Hay algo interesante en los foros dedicados a las industrias creativas.
No faltan buenas intenciones dentro de las industrias creativas de la cultura. Lo que empieza a faltar son políticas capaces de convertir los propósitos en realidades concretas, capaces de consolidar ecosistemas, agendas sostenibles y procesos de largo plazo.
Hay algo interesante en los foros dedicados a las industrias creativas.
Cuanto más incierto parece el mundo, más mesas aparecen hablando de innovación, talento, sostenibilidad, gobernanza cultural, territorios inteligentes y ecosistemas colaborativos. Y eso es una buena noticia.
Mendoza fue sede de uno de esos encuentros. Organizado por el Consejo Federal de Inversiones (desde CABA como corresponde) reunió a funcionarios de todo el país, algunos académicos, emprendedores, expertos internacionales y responsables de áreas públicas para debatir sobre el futuro de las industrias creativas.
La escena era impecable. Pantallas gigantes, moderadores, credenciales colgando del cuello y discursos cuidadosamente elegidos: innovación, creatividad, transformación, desarrollo, impacto.
Nada de esto está mal.
Sería injusto despreciar lo sucedido. Hay gente comprometida, proyectos valiosos y esfuerzos genuinos por pensar el presente y el futuro de la cultura.
El problema aparece en otro lugar.
Mientras hablamos de creatividad, la creatividad parece estar ocurriendo muchas veces fuera de esos espacios. Mientras hablamos de políticas públicas para la cultura, cada vez quedan menos recursos para sostenerla.
Se escucharon opiniones interesantes sobre cómo la cultura genera infraestructura, empleo, desarrollo e identidad.
Sin embargo, para buena parte de las administraciones públicas sigue siendo considerada un gasto antes que una inversión.
La contradicción merece la atención lejos del reclamo.
El sociólogo alemán Andreas Reckwitz lo advirtió hace tiempo en "La invención de la creatividad. Sobre el proceso de estetización social". Su tesis es provocadora: la creatividad dejó de ser una práctica excepcional para convertirse en una obligación social.
Hoy todo debe ser creativo.
Las ciudades deben ser creativas.
Las empresas deben ser creativas.
Las universidades deben ser creativas.
Los gobiernos deben ser creativos.
Incluso los organismos que ya no cuentan con recursos suficientes deben presentarse como innovadores.
La creatividad pasó de ser una fuerza disruptiva a convertirse, muchas veces, en un discurso institucionalmente correcto.
Mientras se desarrollaban muy buenas exposiciones y las redes se inundaban de fotografías del encuentro, apareció una metáfora inevitable: la orquesta del Titanic.
No porque el encuentro estuviera destinado al fracaso.
Tampoco porque quienes participaban fueran ingenuos.
Sino porque se percibía una distancia creciente entre los discursos y las condiciones materiales necesarias para que esos discursos se conviertan en realidad.
Se habló de fortalecer las industrias creativas mientras gran parte de las estructuras públicas vinculadas a la cultura atraviesan procesos de desfinanciamiento.
Se habló de innovación mientras numerosos programas desaparecen o sobreviven con recursos mínimos.
Se habló de desarrollo cultural mientras organismos encargados de impulsarlo apenas logran sostener su funcionamiento básico.
Las políticas públicas son imprescindibles como también el incentivo al sector privado para que se involucre.
Mas allá de las declaraciones se necesitan presupuestos, programas y continuidad para acompañar procesos concretos.
Se discutió sobre innovación mientras artistas, realizadores, y emprendedores culturales buscan financiamiento en un territorio cada vez más árido.
Hay una diferencia enorme entre promover la creatividad y financiarla.
Entre lo positivo de organizar un encuentro y construir una política.
Esa diferencia suele quedar fuera de los escenarios.
Suele quedar fuera de plano aquello que no pudo concretarse.
Los proyectos que quedaron sin apoyo, las becas que nunca llegaron, los teatros que sobreviven gracias al voluntarismo, los emprendimientos culturales que desaparecen antes de consolidarse.
Toda economía creativa produce casos de éxito, pero también produce marginados.
Artistas que no encuentran financiamiento, gestores culturales que trabajan en condiciones precarias, creadores que sostienen sus proyectos a duras penas o emprendedores que abandonan antes de llegar a desarrollarse, empresas y empresarios que podrían involucrarse más activamente en la construcción de ecosistemas culturales sostenibles, etc., etc.
“Bajate de la cruz que necesitamos la madera” dirán algunos, pero es que hay habitantes invisibles de la creatividad que rara vez aparecen en los documentos, y son quienes sostienen gran parte de la vida cultural cotidiana.
Mientras tanto, numerosos organismos públicos parecen haber quedado atrapados en una lógica cada vez más orientada a la administración de eventos y los shows de alto impacto comunicacional/electoral.
La cultura rara vez nace de un panel y las grandes transformaciones culturales no son solo producto exclusivo de una mesa de consenso.
Reckwitz recuerda que la creatividad corre el riesgo de transformarse en una ideología vacía: una palabra correcta que nadie se atreve a cuestionar.
No faltan buenas intenciones.
Lo que empieza a faltar son políticas capaces de convertir los propósitos en realidades concretas, capaces de consolidar ecosistemas, agendas sostenibles y procesos de largo plazo.
Mientras la orquesta sigue tocando bajo las luces del auditorio y los posteos institucionales continúan circulando, hay hacedores buscando recursos y proyectos que todavía no encuentran cómo nacer o cómo seguir.
El iceberg ya puede verse en el horizonte. La buena noticia es que todavía hay tiempo para cambiar el rumbo.
* El autor es presidente de FilmAndes.