El asedio. Al principio la demolición se hacía sólo de noche, siempre en puestos alejados, para no perturbar, para no llevar inquietud ni poner en riesgo los planes. Eso lo supimos después. Mientras tanto el miedo creció, porque de a poco se fueron acercando las máquinas de los que venían y vimos que caían las casas más lejanas. Luego el asedio dejó de distinguir día, noche, prudencia o distancia. Creímos que las murallas eran fuertes, aunque sucedía algo extraño: los guardianes no parecían perturbarse. Nos decían, ellos mismos, que aquellos pájaros de la destrucción nunca surcarían el cielo limpio de nuestro ámbito. Pero no había verdad en sus palabras. En realidad, estaban, con sus propios desechos, alimentando a las aves. Las maderas de las puertas ya lucían podridas y siguieron diciendo que aquellos no llegarían. Pero llegaron. Y cuando la sombra de su mal tapó nuestro sol, cuando el temblor de la tierra no fue más que el eco de lo derruido nos dijeron que, al fin, éramos nosotros los que habíamos propiciado la invasión. Creímos que eran fuertes los muros, creímos que jamás el cielo limpio nublarían. Creímos que estábamos a salvo. Creímos, por error, que la invasión llegaría de afuera.
A la misma hora. Fue casualidad, pero desperté a la misma hora que exactamente un año atrás. No fue esta vez la llamada de lo que no quería oír lo que me sacó del sueño. Fue otra cosa: una incomodidad hecha de encastres, de analogías constantes que los años instalan con su fecha repetida. La sensación de un déjà vu frenético que tiene adicción a lo que deja manchas de pena en cada recuerdo. Eso pasa. Sucede como algo inevitable. Decía: fue a la misma hora, el despertar. Fue en la misma cama y bajo el mismo techo, así que la misma angustia volvió a clavarse en el pecho como las uñas de un gato furioso. Fue en la misma casa, junto a los mismos que lloraron a la par un año atrás. Fue casualidad, pero todo reapareció, como un video de Instagram que vuelve a reproducirse sin que lo pidamos. Y acumuló uno por uno cada día que siguió a aquello, hasta llegar a 365 con toda la carga de la pena, del cansancio de la pena, de las secuelas de la pena. Como un virus, instaló la tristeza, o sea: el fuego con el que nos va cociendo en vida la muerte.
Aniversario. ¿Hay algo peor que sentir vacío cuando dolor habría de sentirse? ¿Sentirlo cuando las lágrimas deberían llenar el hueco obsceno que invadió mi pecho un año atrás? No. La nada duele más que la aflicción persistente. Es un aniversario que ni quiero mencionar y oigo a mi cerebro crujir. Hay caos allí adentro, ante el abismo de las fechas que encajan (el mismo día, el año siguiente). La tela blanca en el cine de la memoria se ilumina con escenas de la degradación, la agonía, la ostensible pérdida. Hay una bruma dichosa que empaña el recuerdo, pero parece que, también, una costra endurecida en el ánimo. Y al asomarme, al creer que allí estará la fuente de un nuevo llanto, que costará evocar la amada pérdida, aparece un lago congelado, un paisaje sin música ni color, una noche instalada como si jamás quisiera irse. Ya sé de qué se trata. Es ese vacío que por estar allí mismo puede contaminarse de lo peor: la costumbre. Acostumbrarse a lo que pudo ser, a lo que no pude hacer. Nada hay peor que ese vacío que ocupa el vacío. Preferiría llorar. Un alarido elegiría. Pero no esto que ha llegado: la resignación.
Fiesta de difuntos. No estoy retirado, ni en paz, ni en el desierto. Estoy en una bulliciosa reunión familiar, donde abunda ese ruido que fácilmente se confunde con el silencio. Pero, a pesar de eso, me siento como Quevedo en versos que no sé por qué me resuenan cual una canción: «Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos». Ah, qué fácil sería imaginar espíritus, presencias espectrales, almas sin cuerpo y creer que están a nuestro lado. Pero me toca esta razón atea que se reduce a una conversación a través de los recuerdos. Pues para mí no hay cielo: hay memoria. No hay paraíso, sino evocación de los que amamos. Estoy en una fiesta, pero hay palabras de otros que me aíslan con su canto. Será porque, cuando hay dolor, todo lo que habla nos habla a nosotros. Será porque, cuando hay tristeza, siempre (aun en medio de una fiesta) se está solo. Será por eso que ahora me da palabras un lejano poema de Fernando Lorenzo, para que con él yo diga: «Hoy ha vuelto el dolor. / Hoy he escuchado música, / la necesaria, la prometida. / Calma la tempestad con la frescura de tu nombre, madre».
* El autor es periodista y escritor. [email protected]