“Tengo un helado aplastado en la frente/En la mente tengo detergente/Soy medio zonzo y tres cuartos boludo/Soy necio, soy un pelotudo”. Leo Maslíah, 1998.
Hoy las máscaras (cargadas de simbolismos, expuestas en paredes de museos) toman una dirección distinta, en la plaza Independencia, o en Palermo, un sentido diferente, o directamente nulo, vacío. Hay una libertad del sinsentido, no hay nada detrás del cartón pintado. Hay una ventana que no refleja. Es solo el marco.
“Tengo un helado aplastado en la frente/En la mente tengo detergente/Soy medio zonzo y tres cuartos boludo/Soy necio, soy un pelotudo”. Leo Maslíah, 1998.
Aparecen extendidos en el mapa digital, animales al interior de chicos jóvenes, y al exterior por redes sociales y algoritmos. Si alguien no los hubiera visto nunca, con observar la tapa del Magical Mistery Tour (1967) de Beatles, bastaría. Jóvenes con máscaras de animales, formando subgrupos culturales. Lo de siempre. La Sociología desde Durkheim, Marx, y Weber, nos viene enseñando que lo que aparece como un proceso individual, recoge en realidad un componente histórico y contextual insoslayable, que en principio permanece velado. Lo que llamamos sentido común atraviesa las capas más disímiles en un viaje tipo alfombra mágica, y llega a su entendimiento con las fuerzas sociales como base. No pueden pensarse únicamente hechos aislados como patologías.
Hay algo que suena a ficticio, que está incrustado en la urbanidad posmoderna y escandaliza.
Para numerosas culturas la máscara fue un objeto de representación, de movimiento, incorporadas a danzas milenarias que conectaban con almas extranjeras. Lo multifacético fue parte de diversos períodos históricos encarnados en una máscara de zorro, de lobo, de tigre, en plano ritual, en curso teatral, representaciones del dolor, del espanto, de la posibilidad ser otro en uno mismo y al mismo tiempo; el ente posibilitador de ser algo por fuera que no se es por dentro. La máscara, que libera al instante, ahora está en conexión con chicos y chicas que conforman un sentir explorando identidades. Me interesa la máscara o el antifaz porque están llenos de sentido, y el mundo de hoy lo rechaza.
La máscara siempre funciona como identidad que se abre. En el arte es un juego por excelencia. Gustavo Cerati en “Camuflaje” del álbum "Siempre es hoy" (2002), canta “todo lo profundo ama el disfraz”. Hay una pista que atraviesa la historia mundial en lo que aparece y desaparece detrás de diversos objetos culturales.
¿Cómo crean el mundo los chicos que, en "perfomance", se “sienten” perritos?
A partir de una instantánea visibilización digital, a tiempo real y en plena "performance" (ese término que acuñamos tanto en Mendoza, cuando en las presentaciones literarias cada uno exponía sus argumentos, con su cuerpo y su espacio, ofreciendo una rodaja de asombro a las cinco personas que nos hacían de público), emulando comportamientos animales como saltar, aullar, ladrar, y a veces hasta mordiendo, cumplen su faena.
Las prácticas culturales que hoy vemos continuamente en "reels", tienen que ver mucho con ocupar el espacio hasta vaciarlo. Esto es, ingresar a la casa y deshabitarla al mismo tiempo, dejando el barrio mudo, en blanco. Hoy las máscaras (cargadas de simbolismos, expuestas en paredes de museos) toman una dirección distinta, en la plaza Independencia, o en Palermo, un sentido diferente, o directamente nulo, vacío.
Hay una libertad del sinsentido, no hay nada detrás del cartón pintado. Hay una ventana que no refleja. Es solo el marco. Un barquito recién sacado del blíster flotando en el balde. Claro que está lo político como telón, el denso esquema económico que lo hace respirar y le da vientre, y lo alimenta, que construye una hegemonía nueva, pandita, idiota, de nene de alfombra.
Se afloja así el axioma de la diversidad, se despinta el cartel que forjaron conquistas centenarias, aparecen tergiversadas por estas prácticas que desprestigian la diferencia, colonizando un territorio cultural con bandera blanca, que casi nada dice, que casi nada espera, pero nos quiere enseñar a contar.
El abordaje espontáneo que instala el tema en la opinión pública desacredita las luchas por las disidencias, por las identidades de género, en la construcción de su aceptación y sentido igualitario. Esta “Internacional Dog” caricaturizada, vacía la canasta, la vuelve absurda.
El páramo pedagógico que forma el arco comunicacional arrasa con nuestra mente. Deslegitimar la diferencia funciona como mecanismo expansivo para todo lo demás, cual hongo de Hiroshima, y pone en ridículo cualquier proceso de búsqueda y transformación.
