A continuación, microrrelatos del sociólogo y escritor mendocino Leandro Hidalgo, autor de gran actividad en este género en Mendoza.
El narrador y sociólogo mendocino Leandro Hidalgo comparte cinco textos de uno de los géneros que lo tiene como destacado representante: la microficción.
A continuación, microrrelatos del sociólogo y escritor mendocino Leandro Hidalgo, autor de gran actividad en este género en Mendoza.
Los textos forman parte de la Convocatoria de Los Andes a artistas y escritores, una iniciativa que busca difundir la creación de nuestros artistas.
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Debajo del microscopio
Enciendo la fuente y coloco la muestra. Una rodaja de kiwi en la plastina. Acerco la lente. La imagen se vuelve difusa pero enseguida veo las estrellas, la luna vertida en el río, iluminando el pelo de dos mujeres jóvenes que suben a una balsa de bambú. Ajusto intensidad para enfoque fino. Coloco gota sobre foco de luz. Una de las mujeres ayuda a la otra para desamarrar. Creo escuchar el viento, el grueso oleaje del río en medio de la noche. La gota se pega al lente. Estoy a tope. La balsa comienza a naufragar, pero también por eso, a perderse. La balsa ingresa al círculo blanco que la luna le hizo al agua, y por primera vez siento que las pierdo, que se alejan, que se achican, hasta que me queda solo el agua del río grande y su luna inmensa. Me pongo a llorar. Mis lágrimas caen a la tableta y todo se nubla, todo desaparece.
Me ronda una idea tristísima, la de no ver ese paisaje nunca más. El kiwi sigue en la plastina. Hago el procedimiento otra vez, con cuidado, y observo el agua clara y la luna, aunque ahora más pequeña, y sin la balsa de bambú.
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Cohete
Está agotado de hacer caso a mamá. Cierra los ojos y toma el dibujo con las dos manos. Viaja por el infinito como un astronauta, como un justiciero, como una flecha brillante llena de plumas. Todavía no se entera del piano, lo escuchará cuarenta años después.
Acuesta una silla. Entrecierra los ojos. Debajo de la mesa se siente en una cabina interplanetaria. Es su barril. Su rincón. Es la parte de la cama que dejaba el hueco donde entrábamos. El escondite secreto. La rendija incandescente. Cuando la cortina se inflaba despacio con la brisa. Cuando la lenta luz de la siesta centelleaba en la persiana. Cuando la mariquita caía en mi mano y la admiraba. Cuando el detalle era el mundo. Antes, mucho antes de que el piano inaugurara el recuerdo.
(Relato para leer con música de fondo: Miyako Sawafuji, Umitaro Abe).
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Cuadros a trasluz
Vaciando la casa de mi infancia, sin mamá ni papá adentro, aunque con todos los recuerdos en los cajones, encuentro diapositivas. Coloco algunas a trasluz. Papá joven y delgado posa en Mar de Plata. Mamá hace una mueca graciosa en la cocina de esta misma casa. Mamá y papá bañan a una bebé en la mesada, quizás a mí. Mi tío Juan ríe con una ristra de chorizos como collar. Bailan el vals en el casamiento de alguien. Mamá y papá abrazados en la entrada de una cabaña en La Angostura. Pienso que mientras pasa, la vida es lenta, pero que cuando termina en cuadros, también, sigue siendo lenta.
Miro el rectángulo de la ventana, la vida ahora. Un recoveco de la medianera me deja un pedazo de cielo. Qué hacer con toda esta memoria que no es mía y sin embargo me pertenece. Un montón de diapositivas esparcidas sobre la cama. El matiz de la siesta sombrea el borde la cama y parte del piso. Casi todo es el cuadro grisáceo por el que entran las tres de la tarde de un otoño lejano.
