Argentina atraviesa un tiempo de definiciones profundas en el que lo que parece estar en juego no es solo la estructura presupuestaria, sino el contrato social que nos define como nación. En vísperas de las elecciones en la Universidad Nacional de Cuyo, este debate adquiere una relevancia institucional urgente: debemos decidir si la educación superior seguirá siendo el corazón de nuestra movilidad social o si permitiremos que se desdibuje bajo la presión de la fragmentación y el desfinanciamiento.
Quienes nos formamos y trabajamos en la universidad pública entendemos que esta no es un servicio ni un privilegio de quienes hoy habitamos sus aulas. Es un bien social y un patrimonio que los argentinos hemos construido colectivamente. Es, en esencia, un rasgo distintivo de nuestra cultura que ha funcionado históricamente como un "ascensor social", reduciendo brechas y otorgando igualdad de posibilidades allí donde el mercado solo ve individuos.
Sin embargo, este motor de progreso enfrenta hoy desafíos inéditos. Vivimos en una sociedad profundamente fragmentada, donde la precariedad económica y social amenaza con transformar el acceso irrestricto en una "puerta giratoria". Desde las ciencias de la educación y la sociología política, sabemos que no basta con la gratuidad nominal; el verdadero desafío de la política pública actual es garantizar la permanencia y el egreso. Para que la universidad sea el espacio donde las desigualdades externas se disuelvan, nuestra propuesta desde Encuentro Plural enfatiza la necesidad de políticas activas de bienestar y acompañamiento pedagógico que reconozcan las diversas trayectorias de nuestros estudiantes.
A esto se suma el impacto de la revolución tecnológica. Habitamos un cambio de época marcado por la inmediatez informativa, donde el dato parece reemplazar al conocimiento. Las nuevas tecnologías ofrecen una disponibilidad constante, pero no sustituyen el proceso de formación académica crítica. El reto de la próxima gestión será integrar estas herramientas sin claudicar ante la lógica de lo instantáneo, que a menudo atenta contra la profundidad del pensamiento científico y humanista necesario para comprender la complejidad de nuestro entorno.
Lamentablemente, asistimos a un escenario nacional donde proliferan discursos que cuestionan la eficiencia del sistema público. Bajo el velo de una supuesta modernización, se esconden decisiones que atentan contra la noción misma de educación gratuita y de calidad. Estigmatizar la universidad o recortar su presupuesto es, lisa y llanamente, golpear el futuro de los argentinos. La defensa de la educación pública no puede quedar puertas adentro de los campus; debe ser un reclamo de la comunidad en su conjunto. Se construyó por y para los argentinos, y es el activo que permite soñar con un país donde el origen no determine el destino.
Este 9 de junio, la UNCUYO pone en juego su modelo de futuro. Te invito a elegir, que es también defender de forma efectiva, mediante tu voto, la Universidad Nacional, Pública y Gratuita.
* La autora es candidata a rectora de la UNCUYO por Encuentro Plural.