15 de febrero de 2026 - 00:05

Convocatoria de Los Andes: Un corazón generoso, cuento de Fernanda Rodríguez Briz

En este relato, la autora nos narra con humor una historia muy particular en la que la venganza la toma aquella persona que menos se esperaba.

Dicen de la venganza que es un plato que se come frío. Y también que una venganza siempre es dulce. Si unimos ambas piezas de sabiduría popular, si combinamos lo frío con lo dulce, obtendremos nada menos que… un postre.

Este es el caso de la historia que quiero servir para ustedes, tal como se sirve en mi pueblo, como un postre cuando ya se acabó todo lo que se deje comer, y ya solo quedan la sobremesa y las risas sobre historias recontadas mil veces.

Es la historia de las tres hermanas Mirafiori. Los de mi pueblo bien la conocen, si ha sido uno de esos cuentos a los que la maledicencia ha hecho crecer ramas y flores; mi madre, por ejemplo, siempre que se la pedíamos la contaba para que riéramos de nuevo, aunque la conociéramos ya de memoria. Igual que reía ella, igual que cada una de las mujeres de su época, felicitándose por no haber quedado como Albita, para vestir santos. O mejor dicho como creyeron que quedaría Albita.

Porque las Mirafiori eran tres hermanas. En esas épocas, si a los 25 una mujer no se había casado, era ya una irrecuperable solterona. Era lo peor que a una le podía pasar, una condena. Le convenía enterrarse en vida, volverse invisible (y era justamente lo que hacían, se vestían de negro para eso) con tal de que no la señalaran más. Pero si encima la damita en cuestión llevaba el estigma de la fealdad, de no haberse casado por portación de rostro desagraciado, ufff, entonces pesaba sobre ella una doble condena y no había mucho que pudiera hacerse al respecto.

Pero entremos en cuestión: la madre de las Mirafiori tenía una fórmula para describir a sus tres hijas: “Las que son dos bellezas son Rosa y Violeta, 21 y 23. Y de Albita de 28, ¡qué decir… si ella tiene un corazón generoso como ningún otro!”. Bueno, no se puede negar que la pobre mujer hacía el esfuerzo de ponderarle a la chica, la más fea del pueblo, un atributo que, inesperadamente, algún hombre (si alguno hubiese), pudiera valorar. Lo cierto es que la noble dama había perdido toda esperanza ya de entregar a Albita en matrimonio y la consabida frase tampoco ayudaba mucho que dijéramos.

Así las cosas, llegó el feliz momento en el que la mujer concretaría su sueño (dos tercios del sueño, al menos) de casar a sus hijas: tanto Rosita como Violeta habían encontrado novio. Tras un año y un poco más de relación con los dos hermanos Amitrano, los rechonchos almaceneros del pueblo vecino, se había convenido la fecha entre copas en alto y deseos de felicidad.

Ambas parejas darían el sí ante el altar el mismo día, lo cual no solo sería pintoresco, sino financieramente sensato: una misma fiesta, un mismo servicio fotográfico, un mismo asado y una misma torta (eso sí, decorada con flores de dos colores más que obvios: de un lado rosas y de otro violetas). Don Mirafiori había guardado peso sobre peso para el día que estaba a punto de llegar, todos sus ahorros serían invertidos en la doble celebración.

Para la familia fue un empujón de entusiasmo rayano en el paroxismo; desde ese día la abuela, la madre y las dos hermanas casaderas se abocaron a cursar las invitaciones a “los parientes de lejos” (fueron tantas las cartas que hubo que transportarlas en una caja hasta el Correo) y a comprar más juegos de sábanas para improvisarles camas a los visitantes.

Albita, en cambio, no participaba de los preparativos; se mostraba ocupada en otras cosas, siempre haciendo algo que la demoraba más de lo usual fuera de su casa, volviendo tarde en la noche, taciturna pero con una semi sonrisa que no le conocían.

