Lo intenta el álbum de figuritas con sus luces, con sus manías del pasado, con sus magias de abrir sobres de colores, pero fracasa, no instala la idea definitiva. Son esencias del pasado que quieren hacernos pasar gato por liebre, como la ristra de chorizos que persigue el perro en la tira animada, pero que enseguida se esfuma. Me pregunto por qué. Hace unos días, de viaje en Buenos Aires, veía en casi todos los kioscos de revistas figuras coleccionables de los jugadores de la selección argentina. Los miraba por el rabillo del ojo, haciéndome el distraído, un histeriqueo entre los jugadores y yo. Pasé de largo mil veces, hasta que, por azar, nostalgia, pena de mí, o alegoría de otros tiempos, me detuve frente a ellos y compré un Scaloni. Un simple Lionel Scaloni de resina puesto en una caja sellada de casi diez centímetros, levantando el brazo y un dedito, vestido de azul con un humilde reloj, con su cara neutral, sobre una base óvala, negra, sumisa, de plástico, y varios logos con las tres estrellas que supimos conseguir. Al lado de Scaloni esperaban los otros, que debían brillar mucho más que él, pero no, no enceguecían, ni siquiera el mejor de todos, que no compré. Fue quizá una manera de manifestarme, porque lo tuve en mis manos, lo di vuelta, me lo acerqué a los ojos, lo inspeccioné con la albiceleste, la barba, su cinta de capitán, sus botines dorados, pero volví a dejarlo, para meter las manos en los bolsillos del saco y seguir camino, en esta época fría.
Los kioscos de revista se aparecían a montones, hubiera sido una fiesta, las figuras de los campeones formaban pequeños muros de jugadores en miniaturas, jugadores de la “Scaloneta” otrora inolvidables, eternos, jugadores que alentamos a rabiar tan sólo el mundial pasado, pero que sin embargo ahora, bellos y en blíster, incluso a precio razonable, no demandaban, no intersectaban conmigo, no enloquecían mi manía infantil de coleccionarlos. Quizá la fiebre mundialista, como se dice, hoy pase por el costado, por la orilla de los kioscos, al margen de los carteles inmensos de hamburguesas con los jugadores, como si ya no hicieran gracia. Lo escribo y me siento un hipócrita, lo siento y no me reconozco, pero es como la película que tiene todos los clichés de los ochenta y ya no funciona. Es la galería que quedó a oscuras y ahora venden dólares en el mercado negro. Es la librería con saldos que sólo tiene revistas con cajas de colores. Es lo que fue, y que sigue siendo, pero ya no como antes.
Se me vienen imágenes, diría televisivas, de cuando ganamos la copa en Qatar, las calles, los centros, las celebraciones. Yo mismo escribí artículos alentados por una hélice precisa, insustituible de tanta fantasía, creencia, esperanza, de que ganar era ganar en miles de cosas, todo ese delicado sueño tan propio del fútbol, que crea las patrias, las naciones, que comparte símbolos culturales y los exorciza, cuando no los implementa. Me ocurre que las propagandas de cerveza que hoy veo en Instagram son tan opacas, tan extranjeras, que no me interpelan, que ni siquiera llego al final porque son muy largas. Debo ser yo, deben ser mis casi cuarenta y cinco, mi inocencia perdida, mi postura rota, mi caminata.
El mundial es un evento como la navidad para nosotros, los futboleros. Y esta es una navidad con un pino desvaído, con regalos que ya sabemos cómo terminan, un desodorante, unas medias, un pantalón de piyama. Ni la pelota, la Trionda, ni las mascotas, que son tres, ni los países organizadores, ni la canción oficial, con Emilia Mernes, con Carlos Vives, ni el partido inaugural, que a semanas del inicio no sabemos ni quién juega, nada, absolutamente nada logra el microclima necesario. Imagino desde ya, los entretiempos con shows de música, tan alejados del fútbol que nos parió, con Daddy Yanquee, con Shakira, con algún sudamericano, con Abel Pintos, quién sabe, que manto sin gloria piensa nuestra región con algarabías de colores, siempre pensados por otros, siempre somos el objeto, incluso en lo que más nos gusta, a lo que mejor jugamos, incluso ahí, nos cambian las reglas, nos ponen el VAR proveniente de otros deportes, revisan la jugada, la adelantan, la pausan, como si la vida no fuera un continuo donde no se puede revisar nada, y el fútbol se parecía a eso. El mundial así se transforma en el castillo de Disney, en Hollywood, en Rocky hecho con IA, y nuestros jugadores, lo único que nos queda, asienten, forman el rebaño, se ordenan, se alistan cual ejército, que a la postre se nos vendrá encima.
