“-Che, la IA ya me hace demandas, telegramas, en cualquier momento me cobra a mí los honorarios, jaja.
Todavía estamos a tiempo de ordenar este proceso. De evitar que la inteligencia artificial se convierta en una herramienta de exclusión masiva y, en cambio, transformarla en un instrumento de desarrollo equilibrado.
“-Che, la IA ya me hace demandas, telegramas, en cualquier momento me cobra a mí los honorarios, jaja.
-Tenés suerte amiga, hoy el sistema contestó mails solo… la próxima le paso el mate y que siga él. El que la hizo bien fue tu hermano el herrero, anda que el chat va a soldar.
-Los arquitectos ya estamos curtidos… primero el cliente dibuja el plano, después los muchachos cambian en la obra y ahora la IA te hace el render mejor que vos, nosotros básicamente firmamos y ponemos buena cara, diooo miooo.”
¿Cuál es el límite social de la transformación que produce la IA? Porque la discusión urgente ya no es si la inteligencia artificial va a desarrollarse, eso es un hecho, sino hasta dónde estamos dispuestos a permitir su expansión sin condiciones y, sobre todo, qué reglas concretas, técnicamente posibles, somos capaces de diseñar para orientar ese proceso. Tal vez haya llegado el momento de pensar un límite que no frene el progreso, pero que sí cuide al ser humano.
Posiblemente todavía no se siente del todo ese cambio, pero cuando llegue, va a venir fuerte. Y me pregunto si es de esos avances que conviene que ya tengan un límite desde el principio, para que no se desborden, tanto en la profundidad de su uso y análisis, como en la extensión de los campos que abarca, en los procesos que simplifica y en la cantidad de procesos en los que se aplica.
En lo que hace puntualmente al empleo, durante décadas, el progreso tecnológico convivió con su creación. Las máquinas reemplazaban funciones, pero también generaban nuevas tareas, nuevos oficios y nuevas industrias. Ese equilibrio hoy empieza a resquebrajarse. La inteligencia artificial no solo automatiza tareas manuales, sino también cognitivas, administrativas y profesionales. Y lo hace a una escala que el mercado laboral no parece capaz de absorber en el corto plazo.
Y pienso que, frente a este escenario, resulta imprescindible introducir una idea que incomoda, pero que es necesaria: el concepto de un “límite de subsistencia humana” en los procesos de transformación digital. No se trata de frenar la innovación ni de negar el avance tecnológico. Se trata de reconocer que ningún modelo económico es sostenible si prescinde masivamente de las personas.
Este límite no debe entenderse como una barrera rígida, sino como un principio rector. Un marco ético y estratégico que obligue a las empresas a preguntarse, antes de implementar soluciones basadas en inteligencia artificial: ¿cuál es el impacto real sobre el empleo? ¿qué volumen de trabajadores queda desplazado? ¿qué mecanismos de reconversión o compensación se generan? ¿cuál es el piso mínimo de actividad económica humana que estamos preservando?
Porque el problema además de social es también económico. Una sociedad sin empleo suficiente es una sociedad sin consumo, sin estabilidad y sin previsibilidad. Es, en definitiva, un mal negocio incluso para quienes hoy ven en la automatización una ventaja competitiva. El mercado necesita personas con ingresos, no solo sistemas eficientes.
Incorporar un límite de subsistencia implica, por ejemplo, diseñar implementaciones progresivas, establecer métricas de impacto social, invertir en capacitación y reconversión laboral, e incluso repensar esquemas de distribución de los beneficios generados por la automatización. No es una carga, es una condición de sostenibilidad.
Todavía estamos a tiempo de ordenar este proceso. De evitar que la inteligencia artificial se convierta en una herramienta de exclusión masiva y, en cambio, transformarla en un instrumento de desarrollo equilibrado.
Durante mucho tiempo, también fue más barato producir sin cuidar el planeta. Y sigue siendo más barato, en muchos casos, testear en animales. Pero la sociedad empezó a decir que eso no era aceptable. Entonces aparecieron límites, regulaciones y también certificaciones que permitieron que el consumidor supiera qué empresas hacían las cosas de otra manera. Y las empresas, frente a eso, se adaptaron.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial va a cambiar el mundo del trabajo. Eso es un hecho. La verdadera pregunta es si vamos a permitir que lo haga sin límites, o si vamos a tener la inteligencia colectiva suficiente para fijarlos.
Es muy probable que en un futuro no tan lejano aparezca un “certificado de viabilidad humana” que muestren qué empresas usan inteligencia artificial sin arrasar con el empleo. Como ya pasó con el ambiente, o el testeo en animales, el consumidor también va a empezar a mirar eso.
El límite no lo va a poner la tecnología: lo vamos a poner nosotros, o no lo va a poner nadie. Y eso, lejos de ser un problema, es una oportunidad de diseñar un futuro donde el progreso no deje a nadie atrás.
* El autor es abogado.