Convocatoria de Los Andes: Ancla, un cuento de Jorge Griffa
En este relato, el autor (nacido en Madrid y radicado en Mendoza desde hace décadas) nos lleva a la mente de una persona que se esconde en la rutina para ocultar —y ocultarse— su verdadero rostro monstruoso.
Rutina, siempre rutina. Seguirla, mantenerla, reforzarla. Todo lo moderno empuja a abandonarla, a ser espontáneos, a fluir, a ser flexibles. Él había aprendido que la rutina era control, orden frente al caos, una cuerda delgada tendida sobre el abismo. Rutina o caída.
Salía siempre a la misma hora. Ni muy temprano, ni muy tarde. Justo cuando asomaba el sol y las veredas seguían húmedas de agua con detergente de los porteros. Doblaba en la esquina y cruzaba hacia el quiosco donde lo esperaba, sin saludar, el diario doblado: papel, tinta y silencio.
Después venía el bar. Uno chico cuyo nombre que no recordaba. Tenía algo de cápsula de tiempo, de útero cálido. Dentro todo se amortiguaba: las voces bajaban, los ruidos menguaban, el mundo quedaba afuera. Olía a café, a pan caliente, a grasa vieja; a casa, a protección. Se sentaba en la misma mesa, junto al ventanal. No importaba que ocupara solo uno de los cuatro lugares disponibles. Ser un cliente habitual tenía sus recompensas: nadie discutía su derecho a ese rincón. Todas las mañanas pedía lo mismo: café con leche y dos medialunas de manteca. Las mejores de la ciudad, decían y no estaban errados. Eran pequeñas, brillosas y con una fina capa de almíbar que se quebraba apenas los dientes tocaban el borde. Ni quemadas, ni secas, lo justo. Esa dulzura lo hacía recordar.
A veces pensaba en su madre. En esas mañanas lentas de domingo llenas de su voz, de chocolate espeso, de tostadas. Su hermano también estaba allí, peleando por el cuchillo del dulce o por la parte más crocante del pan. No eran medialunas, ni almíbar, pero había algo en la textura, en la masa dulce que se pegaba al paladar, que lo llevaba allí. A esa mesa con mantel cuadrillé que ya no existía, a esas voces que ya no estaban. Apenas un segundo y después se iba. Como casi todo.
Llamaba al mozo con un gesto. Dejaba cinco billetes de mil sobre el platito. Antes de levantarse inclinaba la cabeza un instante. No llegaba a cerrar los ojos. Un rezo aprendido en el pabellón evangélico. Un agradecimiento breve, por estar vivo, por haber persistido un día más. El vuelto lo guardaba sin contar y salía, directo al trabajo.
Cinco cuadras exactas. Las había contado mil veces. No por obsesión, sino por necesidad. No podía vivir sin medir. Esas cuadras le daban tiempo para repasar mentalmente la agenda del día, imaginar excusas por si llegaba tarde, repetir algunos versículos de memoria, aunque ya no creyera del todo, y también para observar. Observar la gente y los detalles. Los árboles podados con brutalidad, los perros que dejaban huellas secas en las veredas, la publicidad en los carteles torcidos, los tachos de basura desbordados. Aún había poco movimiento. El ruido recién comenzaba, lo agradecía. El silencio previo a la jornada laboral era un paréntesis entre dos mundos: el de su casa y el otro, donde debía actuar como si fuera uno más. Como si no tuviera que estar siempre alerta, siempre vigilante. La tensión de mantener el control sin que nadie lo notara era extenuante, pero era lo único que tenía. En esas cinco cuadras se preparaba. Caminaba con la espalda recta, los brazos quietos, la mirada hacia adelante y esquiva. Había aprendido a borrar el cuerpo.