En mi caso personal, tengo claro la imagen que me destruyó. O que destruyó en mí la ingenuidad. O que destruyó en mí la fantasía de ver el juego. Los enemigos de la humanidad tienen nombre y apellido, no se puede reír a su lado. Ese acto personal, comercial, cínico, o lo que haya sido, de quien va para allá como un bobo, rozó la primera pieza del dominó, equilibrado perfectamente en caracol. Lo siento.
Todo lo anterior no lo quise ver, pero no me juzgo por eso. Hay muchas cosas de la vida en que nos esforzamos para que crucen, para que simplemente pasen. Las acomodamos a los designios, las amamantamos, las vemos destruirse o sabemos que se destruirán a la vuelta de la esquina, escuchamos el estampido en la espalda, y sin embargo suspiramos y seguimos. La cita mundialista tiene los soldados heridos, y no son los jugadores, somos nosotros. No son sus nombres, ya guardados en la gloria. Son los nuestros, cargando con los miserables.
No hay marketing para mi espejo interior, no hay acomodamiento de la marca, no hay hamburguesa que suene a “todos los argentinos”, a “vamos Argentina”, no hay publicidad, no hay Panini, ni periodistas haciendo jueguitos en ESPN, ni resúmenes de partidos, ni siquiera figuras coleccionables, que disipen la niebla, el dolor, la caída en casi todos los ánimos y previsiones de futuro en el que vivimos. Cómo alentar a la selección argentina, entonces. Cómo hacerlo. Sobre la base de qué. Cuando queremos que gane un equipo de fútbol, estamos deseando que gane algo más que permanece oculto, algo deforme, dentro del imaginario social. Cuando deseamos ganar el mundial, el tiempo que detenemos para que ese deseo dure, también cristaliza una figura que entraña una historia, una nación, un premio para todos, pero hoy, en medio de una cultura contemporánea que afila su individualidad, que rechaza el sentido de los libros, que deja afuera a millones de argentinos, que solo levanta lenguaje vulgar, consumista, no puede menos que herir aquellas imágenes de totalidad, e imploramos a los jugadores (que son tan sólo jugadores, qué ironía) que no lo pueden doblegar.
Hay que admitirlo, se han erigido en eso que son, y quién soy yo para exigirles que sean algo que nunca fueron, y qué culpa tienen de que justo es ahora cuando más necesitamos que se conviertan en algo místico, en algo en lo que se pueda creer, y se nos aparecen estériles, pueden ganar, claro, pero no pueden darnos la figura, no pueden ser nuestro amuleto, ni el póster, no pueden ser algo como identidad, como héroes de estante, sólo pueden, apenas, ganar otra vez. Seré yo, será mi súplica en vano para que guarden un pedacito de la fe que nos va quedando, pero parecen emisarios, ajenos, como en el poema de Mario Benedetti, “Oh marine, oh boy, una de tus dificultades consiste en que no sabes distinguir el ser del estar, para ti todo es to be”, y las cosas se enrarecen con el tiempo, se desentienden.
Los días de invierno en mayo, en año de mundial, fueron una gala, las banderitas del supermercado, del taxi, de los puentes, iluminaban un sentido tierno, estúpido y patriótico a la vez, necesario. Hace frío ahora y las preocupaciones son de verdad, las condiciones materiales sostienen el edificio de la desazón en que se ha convertido todo. La escalada de violencia, la gente sin techo, el desempleo, los salarios por el piso, los cachivaches de la política. Ahora me doy cuenta de que algo tiene que pasar por otro lado para poder alentar a la selección. Me escribo, me leo, y me desconozco, pero soy honesto con la literatura, con la escritura como el último ring.
Estaba en Buenos Aires, como les contaba, y otra vez me detuve frente al revistero, frente a las figuras coleccionables de todos los jugadores, fiché a los dos o tres más representativos, y cuando saqué la mano del saco para tomarlos, la desvié a último momento, en un acto ínfimo, minúsculo, pero rebelde, la mano del Che en Sierra Maestra, la de Maradona contra Inglaterra, la de un jacobino del XIX, la de un bolchevique a principios del XX, la de Emiliano Zapata en el Plan de Ayala, pero era la mía en un kiosco de revistas de Capital, que finalmente eligió un Scaloni. Ahora luce en mi repisa al lado de otros tótems, y aunque sé que él no es uno de ellos, a minutos de que empiece el mundial 2026, su presencia representa algo grave, algo esquivo, algo agrio. Quien piense que tan solo compré un Scaloni de plástico, y que eso es todo, no entiende de Filosofía, ni de Sociología, ni de Fútbol, por qué no decirlo.
Ojalá los vagones tristes del andén nos seduzcan pronto, me reconozca equivocado, porque el tiempo se acaba, hace frío en la estación, y el mundial no calienta.
* El autor es escritor y sociólogo.