Ese día de 1999 volvía tarde a casa. El intermitente colectivo hacía una de sus paradas bajo un cielo tan gris que verlo era dejarse cubrir los hombros con la ceniza de la depresión. Miré alrededor y noté que mi compañero de asiento ya no estaba. Todos los lugares estaban ocupados excepto ese. Entonces vi que subía una gitana. Primero la oí, en realidad, porque regateaba el precio del boleto al chofer y luego miraba hacia ese espacio donde iba a venir a sentarse. Volver en ese Expreso más tarde de lo normal, en invierno, con cansancio e incomodidad, me daba todas las excusas para no querer siquiera compartir asiento, porque significaba ceder el ínfimo espacio extra que el puesto del lado de la ventanilla ofrecía si uno iba solo.
Me acurruqué un poco más. Apoyé la cabeza contra el cristal de la ventanilla, como si de ese modo fuera a conseguir mantenerme en la soledad que ese viaje en mi día interminable necesitaba. Me sentí un viejo cascarrabias: no quería a nadie sentado junto a mí. No tenía que ver con prejuicios: entre las cosas que soy o trato de ser, es alguien falto de prejuicios. Pero estaba agotado. Y sólo tenía 25 años.
La gitana era una mujer corpulenta y venía acompañada de bártulos que ampliaban el volumen de su espacio en el mundo, así que cuando se sentó me apretujó contra el costado de modo que tuve que sentirme otra vez atrapado, incómodo e incluso más viejo.
Después de una serie de resoplidos la gitana me miró. Aparentaba unos 55 años, pero tal vez apenas llegaba a los 40. Me preguntó cómo andaba. Yo estaba resuelto a no establecer comunicación con nadie, aunque me tomó con la guardia baja y cometí el error de contestarle. “Cansado”, confesé. Entre las cosas que soy o trato de ser, es alguien con modales. Para subir otra vez las barreras saqué un libro que estaba leyendo y simulé retomarlo. Ella no se inmutó: había olido sangre e iba a atacar. “Por cinco pesos te digo quién sos y te adivino el futuro”, me propuso. Yo no quería tener compañía en el asiento, no quería esa incomodidad. Pero si había algo que podía provocarme era algo así. Mis ancianos 25 años podían soportarlo todo, menos la superchería. Me creí el paladín de la dignidad racionalista, y como un estúpido, como un prejuicioso, como un maleducado, como un viejo malhumorado respondí: “A que no”.
—Dame cinco pesos y te digo.
—Tomá. Pero si no adivinás, me los devolvés —desafié.
Ya había perdido la jugada, pero (recuerden) tenía 25 años y creía aún en la importancia de la verdad. Le pasé el billete de cinco pesos (cinco dólares, por entonces) y con un pésimo pase de magia ella simuló romperlo en pedacitos, como si yo no hubiera notado el trozo de papel que llevaba previamente arrugado. Me pidió que abriera la palma de mi mano, puso el despojo sobre él y dijo: “Estás estudiando para terminar la secundaria. Estás preocupado, pero te vas a sacar un 10”.
Yo ya había formado familia, me faltaba poco para recibirme en la facultad y trabajaba desde hacía seis años, aunque mi sueldo era modesto. Así que sonreí y le dije: “No acertaste en nada”. Tiré los papeles y pedí: “Dame mi dinero”. Señaló los pedazos como si ello explicara que los cinco pesos ya no estaban y su cara enrojeció. Noté que miraba alrededor. Temí que tuviera algún cómplice y que yo, por hacerme el destructor de mitos, estuviera en problemas. Pero mi orgullo herido seguía ejerciendo un poder irresistible. Así que decidí improvisar: adopté una pose trágica y dije que eran los últimos pesos que me quedaban. “Si pudieras adivinar habrías visto que no me alcanza la plata para darle de comer a mis hijos y que tengo a mi bebé enferma. Esa poca plata era para comprarle remedios”.
No pude haber pegado más bajo ni mentido mejor: las mentiras se conforman con todos los elementos de la verdad, menos uno, y allí estaba todo en su lugar.
Increíblemente, ella acusó el golpe. Su entrenamiento para embaucar se encontró con la cara triste de este niño viejo que le ponía a dos niños pequeños como protagonistas de un drama en cuyo telón flameaba un mísero billete de cinco pesos. “No puedo devolverlos”, dijo, insistiendo en los papelitos picados. Ella también tenía su propio orgullo y su propia miseria real incrustada, como yo, muy adentro. “Voy a ver qué tengo”, me dijo igualmente. Sacó de unos trapos billetes y monedas sueltos. “Tres noventa, cuatro, cuatro con veinticinco. Es todo lo que tengo”, sentenció. Había en ella una lucha entre la conmiseración y el engaño. Los acepté, pero le dije casi con maldad: “Espero que me alcance para los remedios”. Ella me codeó y se rio, dando por cerrada la compulsa: “Me diste pena. Tenía pensado ponerme a gritar diciendo que me estabas toqueteando si me pedías que te devolviera todo”.
También sonreí y llegó el momento de bajarme. Ella me deseó suerte. Al llegar saludé a mis hijos. La pequeña andaba por todos lados con más energías que su hermano mayor. Y entonces pensé en una lección que ellos también alguna vez aprenderían. Que no somos sólo lo que somos: somos también eso que odiamos y debemos practicar a diario a cambio de sobrevivir.
El autor es periodista. [email protected]