De pronto un triciclo pequeño apoyado contra un árbol. Color rosa desteñido, manubrio plateado con cintas de colores. Una imagen insignificante. Medio segundo. Pero bastó. Le vino de golpe, como una descarga: el olor, la risa aguda. Y una frase vieja, un eco remoto, una mentira dicha con convicción. Ya no creía en eso, ya no creía en nada. Se detuvo un segundo, el cuerpo lo obligó. Sintió algo parecido a las náuseas. Respiró hondo, miró hacia otro lado y contó hasta diez. Sacó las llaves del bolsillo interior del saco, lo tranquilizaba sentir el frío del metal en la mano. “Un ancla sensorial”, lo había llamado el terapista del pabellón. Algo tangible, real, para traerlo de vuelta cuando el pensamiento se desbordaba. Sabía que era un gesto inútil. Aunque inútiles algunos gestos también salvaban.
Siguió caminando hacia el trabajo.
El edificio exudaba aburrimiento: fachada de cemento gris, vidrios opacos, paredes beige, alfombra sintética bordó. El ascensor tardaba lo justo como para obligarlo a mirar su reflejo en el espejo de atrás. No se gustaba: saco azul, pantalón de gabardina, zapatos lustrados. Correcto, impecable sin destacar, casi invisible. El piso seis de “Seguros Mitre” olía siempre igual: café recalentado, polvo de toner, mezcla de perfumes y desodorantes. También se oía igual: zumbidos de CPU, murmullos constantes, tonos de internos, alguna que otra tos o estornudo. Saludaba al pasar entre los cubículos con un gesto seco y formal. Había aprendido a parecer ocupado, a mantener la cabeza levemente inclinada, como si algo demandara siempre su atención. Tenía su escritorio en el fondo, contra la pared. El más apartado. Sobre él no había fotos, ni tazas con frases graciosas. Solo un monitor, una carpeta negra, un porta-vasos y una lapicera de metal. Cada cosa en su lugar. Encendía la computadora sin mirar la pantalla. Sabía de memoria el orden de las teclas, las contraseñas, las primeras tareas del día. Había algo tranquilizador en eso: saber qué venía después. Saber que todo se podía controlar. En la rutina como en una coreografía, la clave estaba en no pisar a nadie
A las trece en punto apagó la pantalla. No tenía hambre. En realidad, no recordaba la última vez que tuvo. Pero salir a almorzar era parte de la coreografía, parte de la simulación. Dejó la lapicera en línea con el borde de la carpeta y se levantó. Lo usual era caminar cinco cuadras hasta el bar donde desayunaba. A esa hora no servían medialunas, pero hacían unas milanesas con papas decentes.
Esta vez, sin embargo, no giró donde siempre. Quizás porque había un grupo de empleados saliendo al mismo tiempo, y no quería cruzarse. O porque había soñado con su hermano la noche anterior, y el sueño le había dejado algo incómodo. O quizás quiso probarse, ¿quién sabe? El motivo exacto no importaba. Lo cierto es que, al llegar a la tercera cuadra, cambió de rumbo. Dobló a la izquierda; sabía lo que había en esa dirección. A dos cuadras: el colegio primario. Domingo Faustino Sarmiento, turno mañana. Salida a las 13:15. Primero escuchó los gritos, luego las risas. Los gritos de los nombres repetidos, las carcajadas agudas. Le llegó como una electricidad por debajo de la piel. No fue placer. No fue miedo. Fue una corriente. Una alarma interna, familiar, que no sonaba desde hacía más de veinticinco años. Había cumplido dos en libertad. Dos años sin parques, sin plazas, sin cumpleaños familiares, sin casas de fin de semana, sin piletas.
Volvió a ese recuerdo. No como una epifanía, sino como quien abre un cajón viejo para comprobar que lo que había dentro sigue ahí. Tenía diecisiete o dieciocho. Lo habían invitado a una casa de fin de semana, era verano, más de treinta grados, había pileta y … chicos. En especial una nena. Tendría… no importaba. La vio jugar en el agua, con una remera mojada, transparente, pegada al pecho plano. Algo se activó, no fue violento. No fue inmediato. Solo una oleada difusa, que se instaló sin pedir permiso. No había hecho nada esa vez. Solo mirar. Ahí empezó todo.
Con el tiempo llegaron las excusas, después la teoría, más tarde la justificación; la mentira dicha con convicción. Todo deseo es natural. Hay tantas formas de amor como personas. Si hay ternura ni hay abuso
Se le revolvió el estómago, no por las imágenes, sino por las palabras.