Dejala, estará fingiendo.

¡Celosa! murmuraban las hermanas, mitad burlándose y mitad comprendiéndola en su desgracia de vieja, fea y solterona sin chances.

Finalmente llegó el esperado viernes 16 de noviembre, la fecha de la doble boda. En la casa todas corrían de un lado al otro, llevando y trayendo cosas bajo el brazo.

¿Y Albita, todavía no se levanta? notó la madre. Son más de las 8, ve a buscarla. Que ayude, también, che.

Dejala, pobrecita, ya sabés, no debe ser fácil para ella respondió Rosita.

Solo un rato más, pero después me tiene que ayudar a preparar todo, que aquí hacen falta manos. Los tíos de la ciudad ya deben estar por llegar en el primer tren.

¡Mamá, mamá! Violeta bajaba los escalones de dos en dos, desencajada. Albita… ¡no está!

¿Y? Habrá salido temprano.

No, madre, no.

No, ¿qué?

Ay, madre, no me entiende, es que… ay, Dios… estoy pensando lo peor… se persignó. ¡No está! Pobre hermana nuestra, qué humillación le hemos hecho pasar Rosita contenía las lágrimas mientras miraba la habitación vacía.

Ay, hija, no diga esas cosas. Andrés, vaya a buscarla, seguramente andará por el pueblo, quizás esté comprando algo de última hora en la mercería.

Madre… madre, es que… ay, no sé cómo decirle… no está ella pero tampoco están sus cosas Violeta se dejó caer en el rellano, Rosita la imitó llorando.

¿¡Cómo que sus co…!?

La madre, la abuela y las dos tías treparon la escalera como un malón pesado y lento. Jadeantes, encontraron la cama deshecha, las sábanas frías y el armario vacío (ni siquiera encontraron sus dos pares de zapatos). Si ya eso era suficientemente desesperante, si ya casi se desmayaban pensando en una Albita dejándose morir ante el deshonor de la burla pública… todavía faltaba algo más y llegaría en ese mismo instante desde el comedor:

¡Mis ahorros, mis ahoooorros! desde escaleras abajo el padre soltaba un alarido agónico.

Corrieron en lento malón ahora escaleras abajo para contenerlo, pobre Don Mirafiori, que súbitamente había descubierto que el dinero para las bodas de sus hijas, el que en minutos debía usar para pagar a unos y otros, ya no estaba en el escondrijo donde lo había estado ocultando por años.

¡Ese… mons… truo! maldijo a su hija Alba, estrujándose el pecho. ¡Se ha llevado el dinero de las bo…, el dinero de las bo…! Y fue lo último que se le escuchó antes de que se le corriera la mandíbula para el costado y cayera desplomado.

Entonces vinieron los gritos, los llantos, los desesperos. Las corridas, los sacudones, los alaridos. Los perros que olfatearon y lloraron a su modo. Nada pudo hacerse, fue una muerte instantánea la del patriarca. Entre todos llevaron al difunto a su cama, lo emprolijaron un poco y mandaron a Helenita a buscar al médico y al sacerdote.

El llanto al unísono de tanto mujererío sonaba tremendamente agudo. Los tíos, llegados en ese preciso instante desde la estación de tren, tardaron en comprender la magnitud del desastre, mejor dicho la seguidilla de dramas que había vivido esa familia en escasos minutos. Desde ya que la doble boda, por toda aquella superposición de eventos, habría de suspenderse. Los hermanos Amitrano y su familia se enterarían pronto, si ya estarían llegando en cualquier momento desde el vecino pueblo, con su familia del brazo y los trajes azul marino en sus baúles. Era un alivio saber que, apenas llegaran, los dos varones contendrían a la familia y ayudarían a esas pobres mujeres (ahora solas, pobres y libradas a su suerte), a sobrellevar tanto dolor y desconcierto.

