"Ni tecnofóbicos ni tecnofílicos", sintetiza Daniel Brailovsky, docente, doctor en Educación y autor de varios libros sobre pedagogía. Su idea, desde hace años, es buscar alternativas posibles para mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje dentro del sistema educativo argentino. Puede verse como una utopía, un granito de arena, o un aporte imprescindible, depende de quién lea sus ideas, qué rol ocupa y qué ganas tenga de cambiar algo (o muchísimo) adentro de las aulas.
Este sábado, a partir de las 18, Brailovsky será uno de los conferencistas más esperados en el Congreso Nacional Tarpuy -es el nombre homónimo de la asociación civil que lo organiza-, previsto en el Arena Maipú. Serán varios los especialistas en educación a nivel nacional que abordarán temas como el avance de la inteligencia artificial generativa, la “smarthphonización” de la vida (la charla estará cargo del propio Brailovosky) y los vínculos intergeneracionales en el trabajo escolar, entre otros.
En diálogo con Los Andes, el escritor plantea que, ante la irrupción de celulares en la vida cotidiana de los adultos y su naturalización, directa o indirectamente, en la edad temprana de los niños, es clave dar vuelta la página y afilar la mirada: el investigador propone salir de la “grieta” moral, de la posición binaria que generan las nuevas tecnologías. Algo que ya anunciaba Umberto Eco en los años 60´s con esa división entre “apocalípticos” e “integrados” ante la cultura de masas. Es decir, y en palabras de Brailovsky, “si se moraliza a la tecnología en buena o en mala”, se diluye cualquier opción superadora en las escuelas.
“No hay que moralizar la tecnología. Sí hay que hay que poner el tema sobre la mesa; ver a la tecnología reconociendo de qué está hecha, de dónde viene y hacia dónde va”, asegura Brailovsky, quien afirma que, para comenzar a debatir en ese y otros ámbitos, “es necesaria una mirada más colectiva que individualista y, sobre todo, arrimarse a un pensamiento crítico” (no juicioso, aclara) para abordar los contenidos pedagógicos de una forma creativa, lúcida y lúdica.
-Qué significa esta “smartphonización de la vida social en las escuelas”?
-Ningún bebé viene al mundo con un celular bajo al brazo. Sin embargo, está en la naturaleza humana que seamos sujetos ténicos, marcados por las tecnologías. Fijáte que todo, incluso un parto ya está tecnificado. La diferencia es que estamos en un momento histórico porque vivimos una relación con la técnica muy diferente a la que se vivió en otras épocas. Delegamos decisiones en ciertas máquinas y aplicaciones que nos asisten, nos sugieren y se constituyen como interlocutor idealizado, como la IA ahora.
Ahora bien, los niños son la única franja que no tiene cuenta en las redes sociales, ni de nada y ahí son todo lo contrario a lo que se llama “nativos digitales”. Es un prejuicio. Es cierto que los niños son más fluidos con la tecnología que los adultos, pero ellos conservan la frescura en las relaciones interpersonales. En los vínculos, los niños llevan una vida principalmente analógica.
-Cuándo hablamos de esos niños analógicos, ¿de qué edad estamos hablando?
-Generalmente, los niños comienzan a tener un celular propio a partir de los 9 años, pero desde mucho antes van socializando con el uso de artefactos digitales, previos a tener su propio celular. Por ejemplo: un niño juega en su habitación. La madre pasa por el rincón donde el niño está tan concentrado con sus muñequitos en fila; le encanta la escena y le saca una foto. El niño percibe el sonido del obturador, se distrae y la madre le dice: “Te saqué una foto” y el niño quiere ver la foto y se la manda a la tía, entonces espera la respuesta de la tía. Ahí los juguetes quedarán olvidados y el juego habrá sido interrumpido. El niño vio que las imágenes que se toman de él son un bien valuable en el ecosistema de sentimientos familiares. Eso es la smartphonizacion de la vida social.
-Digamos que somos los adultos los responsables de ´smarphonearle´ su socialización, su vida afectiva…
-Es que las tecnologías son señaladas como “el problema”, y hasta parece que estos procesos son irreversibles. Pero los usos sociales de la tecnología y el modo en que se relacionan hoy los celulares con nuestra vida económica y cultural se pueden revertir. Eso sí es enormemente transformable. Porque uno es niño en base a la idea que tiene el adulto de lo que es el niño. Cuando esto sucede en un mundo ´smartphonizado´ el niño aprende a relacionarse desde ese lugar.
Muchos padres siguen conectados para el trabajo y también para las relaciones sociales, se entremezcla todo y todo el tiempo. Ser niño en lo relacional demanda de un adulto la espera, el estar ahí mirándolo. Si la mamá da la teta mientras mira el celular, el padre lo columpia en la plaza mirando el celular, entonces el chico pide que les saquen una foto y, en el fondo, el pedido es claro: “miráme, queréme, yo también soy importante y quiero que, a tu manera, (sacándome la foto), me mires.
- ¿Qué opciones hay, entonces, para salir de esa “trampa” sin demonizar ni aceptar, sin chistar, esta nueva forma de relacionarnos?
-De todo esto, uno puede sacar dos conclusiones: una opción sería decir: señora, señor… hagan lo posible para que su hijo no pase tanto tiempo en el celu, no lo saque del aburrimiento con la pantalla, o que su niño se autoregule solo. Esta, es una perspectiva individualista; es decir, depende exclusivamente de nosotros hacer un buen uso de las tecnologías.
Pero la otra opción y creo que es el nuevo desafío para el sistema educativo es ver el fenómeno desde una perspectiva social; en clave de ciudadanía activa. Desde una perspectiva de derechos que supone que la tecnología no son cables ni placas, ni meras pantallas, sino reglas sociales mimetizadas con el capitalismo financiero que regula nuestras vidas en la actualidad.
-¿La escuela está dando esa discusión en la actualidad?
-Las escuelas han incluido una perspectiva de la educación digital, pero creo que tenemos que ampliar la mirada invitando a desacralizar los discursos publicitarios y tener en claro la dependencia que generan los celulares. Hay que hablar de la mercantilización de los vínculos y de la “emoticonización” de los afectos. Hay una línea de trabajo diferente. La escuela tuvo un primer momento de asombro ingenuo, luego un mandato a incorporar tecnología como medio para la innovación, con el slogan de que el futuro ya llegó.
Ahora, todos esos clichés están empezando a ser superados por una visión más crítica, donde se van reconociendo todas sus opacidades. Es decir, se está asumiendo que no toda incorporación tecnológica mejora las prácticas de enseñanza. El gran desafío es salir de la mirada individualista en esto de hacer un buen o mal uso de tecnología, sino dar diez pasos atrás y ver la escena completa; es decir, tener una educación digital integral porque, claramente, la prohibición en la escuela de celulares no cambiaría el hecho de que vivimos en una sociedad smartphonizada.