Se las había repetido una y otra vez durante años. Apoyó la uña del pulgar sobre el nudillo del otro dedo hasta sentir dolor. Todavía dolía. Suspiró sin ruido. Sabía que había dañado, que seguramente rompió algo en otro para siempre. Había pagado, y aún libre, debía seguir pagando, pero ¿qué castigo alcanza cuando el daño sigue vivo?
A unos metros las puertas se abrieron.
Los chicos empezaron a salir. Algunos caminaban con mochilas arrastradas, otros corrían desaforados. Unos cuantos se dirigieron hacia donde él estaba. Los vio venir; un grupo de diez o quince. Uno sacudía un portafolio como si fuera un péndulo. Dos hermanitas iguales discutían a los gritos y se empujaban. Uno más chico saltaba como si la ciudad fuera una rayuela gigantesca. Él no se movió. No podía. El corazón le golpeaba en el cuello, en las sienes, en los dientes. Escuchaba su propia sangre circular. Entonces pasó.
Fue un aluvión: el olor a transpiración, las risas agudas, cortantes como vidrio, el roce de brazos y cuerpos al pasar. La suavidad. El calor. Y el pensamiento. No uno articulado. Más bien un impulso. Un latido. Una parte de su cuerpo creció, apenas. Pero lo sintió. Fue suficiente. "Ahora. Ahora es cuando caigo.", pensó. Inspiró por la nariz y exhaló por la boca. Otra vez. Se repitió la consigna. “No soy eso. No soy eso. No soy eso.” Como un rezo, como una cuerda demasiado tirante. Sintió náuseas otra vez. No por lo que deseaba. Sino por lo que todavía era capaz de desear. Metió la mano al bolsillo. Buscó las llaves. No estaban. El frío. El metal. El ancla, ¿dónde estaban? Revisó el otro bolsillo. Nada. Sintió que caía.
Y entonces las encontró. El tacto del llavero, los bordes aserrados, el frío del metal. Las apretó fuerte, hasta que le dolió la palma. Hasta que el dolor fue alivio.
Los chicos fueron desapareciendo. Uno a uno, se aferraban a los cuellos de sus madres, trepaban a los autos de sus padres, cruzaban corriendo hacia las veredas opuestas. El tumulto se fue disolviendo, como espuma. Él siguió respirando profundo. Las llaves, apretadas con furia. Notó la humedad caliente entre los dedos.
Los gritos se apagaron. Las risas se esfumaron. El aire volvió a sonar como antes: motores lejanos, pasos aislados, algún ladrido. La corriente dentro suyo se redujo. Lo que había crecido se contrajo. Lo que lo desbordaba volvió a encerrarse. Sintió frío. Se acomodó el saco. La calle le parecía otra: más clara, más real.
A pocas cuadras estaba el bar. Pensó en las milanesas, en las papas, en las servilletas dobladas en triángulo. Y, sin saber por qué, le vino un hambre voraz. No un antojo. Una necesidad simple, brutal, urgente.
Se dio vuelta. Caminó con el ancla aún cerrada en el puño. En cinco cuadras: el bar, las milanesas, la coreografía.
Jorge Griffa
Jorge Griffa, narrador radicado en Mendoza.
Sobre el autor: Jorge Griffa
Jorge Griffa nació en Madrid en 1967, pero se crio en Rosario, ciudad en la que se volvió hincha de Newell’s Old Boys. Eso ya dice bastante de su carácter: la fidelidad a una causa que suele exigir más sufrimiento que festejo. Hace más de treinta años se instaló en Mendoza y desde hace más de diez decidió atrincherarse en Maipú. Algunos de sus cuentos lograron colarse en antologías de editoriales como Equinoxio, La Retórica y Liber Arte (España). En 2024 obtuvo el segundo premio del IX Certamen Literario Nacional de Cuento y Poesía (categoría Cuentos Adultos, 9 de Julio), logro que compensa apenas la larga lista de concursos en los que fue sistemáticamente ignorado.