La experiencia de vivir lejos atraviesa cada página de "Cochabamba", la nueva novela de Guillermo Severiche. El escritor mendocino, radicado en Nueva York, convierte la memoria familiar y la migración (de sus abuelos, y de él mismo) en el combustible narrativo de su segundo libro, que presentó en la provincia el jueves pasado.
Nacido en Mendoza en 1986, Severiche estudió Letras en la Universidad Nacional de Cuyo antes de instalarse en Estados Unidos, donde realizó un doctorado en Literatura Comparada y actualmente trabaja como profesor en Fordham University. Publicó la novela "El agua viene de noche" (2021) y es autor de las obras teatrales "La Serena", "Vos" y "El rey del viento".
Desde Nueva York (ciudad en la que reside desde 2016) también desarrolla una intensa actividad cultural: fundó el ciclo "En Construcción. New Works by Latin American Writers", que reúne a escritores latinos migrantes, y se desempeña como gerente literario de IATI Theater, un histórico espacio bilingüe del East Village dedicado al teatro contemporáneo latino.
Su nueva novela, "Cochabamba", publicada por la editorial neoyorquina Chatos Inhumanos, confirma esa poética de los cruces. La historia sigue a Hernán, un argentino radicado en Nueva York que vuelve a Mendoza para despedir a su abuelo boliviano, mientras los recuerdos familiares, los sueños y las huellas de la migración comienzan a superponerse en distintos tiempos y lenguas. Con una prosa "contenida y precisa", en palabras de la gacetilla difundida por la propia editorial, Severiche entrelaza la experiencia íntima con preguntas más amplias sobre la identidad argentina, las herencias andinas, el deseo, la masculinidad y las marcas invisibles de la inmigración.
Desde su publicación, la novela ya fue presentada en Nueva York, Berlín, Bogotá y Cochabamba. El jueves pasado, la presentó en nuestra provincia (en Arte Justo Bar), con un mano a mano con la poeta y profesora Victoria Urquiza, y próximamente la presentará en Santiago de Chile. El libro puede adquirirse a través de la página web de la editorial.
-¿Cómo surgió la necesidad de escribir esa historia y qué discusiones querías abrir en torno a la novela?
-Bueno, en primer lugar, creo que la necesidad surgió por una cuestión personal. Mi familia tiene ascendencia boliviana y yo siempre la consideré parte de una cotidianidad, de una forma de vida. Hasta que fui más grande y realmente me puse a pensar en eso, nunca había considerado esa mixtura, ese encuentro entre diferentes tradiciones. Muchas cosas de mi familia dependían o giraban alrededor de costumbres y tradiciones que, en general, no se identificaban con la mayoría de la sociedad argentina. Mis padres pertenecen a la primera generación; nosotros —mis hermanos y yo— seríamos la segunda. Entonces, gran parte de la necesidad de escribir esta historia surgió también de la urgencia de cuestionar la idea eurocéntrica sobre la identidad argentina. Creo que por ahí pasa el tipo de conversación que plantea la novela.
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-¿Qué te interesa narrar sobre la experiencia migrante contemporánea y cómo influye el desarraigo en la construcción de los personajes?
-Sobre la experiencia migrante, creo que me interesa narrar, por un lado, los cruces temporales. Mis abuelos fueron migrantes que vinieron a la Argentina y yo ahora soy un migrante en Estados Unidos. Creo que esa parte de reconocerse en esos viajes pasados invita también a pensar una idea de futuro. Me interesa mucho esa idea de que el pasado ilumina cosas del futuro. De hecho, así empieza la novela, con un epígrafe de Tzvetan Todorov que dice: “La profecía es memoria”. La idea de mirar hacia atrás con ojos de vidente sirve para entender ciertas circularidades del tiempo y de los movimientos sociales, y cómo la historia, de alguna manera, se repite, aunque siempre con una nueva vuelta. Creo que la novela pasa un poco por ahí.
-Ese tema atraviesa toda la novela...
-Una de sus líneas de conversación tiene que ver con pensar que la migración (ya sea forzada, económica o por cualquier otra razón válida) tiene como base esta búsqueda de una vida mejor. Y los personajes se construyen desde ese lugar. El personaje principal, por ejemplo, tiene sueños recurrentes en los que se ve capturado siendo indígena en la época de la conquista. Y también hay en esos sueños un movimiento, una migración, si se quiere, fuera de su hogar hacia el desierto. Siento que desde ahí empieza también esa idea del movimiento forzado hacia un futuro inesperado y, de algún modo, inhóspito. Pero más que pensar el desarraigo, creo que la novela plantea una superposición de historias y una circularidad del tiempo.