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Origen
El crecimiento de algas en los vidrios de la cabaña fue tapándonos la luz. Hacía tanto frío que se nos congelaba el agua. Encendíamos la chimenea y aprovechábamos esas horas para mirarnos las caras, porque las olvidábamos. El musgo se reproducía a una velocidad preocupante, trepó paredes y techos, de un color azul por momentos, en medio de la yunga en la que vivíamos. Jamás lo quitamos, ni siquiera cuando se ponía negro. Sentíamos que disfrazaba la cabaña, que la vestía. Hicimos gorros ushanka de invierno con su felpa verde, tejimos abrigos y colchas de cama.
Sin darnos cuenta, fuimos también desapareciendo en el bosque. El musgo empezó por adherirse a nuestras pieles, pero después a crecernos desde adentro. Nos aprisionó como a las rocas, nos convirtió en monstruos húmedos con aroma a pino. Un amanecer nebuloso caminamos hacia el estanque. Lloramos. Nos abrazamos con tanta fuerza y por tanto tiempo, que a lo lejos pudimos parecer un árbol.
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Segunda Boda
Cuando llegó el día no quise pensar en eso. Me cambié solo frente al espejo. Advertí el detalle de las medias. El pantalón confeccionado para mí. Los zapatos angostos, sobrios, hacían un chasquido incómodo con sus taquitos. La camisa ajustada, el saco que armaba mejor mi espalda, borroneando la joroba que los años me estaban incorporando. Me peiné hacia atrás y hacia el costado, en las dos direcciones. Recorrí el mentón con la mano. Había perdido filo, como si hubiese acumulado relleno en las mandíbulas. Observé mis ojos, se me habían ovalado, como si se cayeran hacia los vértices. Esa nueva forma los achicaba todavía más, les daba un aire más contemplativo y menos sensual. Quien estaba dentro de las ropas era yo, con marcas. Y dentro mí, también yo, con tránsitos.
Lo de adentro muta en conjunto con lo de afuera, pero no siempre es correspondido. No siempre hay balance en esos dos movimientos. Algunos cambios cuajan y otros se desorientan. El traje, en cambio, viste y homologa. El traje pasa la yema por la hoja para sombrear la vida que ya pasó.
En el placard, dos perfumes. Uno me recuerda a mi padre, aunque él no usara perfume. En algún momento se formó en mí la idea de que los hombres adultos usan perfume. El otro me recuerda al pañuelo rojo que usé tanto en la facultad. Lo elijo. Disparo al cuello. Sus poros en forma de spray se clavan en la nuez recién rasurada. Arde. Demasiado alcohol. Por último, la corbata. Es bueno tener solo una. Con los dedos y mirando hacia abajo, hago el nudo. Engancho dos botones del saco. Meto la mano derecha en el bolsillo. Me pongo de costado. Atrás, el espejo me apoya en los hombros, como loros, escenas, personas, jóvenes que fui en cada etapa. Sigo mirándome a los ojos. Veo en periferia esas cintas de aparecidos con las que juega mi memoria en el espejo.
No se me hace tarde. Empecé tan temprano que puedo prepararme un café, tomar la taza humeante, ir hacia la ventana. Me recargo de energía para entregarla en las próximas diez horas. Atrás, mi madre, sin poder acomodarme el saco. Mi padre, sin poder vencer su robustez para darme un abrazo. El café exquisito. Aún queda tiempo digo en voz alta, “gracias”, digo también en voz alta para que escuchen atrás, y me sonrío de toda esta soledad.
Leandro Hidalgo, pionero cultor del microrrelato en nuestra provincia. Como Sociólogo, presentó su tesis de licenciatura abordando el microrrelato en la región. Con varios títulos en su haber dedicados al género breve, esta colección de minificciones pertenece a su último libro Peluche (Ed. Macedonia, 2025). El libro se vincula a los haikus, a la música, y a la naturaleza. En palabras de la Dra. Amor Hernández, “Peluche es un libro luminoso y tierno”, en las de su editor Fabián Vique, “quirúrgico, evocativo y vibrante”. Se consigue en Mendoza en el centro cultural de Vistalba, Cálamo&Papiro,