Convocatoria de Los Andes: El gigante, un cuento de Graciela Romero Udabe

En este relato, una escena aparentemente trivial y urbana, comienza a tornarse en un hecho con apariencia de fantástico que luego, sin importar su realismo, dejará instalada una duda en quien lo observa.

Los obreros trabajan de prisa montando los andamios. El ruido metálico invade la calle desde temprano y obliga a los transeúntes a detenerse, curiosos. Algunos miran apenas unos segundos y siguen su camino, otros se quedan observando como si presintieran que algo fuera de lo común está por suceder. Terminada la operación, unas veinte personas vestidas de blanco, con tarros de pintura y pinceles, se distribuyen en distintos niveles de la estructura. Empiezan a pintar.

Con el transcurrir de las horas aparecen los primeros trazos de la obra, pareciera ser una cabeza humana. Sí, es el rostro de un hombre joven. La imagen gigantesca brota lentamente del muro, cabellos castaños, ojos claros, labios carnosos, nariz recta y mentón redondo. En la frente, los pintores dejan un rectángulo negro que abarca también los ojos, que resaltan como los de un gato en la oscuridad.

Pienso que se trata de una publicidad. La imagen es perfecta, casi real. Demasiado real para ser solo decorativa.

Cuando los pintores bajan de los andamios, llegan dos inmensos camiones equipados con cámaras de televisión, reflectores y material eléctrico. Se elevan mediante una gran grúa, conectan cables, ajustan micrófonos e instalan potentes lámparas alrededor de la imagen. Al encenderse las luces de prueba, los gritos de los obreros dan el OK. Frenéticamente desmontan los andamios y, en un extraordinario trabajo de equipo, cargan todo en un camión que se aleja escoltado por dos patrulleros con sirenas ruidosas.

Es el atardecer. El público curioso, que durante toda la tarde se detenía apenas unos instantes, ahora ocupa toda la calle y la vereda. El tránsito ha sido desviado. Los vecinos observan desde los balcones con bebidas en la mano, como si esperaran un espectáculo largamente anunciado. Hay una excitación difícil de explicar, una mezcla de expectativa y ansiedad que se contagia rápidamente. Nadie sabe bien qué va a suceder, pero todos sienten que algo extraordinario está por ocurrir.

A las nueve en punto se encienden las luces rojas de las cámaras ubicadas frente al gigante. En el rectángulo oscuro aparece proyectado un punto luminoso. La expresión del gigante cobra vida. De la multitud surge una ovación espontánea, casi eufórica.

No sé cómo es posible todo esto.

La proyección asciende a gran velocidad por un espacio poblado de estrellas, orientándose hacia un punto que parece ser el destino del viaje. El efecto de zoom es hipnótico. De pronto la pantalla se aclara y comienzan a aparecer imágenes, escenas que se suceden vertiginosamente, algunas alegres y luminosas, otras tristes, violentas o trágicas. Una música frenética acompaña la sucesión mientras la expresión del gigante reacciona a cada secuencia.

¿Cómo es posible que una imagen plana cobre vida?

Nuestro pobre amigo no puede controlar la proyección. Los técnicos eligen por él. Su rostro se contrae, se endurece, se descompone. La gigantesca expresión de sufrimiento me conmueve. La tensión hace desprender pedazos de revoque. De sus ojos húmedos se deslizan dos lagrimones inmensos que atraviesan la cara y caen al vacío, estrellándose contra el asfalto.

Abajo, en la multitud, se produce una gran confusión.

El murmullo se vuelve intenso. Los gritos comienzan a dirigirse contra los técnicos. Las acusaciones se transforman en proyectiles: piedras, botellas y objetos vuelan con furia hacia la grúa. Los técnicos se esconden aterrados en el pequeño recinto metálico. El clima se vuelve denso, amenazante, como si el espectáculo hubiera despertado algo que ya estaba latente en todos.

—¡Déjenlo en paz! —grita alguien—. ¡Ya no se puede vivir ni siquiera pintado en una pared!

El gigante intenta liberarse del muro que lo aprisiona. La tensión crece. Caen ladrillos, algunas lámparas quedan colgando peligrosamente. La gente corre, grita, se empuja. El miedo se propaga con la misma rapidez que antes lo había hecho la fascinación.

Un inmenso brazo brota de la pared, alcanza la grúa y aferra la cámara de televisión. Los técnicos huyen por las escaleras metálicas.

Entonces, en el centro de la ciudad, retumba una voz grave y profunda que no parece venir de ningún lugar concreto, sino de todas partes a la vez.

—¡Ya basta! ¡Devuélvanme mi subjetividad!

Las imágenes se interrumpen de golpe. El gigante recupera su condición plana. Se apagan las luces. Los técnicos desaparecen entre la multitud. El tránsito vuelve a circular lentamente. Las ventanas se cierran una a una. La ciudad retoma su ritmo habitual, como si nada hubiera ocurrido.

La pintura aún está fresca y el olor a humedad y polvo flota en el aire. Algunas personas pasan sin mirar, otras bajan la vista incómodas, como si temieran reconocerse en ese rostro detenido.

Me quedo sentado en la vereda de enfrente, observando al gigante sobre la pared, ahora mudo y quieto.

Reflexiono.

A mí también me ocurre algo similar. En mi cabeza se suceden imágenes que no siempre elijo y ellas generan estados de ánimo que tampoco controlo. ¿Dónde están los técnicos que me proyectan el sufrimiento? ¿Quién selecciona esas escenas que se repiten una y otra vez en mi mente? ¿O acaso soy yo mismo el técnico despiadado de mi propia vida, el editor implacable de mis propias sombras?

Una brisa fresca, con olor a lluvia, entra por la ventana. Las sensaciones se acercan tímidamente a mi cuerpo. Abro los ojos. Me incorporo en la cama y permanezco inmóvil unos instantes, respirando hondo, como si quisiera asegurarme de estar despierta.

Es una mañana de verano espléndida.

Tengo mucho que aprender, pero sé, con una certeza nueva y silenciosa, que ya nada volverá a ser como antes.

graciela romero u
Graciela Romero Udabe, escritora mendocina.

Graciela Romero Udabe, escritora mendocina.

Sobre la autora

Graciela Romero Udabe nació en Mendoza Argentina. Es Licenciada en Óptica, Optometría y Contactología. Biodecodificadora y Experta en Bioenergía aplicada a la salud, graduada en la Universidad Internacional Bircham. Investigadora del Parque de Estudio y Reflexión Punta de Vacas. Participa desde su juventud en la corriente filosófica del Humanismo Universalista. Fundadora de la Asociación sin fines de lucro AYO, promueve la reconciliación personal y social a través de talleres y encuentros presenciales y online colaborando así con el despertar de la conciencia humana. Es autora de varios libros y monografías: Elogio de la atención, Investigación sobre la experiencia y la obra de Eckart Tolle, Entornos las nuevas ciencias, Ciencia espiritualidad y trascendencia y Cenestesia.

LAS MAS LEIDAS