El reloj avanzaba. Como a las diez y media llegó desde el pueblo vecino, hecha una tromba, la familia de los varones casaderos. Entraron a los gritos preguntando si quizás ambos, Luis y Ángel, habrían llegado. Al parecer los jovencitos, por primera vez en sus vidas, no habían dormido en su casa y no había rastro de ellos ni en el almacén familiar ni en el pueblo. Igual que había ocurrido con Albita, tampoco su ropa estaba en el armario.

La vacunísima familia Mirafiori, la comercialísima familia Amitrano, el ilustrísimo sacerdote Mendiolaz y el galenísimo Doctor Moreno, así como todo aquel vecino que quiso acompañarlos (todos menos el noble finado, claro, a quien dejaron custodiando su casa vacía, muda testigo de las tragedias del día) caminaron en enfervorizado tropel hacia la Comisaría, allí exigirían respuestas sobre el paradero de Alba, Luis y Ángel. Debían buscarlos ya para evitar una tragedia incomprensible.

En la puerta tomaban mate, entre risas, el Comisario Gómez y El Chueco Sanpietro, Jefe de la Estación del Ferrocarril. Al verlos llegar el Chueco se puso de pie y retrocedió unos pasos, mostrando las palmas:

Yo no tengo la culpa, yo no sabía nada se atajó.

¿Qué dice? Cuente, ¿qué sabe?

Yo… yo… nada, anoche saludé a la señorita, nomás. Muy preciosa y arregladita estaba, no sé si me entiende…

¿Anoche? ¿A cuál señorita, a Albita?

¿Qué dice, nuestra Albita, a la noche? ¿Dónde la vio, cuándo?

La señorita Albita, sí, su hija mayor, señora. Anoche mismo, arreglada y hasta de labios rojos iba con dos jóvenes que la llevaban bien… abrazadita, no sé si me entiende... Yo a ellos no los conocía, la verdad, no han de ser de por aquí.

¿Y… qué hacían, a dónde iban?

Los tres se venían riendo mucho, me pareció que volvían de brindar, no sé si me entiende…

¿Qué dice? ¡Mi hija es incapaz de lo que está sugirien…!

Se subieron al tren de las once y media, señora. Los tres. Pagaron sus boletos, por eso yo no les dije nada. Perdón, me corrijo, la señorita fue quien pagó los tres pasajes.

¡No puede ser!

Un montón de billetes tenía en el corpiño, acá, usted me entiende…

Retire sus palabras. Usted nos ofende.

Así como lo oye, señora. Los tres dando un espectáculo que ni le cuento, abrazados, riéndose fuerte. Bien juntitos se sentaron, no sé si me entiende... Si al banderillero incluso me comentó que le pareció ver que se besaban los tres mientras el tren se ponía en marcha.

*

Tal como su madre había repetido tantas veces, se ve que Albita realmente era una chica de corazón generoso. Porque por lo que se veía, por lo que dijeron, por lo que el pueblo empezó a repetir desde entonces… ahí, cerquita de su corazón, le cabían unas cuántas cosillas. Dulces y embriagadoras todas.

Como la misma venganza.

Como un postre.

Fernanda Rodríguez Briz
Fernanda Rodríguez Briz. Escritora radicada en Mendoza.

Fernanda Rodríguez Briz. Escritora radicada en Mendoza.

Sobre la autora: Fernanda Rodríguez Briz

Fernanda Rodríguez Briz (nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1969) es egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes y Bibliotecaria universitaria. Reside en Mendoza, Argentina desde 2012. Sus cuentos han obtenido premios en el ámbito local y nacional y se editan en variadas antologías. Su libro De las cosas que pasan obtuvo el Primer Premio en el Certamen Literario Vendimia, 2017 (Mendoza, Argentina). Otro de sus libros, Los niños rotos ha obtenido Segundo premio en el Certamen literario “San Juan escribe-Leonidas Escudero 2018” abierto a todo Cuyo.

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