En una era donde el diseño algorítmico y la economía de la atención dictan nuestras horas de vigilia, la experiencia de sentarse en una sala oscura -ya sea en un cine o en casa- para ver una película de dos horas parece, para muchos, una propuesta obsoleta.
No es un fenómeno nuevo, pero sí masivo porque vemos cómo la pantalla de cine, al igual que la de la televisión, ha sido desplazada por el panel vertical de nuestro teléfono.
La tendencia, conocida como "fast watching", es un consumo fragmentado que se ha convertido en la nueva norma para las generaciones más jóvenes y que está permeando entre los adultos también.
¿Soy un viejo que se queja de las formas de consumo actuales? Sí, aunque intente negarlo a la par de entenderlo. Siento que hay algo que se rompió en silencio.
La prueba es abrir una red social y dejar que el algoritmo haga su trabajo: escenas sueltas, subtítulos grandes, música intensa y una voz en off creada por inteligencia artificial que explica lo que está pasando como si el espectador no tuviera tiempo -o paciencia- para entenderlo por sí solo.
Cada pequeña pieza editada funciona como un anzuelo: un giro de trama, una escena impactante o una revelación están armadas para retener la atención en un entorno donde el scroll es infinito.
Pero el problema no es solo el salpicado de películas en trozos en una red social. En casa, muchos también miran contenido en su televisor, pero con un ojo en la pantalla del celular.
¿Luchar o resignarse?
La tendencia es innegable: en plataformas como TikTok o Instagram es cada vez más común encontrar largometrajes completos troceados en clips de apenas unos minutos.
Esto que podría ser motivo de furia para cualquier estudio de cine, se ha convertido en oportunidad para capitalizar su contenido. Paramount, por ejemplo, subió su película “Mean Girls” -conocida en Latinoamérica como “Chicas Pesadas”- a TikTok en 23 fragmentos para satisfacer a una audiencia masiva que prefiere consumir cine por entregas.
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Este caso no es aislado. Ya hay grandes producciones hechas con protagonistas centrados en la pantalla para que el recorte vertical sea más sencillo o con diálogos repetitivos para que el espectador disperso entienda lo que pasa.
El famoso actor Matt Damon lo explicó bien y no dejó lugar a dudas: "Netflix quiere que la trama de una película se repita tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente está con sus teléfonos móviles mientras la ve".
A este panorama se suma el auge de los canales de resúmenes de películas, que condensan tramas complejas en narraciones de 10 o 15 minutos. Estos creadores saben que lo que hacen es ilegal, pero el beneficio es más grande que el castigo y, sin querer, muestran a los grandes estudios cómo funciona la tendencia.
Pero lo que resulta aún más inquietante en sus creaciones es el uso de Inteligencia Artificial para estas tareas porque recorta fragmentos para pasar de horizontal a vertical, pone filtros al contenido original y suma una voz artificial que permite que la narración sea realizada con el tono exacto del personaje original, pero sin posibilidad de escuchar el diálogo. Así, explica lo obvio, anticipa lo que viene y, en muchos casos, elimina cualquier tipo de ambigüedad para que el espectador ya no interprete y solo reciba la información.
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El resultado es una experiencia profundamente distinta a la planteada en la concepción del film porque no hay construcción de clima, ni desarrollo de personajes, ni tampoco pausas.
El cine en pedazos
Para los puristas, esto no es solo una falta de respeto a los creadores, sino además una traición al espíritu del cine.
El tiempo y el ritmo son herramientas fundamentales para que los personajes evolucionen y los conflictos maduren, pero en esta tendencia se sacrifica la calidad y el ritmo narrativo original en favor de la inmediatez y el consumo del mayor número de contenidos posible en el menor tiempo.
Sin embargo, el problema no es solo estético, sino también neurológico y ético. Los algoritmos de estas plataformas están diseñados para explotar nuestras vulnerabilidades cognitivas, fomentando comportamientos adictivos y reduciendo nuestra capacidad de atención plena.
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Habituarse a estos estímulos placenteros inmediatos y constantes hace que dejemos de entrenar la paciencia y la contemplación, necesarias para disfrutar de una obra densa y compleja.
¿Es este el fin del cine tal como lo conocemos o simplemente una mutación inevitable? Los expertos advierten que, si la industria cinematográfica comienza a adaptarse -como ya lo está haciendo- a la lógica del algoritmo donde se prioriza la brevedad y lo viral, corremos el riesgo de perder la profundidad y la humanidad que solo el ritmo pausado puede ofrecer.
No es la primera vez que pasa porque en su momento la televisión ya había acortado los tiempos narrativos, pero ahora se siente diferente porque no se lo percibe como una evolución del formato sino más bien como una reinterpretación del consumo.
* El autor es periodista y editor