Cada generación ha enfrentado desafíos educativos distintos. Hubo un tiempo en que el debate posiblemente pasaba por garantizar el acceso a los libros, luego por incorporar computadoras a las escuelas y más tarde por expandir la conectividad. Hoy el desafío es diferente: educar en una sociedad profundamente atravesada por la tecnología y la información.
Las pantallas, las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial forman parte de la vida cotidiana de estudiantes, familias y docentes. Negar esa realidad sería desconocer el contexto en el que aprenden, se informan y se relacionan hoy las personas. Por ello, la escuela no puede educar para un mundo que ya no existe; debe preparar a los estudiantes para comprender y desenvolverse en el mundo que efectivamente habitan.
Por eso, el debate educativo actual no debería centrarse únicamente en permitir o prohibir dispositivos. La verdadera discusión pasa por cómo construimos capacidades para que niños, niñas y adolescentes utilicen la tecnología de manera responsable, crítica y productiva en sus vidas y rutina.
Vamos con otro caso educativo. La educación vial no consiste en la prohibición de los vehículos, sino que enseña a utilizarlo, a respetar las señales de tránsito y el buen trato. La educación no puede reducirse a eliminar las herramientas tecnológicas del ámbito escolar. El objetivo debe ser enseñar a utilizarlas correctamente, comprender sus riesgos, aprovechar sus oportunidades y desarrollar criterios para interactuar con ellas de forma saludable.
Ejes para debatir el uso de los celulares en las escuelas
Un primer punto a incorporar es una mirada sobre la equidad. La transformación digital de la educación y la formación de docentes avanza a distintos ritmos, y no todas las instituciones cuentan hoy con las mismas condiciones de conectividad, equipamiento, conocimiento o infraestructura tecnológica. En ese sentido, los dispositivos móviles son una herramienta de acceso a contenidos, plataformas educativas y recursos de aprendizaje que de otro modo no estarían disponibles.
Se suma al debate un fenómeno que está transformando aceleradamente la educación en todo el mundo: la inteligencia artificial. Hoy existen herramientas capaces de generar textos, resolver ejercicios, traducir contenidos o producir imágenes en cuestión de segundos. Frente a esta realidad, la pregunta ya no es solamente qué dispositivos utilizan los estudiantes, sino qué capacidades humanas estamos formando para convivir con estas tecnologías.
En un contexto donde la información es abundante y el acceso al conocimiento está cada vez más democratizado, cobran mayor importancia habilidades como el pensamiento crítico, la creatividad, la resolución de problemas, y la capacidad de análisis. Esas son las competencias que permitirán a las nuevas generaciones desenvolverse con autonomía en una sociedad cada vez más compleja y digitalizada.
En este escenario, lejos de perder relevancia, el rol docente se vuelve más importante que nunca. Quienes nos paramos frente al aula tenemos la necesidad de orientar, acompañar, generar preguntas, promover el debate y ayudar a construir sentido. La tecnología puede ser una herramienta valiosa, pero sigue siendo el docente quien transforma la información en aprendizaje.
Tecnología, convivencia y aprendizaje
Esta perspectiva no implica desconocer los efectos que el uso excesivo o inadecuado de los dispositivos puede generar sobre la atención, la convivencia o los procesos de aprendizaje. Por el contrario, exige asumirlos con responsabilidad y construir respuestas pedagógicas acordes a la complejidad del problema. Las escuelas deben seguir siendo espacios donde se fortalezcan los vínculos interpersonales, la conversación cara a cara, el trabajo colaborativo y la capacidad de concentrarse.
Sin embargo, el desafío educativo no puede agotarse en la discusión sobre la presencia o ausencia de un dispositivo. Las tecnologías, las redes sociales y las plataformas digitales seguirán formando parte de la vida cotidiana de estudiantes y docentes dentro y fuera de la escuela. Por eso, además de generar momentos de desconexión y promover entornos de aprendizaje más saludables, resulta indispensable abrir espacios para comprender cómo funcionan estas herramientas, qué impactos tienen sobre nuestras formas de aprender, relacionarnos e informarnos, y cómo utilizarlas de manera responsable.
Formar ciudadanos hoy implica enseñar a convivir con la tecnología sin perder aquello que hace irremplazable a la experiencia educativa: el encuentro con otros, el pensamiento crítico, el diálogo y la construcción colectiva de conocimiento. Ese es, probablemente, uno de los grandes desafíos que hoy tiene la escuela.
* El autor es diputado provincial por la Unión Cívica Radical (UCR).