Clavar el visto y quitar el like: la guerra silenciosa en redes sociales

La nueva forma de comunicación ahorra en palabras, pero se excede en interpretación. Ya no importa tanto lo que se publica, sino cómo reaccionamos y eso define nuestros vínculos digitales.

Hubo un tiempo en que las discusiones -incluso las más triviales- necesitaban palabras. Hoy, en cambio, alcanza con un gesto mínimo: un like que no llega, un chat dejado en visto o un emoji mal elegido se convierten en un silencio digital que pesa más que cualquier mensaje.

Las redes sociales construyeron un nuevo lenguaje, pero también una nueva forma de conflicto. Esta manera de comunicación es, muchas veces, más sutil, más ambigua y más incómoda, porque en este ecosistema no todo lo que importa se dice y, de hecho, cada vez se dice menos.

Un “me gusta” puede ser apoyo, validación o simplemente una señal automática de agrado, pero cuando no aparece se toma como un claro mensaje de desinterés, enojo o distancia.

Es en ese momento en que surge la primera capa de esta guerra silenciosa. No es lo que se publica, sino cómo reaccionamos -o dejamos de reaccionar- ante ese contenido lo que empieza a definir vínculos.

Ejemplos sobran y los famosos nos otorgan los mejores. Cuando una celebridad deja de seguir a otra en redes puede dar tema de conversación en programas de chimentos por días. Alcanza con ver el caso Tini-Emilia-María Becerra en la que ninguna dijo nada públicamente, pero las especulaciones sobre el estado de relación entre ellas se multiplicaron gracias a una revisión de actividad en redes sociales, especialmente Instagram.

También las redes ofrecen la herramienta de apoyo silencioso a un pensamiento sin necesidad de escribir ningún mensaje. Otro gran ejemplo es el presidente Javier Milei. Aunque es extremadamente verborrágico en sus posteos en la red social X, muchas veces suma más una capa extra de opinión al repostear y dar “Me Gusta” a publicaciones de terceros.

Dar like, seguir o dejar de seguir, repostear y más es una forma de opinar, criticar o valorar dentro de las redes sociales con solo presionar un botón, pero no son las únicas formas. Los emojis llevan esa lógica un paso más allá porque son expresivos, rápidos, universales y aparentemente inocentes, pero en la práctica funcionan como códigos cargados de interpretación.

Un corazón puede ser afecto o compromiso y una cara llorando de risa puede ser genuina o sarcástica. Sin embargo, la reinterpretación del receptor puede cambiar el sentido y así, por ejemplo, un simple pulgar hacia arriba, que durante años fue sinónimo de aprobación, hoy puede leerse como una respuesta seca, cortante o incluso pasivo-agresiva.

Hablar sin palabras

Lo más interesante de esta dinámica es que no la terminamos de reconocer como conflicto. No hay discusiones abiertas, ni argumentos o ni siquiera palabras, pero hay tensión.

De esta forma, la guerra silenciosa de las redes no deja rastros evidentes, pero sí consecuencias.

Tal vez el verdadero problema no sean los emojis ni los likes, sino lo que elegimos hacer con ellos. Delegamos en símbolos lo que antes exigía intención. Y en ese proceso, la comunicación pierde profundidad.

El precio que pagamos por esta acelerada comunicación digital es la pérdida de matices, ya que lo que antes requería una explicación ahora se reduce a un ícono y el problema es que, al utilizarlo, deja espacio a la interpretación y, al mismo tiempo, al conflicto.

Por esa razón hay acciones que empiezan a percibirse como “violentas” en determinados contextos. El uso de algunos emojis o un visto sin respuesta clausuran una conversación sin abrir espacio al diálogo y aunque son gestos mínimos tienen un impacto real.

Aunque parezca todo negativo, no siempre lo es. En ocasiones, el gesto mínimo sirve para abrir un vínculo. Un like en un posteo público puede llevar a un emoji de fuego en privado y de allí a una conversación que puede convertirse en una relación.

En este escenario, las redes sociales no solo cambiaron la forma en que nos comunicamos, sino que redefinieron las reglas del intercambio. La ambigüedad se volvió norma y trajo consigo la sobreinterpretación.

El resultado es una paradoja. Nunca fue tan fácil expresarse y, a la vez, malinterpretar.

Por eso la novedad no radica en las acciones, sino en los espacios donde las ejercemos.

El concepto de no decir nada y aun así definir nuestra postura ya fue resaltado por el psicólogo y filósofo Paul Watzlawick cuando sentenció: “No podemos no comunicar, incluso cuando creemos que no estamos diciendo nada”.

* El autor es periodista. [email protected]

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