Era imposible que sucediera

Una noche de tormenta, un rayo que cae sobre un árbol, y una consecución de hechos que, de verdad, difícilmente podrían haber hecho que toda esta historia pasara.

Tenían que suceder muchas cosas para que esto pasara, pero pasó. Imagino el momento: debió ser en una noche de tormenta, una de esas que se desatan con inusitada furia en aquel paraje de San Luis a la vez tan perfectamente cándido. Una tormenta sonora y luminosa tuvo que ser, y en la cima de uno de los tantos cerros que custodian al río debió estar ese árbol. Receptor de la estridencia del cielo, el árbol debió caer esa noche en pedazos, ardiendo casi por completo, excepto por aquel recio tronco que en la ladera quedó luego, secándose.

Tenían luego que suceder más cosas y sucedieron. Otra noche tormentosa, mucho después, debió provocar con su lluvia una crecida. Y en esa corriente debió crecer el río hasta arrastrar el tronco desgajado, para llevarlo, justamente, hasta las piedras donde dos hermanas —que dejaban caer su niñez como un tul sobre el suelo de los días veloces— lo hallaron al día siguiente, atascado.

Tenía que suceder justo eso, todo eso, cuando bajamos con mi primo a bañarnos en esas aguas. Habíamos llegado a Río Grande para hacerle compañía mutua a nuestra propia niñez en retirada, en un verano que podía amenazar con aburrirnos. Era esa edad tan especial, cuando, pasado el primer año de nuestra escuela secundaria, parecía necesario que asumiéramos el deber de encontrar cada uno a una chica y con ella, el amor.

Tenía que suceder lo que sucedió: que fuéramos dos primos y ellas dos hermanas, y nosotros jugásemos el papel de machos galantes que les preguntan si necesitan ayuda para llevar ese tronco, arrancado por la tormenta, al sitio donde están tomando sol, para jugar con él tal vez, para divertirse, simplemente. Y lo que tenía que suceder, sucede: las chicas acceden a recibir ayuda, aunque los dos muchachos delgados y algo torpes presuman de una fuerza que apenas tienen. Y los dos chicos y las dos hermanas se saludan, y se presentan y comparten los cuatro la tarde junto al río. Y pasa luego que, cuando cae el día, los primos, en la oscuridad del insomnio adolescente, se confiesan: a cada uno le gusta una de ellas, a cada cual una distinta.

Y lo que tiene que pasar pasa, casi como la corriente crecida de un río generoso que regala un árbol derribado, un obsequio que deberá ser tomado en el momento exacto, ni antes ni después, como la sortija de un carrusel en un verano que cae a chorros sobre la adolescencia de ese año 1988. Ese año, el del caset en el walkman, el de unos poemas garabateados en hojas a cuadros, el de un teléfono memorizado para llamar después de las vacaciones y para que los dos primos visiten a las dos hermanas. Tiene que pasar y pasa, a pesar de que somos algo estúpidos. Yo voy y le digo a la chica que le gusta a mi primo que él quiere ser su novio. Y ella me dice que le diga que bueno. Y mi primo va y le dice a la chica que a mí me gusta que quiero ser su novio. Y ella dice que me diga que bueno.

Tienen que pasar muchas cosas, lo imposible, pero pasa: el romance adolescente de mi primo dura apenas unos días, pero en mi caso, ¿cómo va a durar tan poco si está pasando lo imposible, está sucediendo que esa chica frágil, con ojos que parecen pintados por un óleo celeste, sigue conmigo?

Pasa, sí. Los días se suceden juntos y en la entrada a una fiesta o a un baile de promoción ella me toma de la mano. Es algo que tarda en suceder porque nada es tan fácil, porque son muchas las cosas que tienen que pasar. Y también pasa que, en otra fiesta, una canción hermosa hasta el dolor suena, y es tan difícil resistir ese canto desesperado que, cuando ella cierra sus ojos, cuando la abrazo, sé que tengo que besarla. Y la beso con ineptitud, con aturdimiento, con torpeza, pues eso que no podía pasar sucede, y el beso es igual al rayo que nunca vi, que ni siquiera sé si cayó sobre la cima de un cerro para arrancar un árbol, desgajar una rama y acercarla a dos cuerpos jóvenes y vírgenes como una hoja de papel donde cierta historia puede escribirse.

Pasan cosas que difícilmente iban a pasar. Sin embargo, si sucedieran aun más cosas, eso sí resultaría fuera de todo cálculo. Por ejemplo, si esos adolescentes sostuvieran su beso por años sería casi una quimera, pues los amores de verano son fugaces por definición. Si se gustaran mucho más de lo que creyeron en esa tarde junto al río o cuando después ella dijo bueno, eso casi no podría suceder. Tendrían que pasar demasiadas cosas, conjugarse como en una conspiración imposible para que siguieran tan juntos luego, o incluso se casaran muy jóvenes y tuvieran, por ejemplo, cuatro hijos (dos nenas y dos nenes) que una fábula cursi envidiaría. Tendría que pasar tanto: crecer una tormenta, caer un rayo, arrancarse un árbol, rodar hasta el río, navegar por las aguas, atascarse en las rocas, ser descubierto, requerir ayuda, servir de excusa, ser un eco en el beso de una canción, seguir el cauce nuevo que abra el amor. Serían demasiadas las cosas que tendrían que pasar. Pero pasaron.

El autor es periodista de Los Andes y escritor. Su último libro es Cirugía de extracción (poemas). [email protected]

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