Hace unos días encontré, en una librería de usados, una edición de 1967 de El libro de los seres imaginarios, publicada por la editorial Kier y acompañada por las muy buenas ilustraciones de Baldessari, donde Borges y Margarita Guerrero reunieron unas ciento cincuenta criaturas imposibles.
Pensé que me volvería a encontrar con el Minotauro, las sirenas, los dragones y algún que otro bicho perdido en las mitologías orientales, no imaginaba que terminaría releyendo un libro sobre el presente.
Mientras recorría las páginas pensé que los monstruos, más que desaparecer, esperan pacientes que una época los vuelva a necesitar.
Compré el libro por el placer de releer al maestro y terminé leyéndolo como si hubiera sido escrito para estos tiempos.
La Edad Media imaginó dragones para dibujarlos en los márgenes de los mapas, el romanticismo inventó vampiros porque descubrió que el verdadero monstruo podía ser elegante y el siglo XX nos llenó de extraterrestres, robots y mutantes porque empezó a desconfiar de la ciencia que él mismo había construido.
Entonces me entró la duda sobre que seres estamos imaginando nosotros aquí, transitando más de un cuarto del siglo XXI.
Vivimos tiempos de incertidumbre, quizás más que nunca: Los algoritmos que parecen conocernos mejor que nosotros mismos; la inteligencia artificial que promete escribir, pensar y decidir por todos; los ovnis que anuncian encuentro cercanos con otras civilizaciones más allá del cine de Spielberg; los gurúes que venden soluciones instantáneas para problemas cada vez más complejos; los influencers convertidos en oráculos; y por si fuera poco, esos extraños bichos raros que, hace apenas unas décadas, habrían parecido demasiado extravagantes incluso para integrar el catálogo borgeano y que hoy consiguen llegar al gobierno de países enteros como el nuestro.
Llama la atención que entre todas las criaturas del libro hay una que parece haber envejecido mejor que las demás: el Troll. Borges lo describe como un ser que habita en la oscuridad, agresivo con el viajero y desconfiado de la luz.
Hoy parece que dicho ser, abandonó los bosques escandinavos para instalarse en las redes sociales y conserva exactamente el mismo oficio y características.
Lo extraordinario es que un libro publicado hace casi setenta años parezca describir el presente mejor que muchos ensayos escritos la semana pasada.
Este librazo no estaba clasificando monstruos, estaba clasificando los temores humanos. El Minotauro hablaba del encierro, El Golem, del deseo de fabricar vida, El Ave Fénix, de la esperanza de volver a empezar y El Troll, de la violencia que acecha desde las sombras. Cada criatura era una metáfora de su tiempo.
En la actualidad esos seres imaginarios no tienen garras, tienen relato. Y los relatos, cuando millones deciden creerlos, terminan modificando la realidad.
¿Cuáles serán entonces las criaturas de nuestro tiempo?
Quizá dentro de trescientos años algún arqueólogo encuentre un teléfono celular en una excavación y lo observe con la misma fascinación con que hoy contemplamos un manuscrito medieval. Revisará nuestras redes sociales, nuestros noticieros, nuestras campañas electorales y llegará a una conclusión inevitable: a comienzos del siglo XXI existió una civilización que rendía culto a unos dioses invisibles llamados algoritmos, esperaba ser visitada por extraterrestres, consultaba diariamente a unos sacerdotes conocidos como influencers y elegía para conducir sus destinos a una desconcertante colección de criaturas cuya existencia le parecerá demasiado inverosímil.
Tal vez entonces alguien escriba un nuevo Libro de los seres imaginarios y nosotros ocupemos varios de sus capítulos.
Los hombres de la Edad Media sabían que los dragones pertenecían a los mapas; nosotros todavía no estamos seguros de cuáles de nuestros seres que imaginamos ya empezaron a gobernar la realidad.
* El autor es presidente de FilmAndes.