Suelo caminar a diario y a veces me toca hacerlo detrás de un grupo de adolescentes y solo basta oír su conversación unos segundos para comprobar que las estrellas de la misma son las malas palabras, pero la evidencia demuestra que no es privativo de este grupo etario, por el contrario, el insulto y la grosería son la regla y no la excepción en la comunicación cotidiana. Mientras hoy tropezamos con el improperio como muletilla, los antiguos romanos, bajo el código de las Mos Maiorum (las costumbres de los ancestros), entendían que el habla era el espejo del alma y el cimiento de la República.
Entonces me pregunto ¿por qué utilizamos términos soeces para comunicarnos frente a cualquier persona o situación?, ¿son el signo de una sociedad moderna y más auténtica que busca demostrar por medio del lenguaje desenfadado, despojado de todo tabú que vivimos en una época en que las convenciones no sirven y que la incorrección lingüística es sinónimo de libertad? ¿O a la inversa la pauperización léxica es una consecuencia más de la decadencia social reinante?
Estoy convencida de que quien maneja la lengua es poderoso; las palabras no son inocentes, son transmisoras de ideología, de sensaciones, son capaces de construir consensos o de destruir y socavar cualquier atisbo de entendimiento. Son el vehículo que transporta soluciones o acarrea malos entendidos y conflictos muchas veces irreparables. Con palabras se transmite afecto y consuelo, pero también son un vector de la violencia y la intolerancia: una palabra puede herir más profundo que un golpe y a diferencia de este continuar lacerando el espíritu por tiempo indeterminado y lo más terrible es que no deja marca física que permita comprobar el daño. Entonces, ¿si reconocemos que un simple término puede lastimar, por qué utilizamos constantemente malas palabras cuyo significado primero denota menoscabo o desprecio?
La respuesta no es sencilla, las aristas son de diversa índole, sin embargo intentaré explicarlo por dos vertientes; la primera vertiente refleja una sociedad que no tiene vocablos para nombrar su entorno; a decir de Pedro Salinas, pensador y escritor español, vivimos en un mundo de “tullidos lingüísticos”, y a esta enfermedad verbal la reemplazamos por términos soeces, vulgares o groseros; sacrificamos a la precisión léxica en el altar de una modernidad que hace de la ignorancia lingüística un culto; la chabacanería verbal es considerada la primera norma de un mundo que pregona la desfachatez como sinónimo de evolución y libertad.
Las malas palabras se consagran, así, como los términos polisémicos por excelencia, con ellos intentamos reemplazar las casi trescientas mil palabras que componen el español y junto con esta globalización del idioma en un puñado de groserías develamos la más despiadada e incómoda verdad: somos una sociedad que en pos de la innovación demuestra que su pobreza económica se nutre de la pobreza cultural y educativa sin entender que la solución al primero de los conflictos se remedia apostando a subsanar el segundo; el dilema radica en que la sociedad se siente cómoda regodeándose en la ignorancia porque como asegura Guillermo Jaim Etcheverry ¿A quién le importa aprender?
La segunda vertiente de este río lingüístico anómico y desordenado es la violencia, el lenguaje es transmisor de sentidos completos y no es ajeno a las vivencias sociales: una comunidad que ha tomado como modelo la agresión y el maltrato no puede enarbolar el valor de la palabra y el diálogo como estandartes de civilidad y progreso. El habla, reflejo directo de nuestra conducta acude a las llamadas malas palabras para herir y denigrar, recuperando su verdadero sentido semántico. Las groserías no son simplemente una condición de la pobreza lingüística, sino que son armas certeras y eficaces que saben cómo ejecutar su fin: lastimar, degradar, dañar, menoscabar.
Somos constructores de una nueva Torre de Babel. Pese a haber alcanzado la cumbre del conocimiento y la tecnología, hemos demolido la mayor construcción humana: la palabra, la gran transmisora de entendimiento. Al igual que los hombres del mito no podemos llegar a un acuerdo porque no sabemos cómo hablarnos. Asistimos a una moderna “babelización” ya no como fruto de un castigo divino, sino de nuestra estupidez: sacrificamos la riqueza de nuestra lengua a cambio de una modernidad miserable y violenta. Al final, entre insultos que funcionan como muros y la pobreza léxica que nos reduce al balbuceo, corremos el riesgo de quedar mudos en la cima, esclavos de un castigo autoinfligido: seres parlantes que no pueden hablar en medio un mundo de máquinas que lo hacen a la perfección.
* La autora es profesora y escritora.