4 de julio de 2026 - 00:05

Jean Guitton y el trabajo intelectual

El trabajo intelectual, para el pensador francés Jean Guitton, se halla vinculado y relacionado en cada uno de sus aspectos con la vida profunda, con la trascendencia del espíritu y su cultivo. Por esto, exige dos cualidades opuestas: primero, la lucha contra la disipación, que no puede lograrse sino concentrándose; y, la segunda, el desprendimiento con respecto al trabajo, pues el espíritu debe elevarse, ser mantenido, como decía Pascal, por encima de su obra.

    El 21 de marzo de 1999 nos dejaba en París uno de los intelectuales más relevantes y queridos de Francia, Jean Guitton, oriundo de Saint-Étienne. Influenciado por la obra de Henri Bergson y de Blaise Pascal, cuyo influjo constituye las bases intelectuales de su pensamiento. Filósofo, escritor, académico de notable trayectoria en la Universidad de Montpellier y la Sorbona, miembro de la Academia Francesa y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del mismo país. Su vasta obra abarca temáticas filosóficas, históricas, teológicas y pedagógicas de profunda importancia para los tiempos actuales.

    Una de sus grandes contribuciones fue sus aportes a la vida intelectual y al pensamiento, como lo demuestran, entre otras obras, el Nuevo arte de pensar, El trabajo intelectual y Aprendiendo a vivir y a pensar, tres libros de notable importancia que muestran una de las grandes preocupaciones del autor francés: recuperar el pensar como cualidad superior del hombre y su vinculación con la vida.

    En la presente nota, quisiéramos retomar algunas de sus reflexiones, que sirvan como un aporte para todos aquellos que estudian, escriben y le dedican parte de su vida al cultivo de la inteligencia. En el prólogo de su libro El trabajo intelectual, explica que: “…el libro ha nacido de un sentimiento de amistad profunda que inspiran los estudiantes sobre todo aquellos que sufren de confusión y soledad. Procura ayudarlos en su trabajo. Desearía liberarlos de toda impresión de inferioridad o de angustia”. Como se observa, el libro tiene como génesis el aprecio y amistad que le inspiran los estudiantes, y su único objetivo es ayudarlos en su trabajo intelectual, liberándolos de las angustias normales que transitan en los estudios. También se dirige a los intelectuales, profesores y escritores que hacen de su vida el pensamiento. En definitiva, se dirige a cuantos no han renunciado a leer, a escribir y a pensar.

    El trabajo intelectual, para el pensador francés, se halla vinculado y relacionado en cada uno de sus aspectos con la vida profunda, con la trascendencia del espíritu y su cultivo. Por esto, exige dos cualidades opuestas: primero, la lucha contra la disipación, que no puede lograrse sino concentrándose; y, la segunda, el desprendimiento con respecto al trabajo, pues el espíritu debe elevarse, ser mantenido, como decía Pascal, por encima de su obra. Ahora veamos algunos de sus consejos y recomendaciones centradas en algunas analogías y en la preparación del trabajo.

    Mirar el trabajo de los artistas

    En el libro El trabajo intelectual, se utiliza como recurso narrativo una infinidad de analogías para explicar la dignidad y grandeza de la vida intelectual. Resaltamos dos que nos parecen muy adecuadas para comprender el alcance de este trabajo del espíritu.

    En primer lugar, recurre al trabajo de los artistas, los pintores y los arquitectos que admiraba porque ilustraban como una obra de la voluntad y del espíritu, son tan próximas una de la otra, logrando una cierta unidad de orden, donde la materia y forma alcanzan un cierto esplendor. Por esto, afirma: “Es imposible ejercer la función de arquitecto sin formularse intensamente una hipótesis, que tiene sus grandezas, sus posibilidades, pero también sus fallas irremediables, y en esto, la decisión de realizar es también un sacrificio”. Como ejemplo, pone la Catedral de Notre-Dame, cuya decisión fue adoptada por una voluntad juiciosa entre una gran cantidad de soluciones posibles.

    La segunda analogía es la del campesino y el grano de mostaza. Nos dice: “... la más pequeña de las semillas, que una vez sembrada crece silenciosamente hasta convertirse en un árbol para los pájaros del cielo; ese sembrador que pierde la mayor parte de sus granos por uno que dará ciento”. Perfecta similitud la del labrador con el trabajo intelectual que debe cultivar su vida de estudio, contemplación y lectura a la espera de poder recoger el fruto maduro de su siembra intelectual. Perfecto antídoto en nuestra sociedad de la información, donde el intervalo de tiempo es corto y nos estamos cada vez desacostumbrando a las actividades que suponen dedicación, como el pensar, el estudiar, el leer y el contemplar.

    Preparación del trabajo

    Dado que contamos con poco tiempo para el trabajo intelectual, por nuestras horas laborables, nuestros descansos y obligaciones, el primer consejo que da es que nos esforcemos, ante todo, por llegar al ‘conocimiento de sí mismo’, que no es sumergirse en el abismo interior, sino hacer un pequeño balance de aquellas cosas que se han obtenido y las que se han frustrado, de cuántas horas dispongo para organizarme diariamente y reflexionar sobre algunas ideas erróneas en las que podemos caer. En definitiva, afirma: “Este examen de las propias fuerzas es muy necesario, pues las ideas tontas son las más difundidas y una de ellas, que infunden los programas, es la de que nuestro saber puede ser enciclopédico”.

    Por esto, debemos replantear la preparación del trabajo intelectual y superar ciertas actitudes ante el conocimiento, como es justamente el enciclopedismo, que mutila y empobrece la vida, ya que no consiste en la acumulación de saberes, sino en la posibilidad de conjugar los mismos en hábitos intelectuales que nos permitan apreciar, reflexionar y comprender. En este sentido, dice Guitton: “El valor de un espíritu no reside tanto en su ciencia como en la posesión de hábitos vivaces que le permitan adaptar su saber y sus principios a la singularidad de los casos siempre nuevos e inversamente, en discernir el provecho que puede sacar de aquello que le es ofrecido por el azar”. Por esto, el valor de la inteligencia no reside en su capacidad memorística, sino en la posibilidad de concretar actitudes, hábitos y competencias que permitan apropiar los contenidos y asimilarlos con la singularidad de las cosas y nuestra vida.

    Entre los hábitos que resalta el autor, se pueden encontrar la necesidad del buen reposo, la atención y la concentración. Esta última es el acto de la voluntad por el cual nos detenemos en un objeto determinado y reflexionamos sobre él. Por eso, de una actitud concentrada surge no solo la reflexión, sino la atención y la contemplación, hábitos y actitudes imprescindibles del trabajo intelectual. En este sentido, afirma: “Todo trabajo implica una fuerte concentración del pensamiento. Exige un olvido momentáneo de todo lo que no es él. Demanda un esfuerzo sostenido, coraje. Pero cada acto de atención ferviente nos contrae, nos crispa y rompe un equilibrio”. Por esto, hay que alternar el descanso y la concentración para preparar y asegurar mayor profundidad y efectividad en el pensamiento, de cuya atención surgen dignos frutos de saber y conocimiento que permiten comunicar y difundir.

    En definitiva, Jean Guitton nos enseña que el espíritu intelectual debe aprender a concentrarse, a encontrar en el tema de estudio su punto de aplicación; hacer el trabajo en reposo y con intervalos de tiempo a fin de madurar lo indagado y contemplado, y que debe expresarse para conocerse, pues el fondo y la forma son inseparables.

    * El autor es Docente Universitario UM – UNCuyo.

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