Hay algo extraño en lo que ocurrió en el último recital de Fito Páez en el Movistar Arena. Pasadas algunas semanas del evento y su impacto en redes y noticias, van estas reflexiones fuera de coyuntura.
El episodio del Movistar Arena resulta revelador porque Fito apareció con una propuesta que exigía atención, curiosidad y para ingresar en un territorio desconocido. No presentó un paquete de grandes éxitos. Presentó una obra. Y una obra siempre implica riesgo. Pero, lamentablemente, una parte de la reacción de la gente fue la indiferencia, la incomodidad y, en algunos momentos, el rechazo.
Hay algo extraño en lo que ocurrió en el último recital de Fito Páez en el Movistar Arena. Pasadas algunas semanas del evento y su impacto en redes y noticias, van estas reflexiones fuera de coyuntura.
Un artista que lleva más de cuarenta años siendo protagonista del rock argentino, decidió presentar una obra nueva. Una ópera largamente concebida, trabajada durante años, imaginada fuera de los formatos habituales del mercado y de las expectativas más cómodas de su público. Y una parte de la reacción de la gente fue la indiferencia, la incomodidad y, en algunos momentos, el rechazo.
La pregunta no es qué le pasó a Fito. La pregunta es qué nos está pasando con él.
Porque si hay algo que nunca fue Fito Páez es ser un artista previsible. Desde los tiempos de Del 63, pasando por Giros, Ciudad de pobres corazones, El amor después del amor o Circo Beat, toda su carrera estuvo construida sobre la decisión de no repetirse. Incluso cuando el éxito comercial le proponía una fórmula más rentable, el pibe de Rosario, eligió moverse. A veces acertó más, otras menos. Pero siempre avanzó.
Muchos espectadores y fans parecen haber invertido el contrato. Compraron una entrada en ese Arena esperando escuchar exactamente aquello que ya conocen, sin buscar una experiencia artística y solo motivados por una confirmación emocional. Como quien vuelve a ver las fotos de juventud en donde se ven divinos o visitar el mismo bar para pedir siempre el mismo trago.
Da toda la impresión que la sorpresa dejó de ser valorada.
Vivimos en una época curiosa: nunca hubo tantas herramientas tecnológicas para descubrir cosas nuevas y, sin embargo, cada vez consumimos más de lo mismo. Los algoritmos estudian nuestros gustos y nos devuelven versiones apenas modificadas de aquello que ya nos gustó ayer.
Las plataformas recomiendan canciones parecidas a las que escuchamos, películas parecidas a las que vimos y opiniones parecidas a las que pensamos. Los sesgos de confirmación de los que hablamos en algunas de estas columnas.
Quizás por eso el episodio del Movistar Arena resulta tan revelador. Porque Fito apareció con una propuesta que exigía atención, curiosidad y para ingresar en un territorio desconocido.
No presentó un paquete de grandes éxitos. Presentó una obra.
Y una obra siempre implica riesgo.
La historia del arte está llena de estos episodios. Las vanguardias fueron insultadas, a Piazzola lo rechazaron, a Charly García lo acusaron de arruinar el rock cada vez que cambiaba y hasta el flaco Spinetta escuchó durante décadas que debía volver a ser el de antes. ¡Tocá la Balsa Litto!, se escuchaba en los recitales de Nebbia.
La frase "volvé a hacer lo que hacías" es una de las formas estúpidas de pedirle a un artista que deje de crear.
Porque la creación es abandonar una zona conocida e implica decepcionar expectativas.
Lo loco es que admiramos a los innovadores del pasado y castigamos a los innovadores del presente, celebramos el coraje una vez que se convirtió en historia.
La ópera rock que Fito decidió presentar es el resultado de años de trabajo, de una obsesión artística, de una necesidad expresiva que probablemente no entraba en los límites de una lista de reproducción ni en los treinta segundos de atención que hoy parecen regir buena parte de la vida contemporánea.
Ahí reside el verdadero conflicto. Mas allá de la relación entre Páez y su público, fue entre la creación y una cultura cada vez más acostumbrada al consumo banal.
Nos volvimos expertos en aplicaciones nuevas, pero enfrentamos con torpeza una idea nueva.
Por eso la reacción frente a Fito dice menos sobre Fito que sobre nosotros. Cuando un artista de su porte decide arriesgarse, incluso a pesar de la incomodidad o del fracaso, está haciendo exactamente aquello que tienen que hacer los artistas: Explorar un territorio desconocido, intentar algo no garantizado.
Porque el arte no está para confirmar lo que sabemos. Está para mostrar lo que todavía no vimos o lo que aún no vemos.
* El autor es presidente de FilmAndes.