¿Qué es lo que hace atractiva y verosímil una narración histórica? ¿Cuándo un relato se vuelve magnético y sugestivo? Acaso, cuando es capaz de restituir lo que aún perdura de un mundo que no sobrevive. Arnaldo Momigliano -una referencia ilustre en el oficio- decía que el buen historiador es aquel que es capaz de interpretar el documento como si no fuese un documento, sino un episodio de la vida real pasada. Algo de esto -mucho en realidad- es lo que hacen las 17 historiadoras y antropólogas que escriben este libro.
¿Cómo impactó la revolución y la guerra de independencia primero y las guerras civiles después en la vida cotidiana de las familias? ¿Cómo se vivía en aquel clima permanente de imprevistos, rumores, denuncias, debates que dividían aguas entre parientes y vecinos, politizaban el día a día y anulaban toda distancia entre lo personal y lo político? ¿Qué expectativas alentaban los sectores del “bajo pueblo” ante las proclamas revolucionarias? ¿Cuáles eran los temores y resistencias desde los grupos contrarrevolucionarios? ¿De qué manera el torbellino de la guerra afectó la vida de las familias campesinas? ¿Y la de las comunidades indígenas de los bordes del imperio colonial? ¿Cómo resonaba la revolución porteña en los diversos confines del Virreinato? Estas preguntas no son nuevas. Pero, si lo es la forma que eligen las autoras para ensayar las respuestas, los archivos que exhuman y la lupa con que los miran y los interpretan.
Si la historiografía más actualizada nos puso al día de la dramática conmoción que supuso la revolución y las guerras en toda la trama social, económica, política del entero Virreinato, más reciente ha sido la intención de observar e indagar el estremecimiento que experimentaron las vidas individuales, pequeñas, anónimas. Y la manera en que esas vidas ordinarias tomaron iniciativas extraordinarias. Siguiendo este derrotero, las autoras del libro profundizan el matiz y se asocian en la tarea de recobrar y escrutar la presencia y la acción femenina en aquella coyuntura. Y nos sorprenden iluminando un mosaico de historias femeninas, que, inmersas en el terremoto revolucionario, ocuparon roles decisivos y rompieron los moldes asignados por la sociedad patriarcal. Ya no se trata de aquellas que forman parte del panteón patriótico, asociadas o subordinadas a los grandes héroes. Ahora se trata de féminas casi desconocidas, largamente ignoradas que permanecían atrapadas en documentos y archivos. Y que cobran existencia real, con nombre y apellido, porque historiadoras y antropólogas recorren los documentos escudriñando entre sus pliegues, a contrapelo del relato oficial, y encuentran otras voces y otras presencias. Son numerosas y plurales, blancas, morenas, indias, pardas; porteñas y provincianas; campesinas pobres junto a esposas y hermanas de políticos célebres; cacicas pehuenches y princesas borbónicas; alfabetizadas que escribían cartas, leían los diarios y asistían a tertulias y mujeres analfabetas del bajo pueblo expuestas a la voracidad de una guerra que las colocaba como jefas de hogar y único sostén de la sobrevivencia.
Ahí están Ignacia Guentenao y María Josefa Rocco, cacicas pehuenches de la frontera sur del imperio colonial, que capitalizan su experiencia de cautivas y van a liderar los parlamentos indios y blancos entre 1780 y 1814. Tan pragmáticas como orgullosas de su estirpe, negocian con la burocracia virreinal y son artífices decisivas de la paz durante más de tres décadas. Vemos como su estela se proyecta en los acuerdos que teje San Martín en 1817. A su modo, custodian la perpetuación de sus pueblos y sus formas de vida al tiempo que se convierten en agentes de cambio entre los suyos, en una escena que interroga acerca de la manera en que roles domésticos y públicos se entrecruzan en las sociedades aborígenes.
Está Melchora Paz, la campesina de la posta de Manogasta que denuncia al alcalde por maltrato y por desconocer la compensación de su contribución en caballos a la causa revolucionaria. Toda una evidencia de la importancia del sostén que campesinas santiagueñas, tucumanas, catamarqueñas tuvieron en una guerra en la que los recursos del territorio se volvían decisivos. Un territorio con una economía feminizada de larga data por la constante migración masculina y profundizada por la leva forzosa, en el que los pilares del orden patriarcal no parecen haber regido la vida cotidiana de aquellas mujeres.
Está Viviana Casero, liberta por el testamento del amo, que encara una acción judicial cuando es denunciada por la sustracción de una bebé -su hija de 18 meses- a quien la viuda reclama como de su propiedad.
Podemos seguir el largo y penoso recorrido de Milagros del Valle que no ceja en la demanda por el reconocimiento de sus servicios a la causa revolucionaria. Negras sagaces y cautas que no se resignan a los lugares asignados en la sociedad estamental, ni a la pervivencia del estigma de origen, y ensayan múltiples estrategias para hacer efectivos los derechos que el liberalismo revolucionario declama.
Vemos a la chilena Javiera Carrera, a la bella Ana Cotapos, a la sensible Guadalupe Cuenca, a Magdalena Güemes, mujeres de las élites blancas, hermanas o esposas de líderes políticos en peligro, que tejen redes de espionaje, ofician de correos secretos, se exponen a la disputa facciosa que atraviesa familias, parten al exilio y se hacen cargo de preservar prole, familia y patrimonio de los caídos en desgracia.
El recorrido por estos y otros episodios del libro, además del placer que suscita su lectura, nos hace pensar acerca de la firmeza que pueden haber conservado los mandatos tradicionales en un contexto en el que no sólo la autoridad colonial se desmoronaba, sino en el que también parecen desvanecerse el exigido recato y la sumisión a las reglas, es decir, la supuesta solidez del régimen patriarcal. Asimismo, no podemos menos que concluir advirtiendo la forma en que la profundidad histórica de estos sucesos, que acumulan más de dos siglos, enriquece nuestra mirada del mundo que vivimos, haciéndolo diferente, más complejo, más rico.
* La autora es historiadora. UNCuyo.