

Fue ella, por supuesto, la primera en llegar. Me dio un abrazo antecedido por una sonrisa y un regalo al que acompañó con una disculpa, y al que yo respondí con la consabida frase: «Mamá, no te hubieras molestado». Me entregó un paquete de considerable tamaño, así que la «reprendí» por el gasto y me dijo —también, como disculpándose— que no era un regalo comprado, sino «algo» que había hecho. Así que rasgué el envoltorio de papel madera y, sobre un fondo de cuero negro, apareció una imagen con mi propio rostro, que oficiaba de portada de un soberbio álbum de fotos. Es el único regalo que recuerdo de aquella noche de festejo por mi cumpleaños. Mi madre había esperado todas las décadas de mi edad para reunir, laboriosamente, una serie inesperada de testimonios de nuestra existencia compartida. Fotografías, recortes de periódicos, libretas de calificaciones de mis diversos cursos escolares y citas de algunas cartas o poemas conformaban ese obsequio que ella elaboró artesanalmente para hacer distinta esa celebración, para que no pasara de largo.

Sucede que estas cosas, es verdad, suelen pasarme de largo. Arisco a los festejos, bien podría yo encarnar el reverso de aquel Humpty Dumpty de Lewis Carroll que pedía calcular (o celebrar) todos los días de «no cumpleaños»: en mi caso, la celebración consistiría en hacer que el día de cumpleaños se pareciera a los otros y que esa fuera la manera de festejar, anulando así la particularidad de la fecha, quitándole lo que la hace diferente.

Como fuera, el regalo de mi madre aquella vez impidió la inercia de los días. Era una fecha muy redonda la de mi cumpleaños y todo su trabajo se dirigió a ello. Con ese obsequio en las manos, mi aniversario de nacimiento no podía ser uno más. Sobre todo, por su carta manuscrita (con esa caligrafía delicada que siempre tuvo mamá), en la que traducía su amor, nuestro mutuo amor, en unas palabras sencillas y sentidas, esa clase de palabras de madre a hijo que quizá no son un secreto, pero se guardan para que resuenen de manera única cuando se dicen, o se escriben. Esa clase de palabras que de algún modo ya conocemos y esperamos, igual que el estribillo de nuestra canción preferida.

Pero ese papel frente a mí tenía otra cosa que palabras. Había algo más tras esa carta. No sólo la colección de registros que acabo de mencionar, sino una foto muy especial. Bajo su letra primorosa y la leyenda «El inicio de una historia», el rostro hermoso y juvenil de mi madre, con una sonrisa de arco iris que traspasaba el blanco y negro de la foto, observaba a mi padre en los minutos siguientes a aquel en que acababan de sellar su matrimonio con una ceremonia.

Yo, el de los días de cumpleaños borrados por el gris de los días ordinarios, no esperaba nada y recibí todo lo que no hubiera podido siquiera pedir. Tenía ante mí palabras como no había otras y tenía, además, una imagen donde la luz dibujaba cierta vida que podía ser cualquier cosa menos ajena.

Esa carta y esa foto valían por todo lo demás, incluso aquello que tantas veces pasaba de largo. Valían por lo que pude elegir y por lo que me vino dado, como un regalo no pedido. Esa carta hablaba también de esa foto: era la del comienzo de una historia que no elegí, pero sin la cual simplemente yo no sería. Con ese tesoro recibido pensé en lo que hacía un rato le había lanzado, como una broma tomada de la Mafalda de Quino, a mi madre. Yo había devuelto, ante su «feliz cumpleaños», un saludo análogo: ella también celebraba sus años de madre. Y pensé, por supuesto, en mi padre. De él apenas pude recibir veintiocho saludos, pero los restantes, los que no pudo darme, los que no pude recibir, también estaban —preferí creer— en el peso de este álbum que mi madre me había depositado en las manos.

Hoy ya no importan las fechas redondas. No interesa si juego a ser el Sombrerero Loco y a celebrar cada día como si estuviera naciendo de nuevo: no habrá madre acopiando, a la par de su vida doliente, estampas de la mía. Hoy los festejos con ella no pueden jamás ser festejos, sólo fechas hirientes que se traducen en flores llevadas a su tumba. Por eso aquel álbum representa retazos, fragmentos, pigmentos de tinta que, por un orden que se antoja maravilloso, evocan las formas de los seres amados para denunciar, también, con angustia, la parte física que nos falta de modo irremediable. Recortes, desesperados rescates de eso que se escurre entre los días, a los que me aferro emocionado, agradecido de ser, aunque no lo haya elegido. O por eso mismo: agradecido.

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