Hay coincidencias increíbles: Borges y García, separados por lenguajes completamente distintos, pensaron obsesivamente sobre las máquinas.
Mientras Borges imaginaba máquinas filosóficas, Charly inventaba máquinas poéticas. Dos nombres extraordinarios para describir este presente. Estos mecanismos terminaron funcionando como diagnósticos anticipados de nuestra época.
Hay coincidencias increíbles: Borges y García, separados por lenguajes completamente distintos, pensaron obsesivamente sobre las máquinas.
Uno desde la literatura, el otro desde el rock.
Los dos entendieron algo antes que casi todos nosotros.
En aquellos textos publicados a finales de los años treinta en la revista El Hogar, Borges escribía sobre Raimundo Lulio y su famosa máquina. Un mecanismo medieval compuesto por ruedas móviles, letras y conceptos filosóficos que producía todas las verdades posibles mediante combinaciones infinitas. Una especie de algoritmo construido con madera, teología y delirio: LA MÁQUINA DE PENSAR, que podía mezclar conceptos infinitamente, pero sin experimentar una sola emoción humana.
Parece un texto escrito después de internet, porque vivimos exactamente rodeados de eso: sistemas que combinan lenguaje, imágenes y datos para producir respuestas automáticas.
Luego aparece Charly con LA MÁQUINA DE HACER PÁJAROS banda de rock progresivo y sinfónico en el ´75, cuyo nombre está inspirado en una tira del gran humorista gráfico Crist. Años después, en 2017, el grosso de García compone un temazo, LA MÁQUINA DE SER FELIZ: "Plateada y lunar, remotamente digital, por eso no hace bien, por eso no hace mal, es inocencia artificial...”
Una crítica inteligentísima a una sociedad que busca la felicidad en objetos, tecnología y estímulos externos.
Mientras Borges imaginaba máquinas filosóficas, Charly inventaba máquinas poéticas. Dos nombres extraordinarios para describir este presente.
Estos mecanismos terminaron funcionando como diagnósticos anticipados de nuestra época.
Porque las máquinas de hoy quieren acompañarnos, cuidarnos, escucharnos. Se anuncian robots para asistir ancianos, inteligencias artificiales terapéuticas, asistentes emocionales capaces de detectar tristeza en la voz, máquinas de cuidar, y un largo etcétera.
Probablemente muchas de ellas sean útiles, incluso totalmente necesarias. Pero de tanto mecanismo y maquinaria, ¿nos quedaremos sin vida natural?
Lejos de parecer “luditas”, aquellos obreros ingleses que a comienzos de la Revolución Industrial destruían telares mecánicos porque entendían que esas máquinas venían a reemplazar sus trabajos y modificar sus vidas, hoy sería absurdo destruir computadoras y dispositivos a martillazos.
Aunque, pensándolo bien, por momentos sería bastante divertido fabricar más máquinas y al mismo tiempo romperlas ceremonialmente en una plaza como performance contemporánea contra nuestra propia ansiedad digital. No, claro que no haríamos eso. O quizás sí, al menos simbólicamente.
En definitiva, el problema no son las máquinas. El problema es empezar a creer que toda experiencia humana puede resolverse mediante una máquina.
Hay dolores que no necesitan solución mecánica ni soledades que no deberían llenarse automáticamente.
Tal vez la máquina que realmente necesitamos todavía no fue inventada.
Una máquina de fabricar paciencia. Una máquina que nos recuerde que leer sigue siendo importante. Una máquina que apague las notificaciones durante una cena. Una máquina que diga: “la vida no depende de una máquina”.
Mientras aceleramos tanto, algo empieza a desaparecer de a poco.
Pedimos comida sin hablar con nadie, escuchamos música recomendada por algoritmos, contestamos mensajes mientras caminamos mirando la pantalla donde alguien explica cómo ser feliz en treinta segundos.
Borges imaginó la máquina antes de internet y Charly le puso música antes de las redes sociales.
Los dos entendieron que la tecnología puede multiplicar la información, pero no necesariamente el sentido.
Las máquinas podrán ordenar bibliotecas infinitas, responder preguntas en segundos y hasta imitarnos con precisión. Pero todavía no sabe qué pasa cuando alguien escucha una canción en la mañana y siente, de golpe, una emoción que dura tres minutos.
El verdadero problema no está en construir máquinas cada vez más inteligentes. Tal vez el contradictorio desafío siga siendo fabricar algo mucho más difícil: humanidad y paciencia.
* El autor es presidente de FilmAndes.