Breve crónica desde el centro del huracán
En Civilización “y” Barbarie, concepto que Sarmiento acuño allá por 1845 hay una pequeña e incómoda intuición que hoy vuelve con fuerza: “y”. No hay separación posible, es una convivencia. La barbarie es parte constitutiva del progreso civilizatorio.
Michel Nieva, en Tecnología y Barbarie (Anagrama, 2024), el mismo autor del que hablamos en una nota anterior (ver Ciencia ficción capitalista-Diario Los Andes-30oct2025) empuja esa tensión hacia el presente y plantea que la tecnología es al mismo tiempo una herramienta de civilización y también un dispositivo de violencia.
La barbarie, podríamos decir, aprendió a programar.
Y en ese aprendizaje aparece una pieza central del tablero contemporáneo: Palantir, nombre no casual y que viene de Tolkien, de esas piedras que todo lo ven. Objetos de poder más que de conocimiento.
Palantir, empresa fundada por el ahora conocidísimo y ahora vecino porteño Peter Thiel, toma esa fantasía y la convierte en una infraestructura de sistemas que procesan volúmenes inmensos de datos para anticipar comportamientos, optimizar patrones e intervenir antes de que algo ocurra.
Pero la pregunta es inevitable: ¿al servicio de quién?
Porque la ciencia nunca es neutral (¿o sí?).
Cuando los principales clientes y financiadores de este nuevo “avance civilizatorio” son las estructuras de inteligencia estatal y la industria armamentística, la palabra “optimización” adquiere otro espesor. No están tratando de ordenar información: están haciendo más precisa, más eficaz y más sistemática la capacidad de intervenir sobre la vida y la muerte y de esa manera eficientizar el genocidio.
Siempre la historia encontró formas de perfeccionar sus mecanismos de destrucción, pero ahora la novedad es que lo hace con interfaces limpias, con métricas correctas. En el fondo instrumentos para la violencia que, como todo en esta época, también busca ser escalable.
Borges (un poco de Jorge Luis nunca viene mal en estos tiempos) como si hubiera anticipado esta lógica, escribió La Lotería en Babilonia. Un cuento sobre un sistema que distribuye el juego y el azar sin que nadie entienda sus reglas, pero donde todos participan y están dentro.
La diferencia es que hoy esa lotería parece menos azarosa y sin dudas mejor diseñada, pero sigue siendo opaca.
Aceptamos “términos y condiciones” como quien entra a un juego que no entiende del todo. Cada click es un boleto, cada “me gusta” una señal que alimenta sistemas más grandes que nosotros. Creemos elegir, pero nos movemos dentro de una estructura que ya limitó lo posible.
La personalización es el nuevo nombre del control.
Volvemos a Sarmiento, con su “y” como advertencia: no hay tecnología o barbarie. Hay tecnología y barbarie. Lo civilizatorio y lo bárbaro funcionando juntos, al mismo tiempo, en el mismo dispositivo.
Mientras tanto, estamos en el ojo del huracán. En este mundo que insiste con sus crisis económicas y sus tensiones globales. Donde el apocalipsis climático, nuclear, financiero o como quieran llamarle, dejó de ser una metáfora para estar como amenaza la vuelta de la esquina y donde todo ocurre a la vez.
Todo nos habla al mismo tiempo. Pantallas, alertas, notificaciones, sobreabundancia que produce vacío.
De tanto poner corazones en Instagram, nos estamos quedando sin pulso.
Pero no hay escapatoria romántica, no hay un afuera puro. La tecnología no es el problema en sí misma: es el escenario donde se juega algo más profundo. Qué hacemos con ella y qué lugar ocupamos frente a sistemas que buscan anticiparlo todo y organizar el mundo entre el cálculo y la falta de claridad.
Tal vez no podamos frenar la maquinaria ni descifrar del todo sus lógicas, pero sí podemos elegir no reducirnos a ser solo piezas dentro de ella.
Podemos seguir creando vínculos reales en medio de la simulación, podemos seguir inventando ideas más allá de la repetición, y podemos seguir produciendo sentido en medio del ruido.
Ser creadores en lugar de usuarios y autores en lugar de seguidores. Inventar y pensar como actos de insubordinación.
Y en ese margen, pequeño, casi diminuto pero decisivo, se juega la posibilidad de no desaparecer dentro de este mundo que, mientras más nos mira, menos nos ve.
* El autor es presidente de FilmAndes.