-Vivís en Nueva York desde hace una década. ¿La distancia con Mendoza transformó tu manera de escribir sobre la ciudad, la familia y los recuerdos?
-Bueno, sí, vivo en Nueva York desde 2016, aunque estoy fuera de Argentina desde 2010, así que ya llevo bastante tiempo. Yo creo que sí, que en parte eso transforma la manera de mirar la ciudad de la que uno viene. Hay una idea de que uno puede realmente evaluar, observar y entender cosas del lugar del que viene cuando se ha ido. Al menos creo que la distancia te habilita una intervención más libre sobre el espacio, los recuerdos, la familia y la sociedad local. La distancia, de algún modo, te quita cierto peso y también te da espacio para observar más globalmente las cosas que circundan a la ciudad, a la familia y a los recuerdos. Siento que tanto mi primera novela como esta tienen que ver, indirecta o directamente, con Mendoza. Eso sí es verdad. Pero también siento que, al ingresar otras geografías como Bolivia y Nueva York, ya se empieza a cuestionar o a desprender un poco esa necesidad de hablar específicamente de Mendoza o de Argentina. Creo que en mis próximos trabajos voy a explorar otros espacios. Sin embargo, sí había una necesidad política, si se quiere, de localizar esta historia en este lugar. Cuando falleció mi abuelo, que fue el último miembro de esa generación de migrantes en mi familia, surgió la necesidad de dar cuenta de esa historia de algún modo. Y esa historia sucede acá, por eso no podía desprenderla de este lugar. Pero creo que ahora, una vez puesta en papel, puede haber una mirada hacia otros lugares. Así que, al menos por ahora, la distancia me ayudó a reconvertir la ciudad y a convertirla en un espacio narrativo dinámico, donde Mendoza ya se comunica con Cochabamba y con Nueva York.
-Llevás una vida cultural muy activa en Nueva York. ¿Qué podés contar sobre tus actividades allá?
- Bueno, en Nueva York trabajo como profesor en la universidad y muchas de mis actividades pasan por ahí, desde mis clases hasta actividades con estudiantes. Pero también tengo una vida de gestión cultural fuera de ese ámbito universitario. En 2019 fundé una serie de lecturas, un grupo que se llama En Construcción, y lo que hago es organizar eventos durante el año que den un espacio a escritores y escritoras de Latinoamérica para compartir trabajos nuevos. Tenemos la prerrogativa de que quienes van a leer tienen que presentar algo que no esté publicado, que sea completamente nuevo. Y esa es una idea interesante para el público: estar atento a textos que no han sido leídos ni publicados en otros lados. Lo bueno de Nueva York es que hay muchísima gente, entonces siempre circula una gran cantidad de artistas y escritores con mucho talento. Eso ha facilitado la posibilidad de seguir adelante y ya estamos en el séptimo año de En Construcción.
-También estás vinculado al teatro.
-Sí, trabajo en un teatro que se llama IATI Theater, un teatro latino y bilingüe que produce obras desde 1968, así que lleva bastante tiempo. Es un espacio con un lenguaje más experimental, de teatro contemporáneo, y con un sentido de justicia social muy importante. Yo soy el literary manager, o gestor literario, desde 2020. Lo que hago es coordinar un programa de desarrollo de obras teatrales con autores de todo el mundo, porque trabajamos en inglés y español y recibimos textos de cualquier parte. De hecho, hace un par de años recibimos una obra de Mendoza, de la escritora Laura Angélica Rodríguez. Su obra "Volcano" llegó a Nueva York hace algunos años, fue seleccionada y pasó por el proceso de Cimientos, que es el programa de desarrollo teatral, el Cimientos Play Development Program. En ese sentido me mantengo muy activo, y es algo que me encanta: aprender de otros y también construir con ellos espacios para que se escuche y se vea literatura y teatro en español. Eso ya de por sí es una movida importante para el enriquecimiento y el fortalecimiento de una comunidad migrante latina en Estados Unidos, en un momento en el que ese espacio creativo y de identidad está siendo realmente atacado. Me siento muy contento de poder sostener esos lugares a pesar del contexto tan complejo que estamos viviendo.