6 de julio de 2026 - 00:05

Más allá de la cancha: sueños y pasiones argentinas

Se acerca un nuevo aniversario de la Declaración de nuestra independencia, atravesado por sentimientos y emociones deportivas que permiten revivir y fortalecer los lazos de pertenencia con nuestra Patria.

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En 1816, José de San Martín, por entonces gobernador intendente de Cuyo, esperaba con ansias la formación del Congreso Nacional de Tucumán, que se hacía esperar. Él, como muchos, venían guardando en el pecho el profundo anhelo de ver el nacimiento de esta Patria. Desde Mendoza le escribía a su amigo Godoy Cruz: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos. ¿Qué nos falta más que decirlo?” Pero no era tan fácil. Así se lo hacía saber Godoy Cruz en su respuesta. Inquieto, apasionado, Don José no se resignaba. Pero le tocaba esperar noticias. Entretanto, Tomás Godoy Cruz ocupaba su banca en San Miguel de Tucumán como diputado por Mendoza.

Entre Mendoza y Tucumán había casi mil kilómetros: una distancia que, a caballo, podía demandar cerca de tres semanas de viaje. Esa distancia física, sin embargo, no enfriaba el intercambio. Por el contrario, una intensa correspondencia entre ambos, evidencia la ansiedad de esos sueños cargados de argumentos: San Martín necesitaba que el Congreso declarara la Independencia para que la guerra dejara de ser solo una rebelión contra España y se convirtiera en la acción legítima de un pueblo que se proclamaba libre: “Preciso es que nos llamemos independientes para que nos conozcan y respeten”, escribe en una de sus cartas.

Durante los meses previos a la declaración de la independencia en julio de 1816, las cartas fueron y vinieron; releerlas hoy nos permite descubrir el caudal de emociones que atravesaba a estos hombres, pero también el profundo compromiso que tenían con sus ideales. El triunfo del Congreso implicaba el desencadenamiento de acciones. No solo el festejo, que seguramente hubiera sido en grande, como el mismo San Martín le confiesa a su amigo: …”la maldita suerte no ha querido el que yo me hallase en mi pueblo para el día de la celebración de la Independencia. Crea usted que hubiera echado la casa por la ventana.” Pero después de la celebración, San Martín planeaba salir con toda convicción, junto a su ejército, en una de las gestas más grandes de nuestra historia.

Inevitable es, en estos días, no estar atravesados todos por otra pasión: la del deporte. Pasión desbordada y efímera, que tiene fecha de caducidad: el fin de la competencia mundial. Aún así, la gente grita, se abraza, llora y practica toda serie de rituales insólitos en su necesidad de sentirse parte, de creer que está participando de alguna manera de la obtención de ese resultado. Un gran espectáculo emocionante muchas veces, que nos permite revivir sentimientos profundos: el de pertenecer, el de alcanzar una victoria colectiva, en la que hablamos de gesta, de héroes, de defender los colores, de gloria. La modernidad ha debilitado bastante los conceptos, pero, en el fondo, se desnuda en el evento deportivo un entramado que nos une, que nos identifica más allá de todas las diferencias. Hay un nosotros. Y eso es suficiente para honrar la pasión con la que muchos soñaron una Argentina. ¡Viva la Patria!

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