La cumbre de época pasa por el reconocimiento, ser aclamado, ser “alguien” que otros deseen ser. La propia identidad puesta en la mirada del otro, y sin el "like", sin surfear la ola, hoy no se es. Es fundamental el momento sociohistórico en que los adolescentes construyen esta subjetividad. La cultura digital enlaza perfecto con la búsqueda de experiencias de confort y frivolidad. La máscara designifica lo que antes había significado, la imagen de los chicos absorbe la atención, los medios se ocupan, y la gente habla, fin.
Los adultos les ofrecemos un campo minado a trescientos sesenta grados. Donde pisan, explota una estupidez, una nueva tontería. Damos educación transitoria, leve, al servicio de los mercados y de las megaempresas mundiales, los educan los celulares, damos escuelas y terciarios donde los jóvenes son apenas consumidores de un servicio, como menciona Byung Chul Han sobre el colapso de la cultura, los profesores nos volvimos vendedores y los alumnos clientes que nos evalúan, donde la educación no brinda comunidad ni tiene interés en hacerlo, no ofrece lazos, no construye sentidos críticos, si no eficiencia, rendimiento, y éxito personal. ¿Qué quieren esperar? Me dijeron una vez que la frase “cosecharás tu siembra” está en la misma Biblia.
Me pregunto por otras subculturas jóvenes en oposición, en rechazo a lo convencional, que ahora mismo no están siendo alumbradas porque el foco está puesto en chicos que presionan "shift" (cambio) y enseguida la mentalidad animal predomina por sobre la humana, pero que no alcanzan a ser contraculturales porque no quieren transformar la realidad, si no apenas ser virales, verse más sexis, tener más fama virtual. Estas nuevas figuras dialogan con representantes de la política actual, con los puntos de referencia de consumo masivo, y con un ideario cada vez más empobrecido, hecho de deseos cada vez más reales, más comprables, más adquiribles, y menos utópicos, delirantes, o expansivos. ¿Qué quieren esperar?
La reacción de los demás, por otra parte, es por extremo violenta. Hay algo de odiar y masacrar que evidentemente flota en el aire, frente a cualquier cosa y por cualquier evento o motivo, pero no podés matar, flaco, no podés lastimar, aunque no te guste o no lo entiendas o te parezca simplemente estúpido. Y si no te tira a matar, la vara adulta enseguida moraliza y exige un retorno.
Al interior de estos subgrupos hay otras características, con otros nombres. Casi todos son jóvenes y parecen bien domesticados, es cierto, a un punto ridículo, pero al menos desnudan al “otro” que los mira, al medio que lo difunde con aire de superioridad. Siempre que surge algo que parece llano y superficial, como en otro tiempo fuera Ricardo Fort, surge una horda de artilleros. La posibilidad de tener un blanco para arrojar la bronca, el dolor, la ignorancia, les resulta fascinante. Un accidente social puesto como objeto en la centralidad, que permita al otro no sentirse tan idiota como al que está calificando, es la regla que cumplen estos fenómenos. El aparato exponiendo el dispositivo, desnudándolo en medio de sus narices para que las mayorías puedan dar su veredicto.
Hay algo más abarcador que interpretar la pieza, y es que el fenómeno habla más del entorno dañino que del cuerpo de Ricky Fort, que del propio cuerpo de los Therians, se da una cristalización del demandante, una suerte de boomerang, como una foto del del asesino mientras asesina.
Me recuerda antaño porque el mecanismo de la trampa es parecido, poner el queso en el centro de la estructura social para vapulearlo. Por eso estas prácticas (más allá de lo que verdaderamente pudieran ser) reflejan quiénes somos los demás, espejando lo que damos, revelando la respuesta de cómo formamos los adultos, cómo es la escuela que ofrecemos, cómo somos, qué sabemos, qué leemos los docentes, qué ocurre con las familias, pero no sólo las de los involucrados directos, si no la del tejido sociocultural completo, la de las instituciones totales.
Uno de los recorridos más extraños que hicieron los Beatles hace décadas fue un collage de imágenes surrealistas, disfraces y máscaras de animales, tocando con gente enloquecida a su alrededor, sin guion, sin forma, solo la experimentación y el ácido lisérgico de los sesenta que se los permitía. Desde ahí que (primero ellos y después todos los demás) nos vienen enseñando y repitiendo el All you need is love, que de eso de trata, que no seamos necios.
Hoy más que nunca tenemos que construir una revolución abierta, una flecha contraria, una excusa para volver a sentirlo, y escribirlo resulta fundamental para cambiar el desgaste y el agotamiento, por un signo brillante.
* El autor es sociólogo y escritor.