Con sus altos y bajos, no ha habido época en que comprar en Argentina no haya sido una carrera contrarreloj. Ante el imparable avance de la inflación, la estrategia clásica consistía en stockearse: vaciar las estanterías antes de que los precios cambiaran a la mañana siguiente. En la era mileísta, el escenario refleja una mutación particular. La indiscutible desaceleración de los índices de precios (aunque aún parezca lejano el sueño presidencial de que el índice arranque en "cero") convive con una paradoja palpable para la dama y el caballero: las góndolas ya no arden, pero los carritos lucen vacíos o casi.
Está a la vista: la retracción del consumo masivo no es solo un indicador económico, sino también el reflejo de una transformación cultural y psicológica profunda. De ahí que debamos reconocer que nos hemos convertido en una suerte de consumidores quirúrgicos.
El ciudadano promedio ya no corre; ahora opera como un broker doméstico. El consumo se volvió una práctica de alta precisión, una disección minuciosa del gasto cotidiano donde el bisturí reemplazó al impulso. Más allá de las frías estadísticas que obligan a las marcas y supermercados a reconfigurar sus ofertas, lo relevante es el costo mental que este nuevo hábito nos impone.
Ser un "cirujano del gasto" exige un esfuerzo cognitivo diario. Ya no alcanza con comparar el precio de dos marcas de arroz; el consumidor aggiornado debe triangular billeteras virtuales, calcular los días específicos de descuento según su banco, descifrar complejas promociones cruzadas y evaluar si el rendimiento de un saldo digital justifica postergar una compra veinticuatro horas.
El "ahorro invisible", ese que no se nota en grandes lujos, sino en la poda sistemática de los consumos hormiga y el abandono definitivo de las marcas tradicionales, se vuelve así una obsesión silenciosa.
Esta microeconomía de trinchera revela una radiografía social preocupante: somos una comunidad de consumidores estresados que, aun ante un panorama de mayor estabilidad, nunca logran relajarse.
La estabilización de la macroeconomía no consiguió desactivar nuestro natural estado de alerta. Vivimos con la guardia alta casi de forma crónica, un estrés postraumático financiero que nos impide bajar los brazos. El acto de comprar ya no se limita a una simple rutina de subsistencia; devino en un trámite analítico, un ejercicio de desconfianza donde cada ticket es un examen para el que no siempre estamos bien preparados.
Las góndolas ya no son solo el termómetro de la economía "real", sino el espejo de un cansancio tan presente como invisible. Un sociólogo diría que somos parte de una sociedad que aprendió a sobrevivir calculando cada centavo. Con todo respeto, a esta altura merecemos de sobra el Nobel al consumidor sobreviviente.
* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]