Convocatoria de Los Andes: En la viña del deseo, un cuento de Sonia Fernández

En este relato policial se presenta la escena de un crimen en el que una inspectora pronto descubre claves del asesinato que pondrán en juego su entereza.

Un domingo de febrero en Mendoza, entre viñedos, montañas y calles de tierra que huelen a vino y polvo. Verano, calor agobiante. Transcurre calmo el fin de semana para la inspectora Elena Rivas, una mujer de pocas palabras, de unos treinta y ocho años, atenta a los detalles, de mirada profunda y analítica. Conoce cada rincón de su ciudad y a casi todos los que la habitan. Muy abocada a su trabajo, como siempre, fue la primera en llegar a la comisaría: revisó todo y puso agua para el mate.

Momentos después, ingresó un llamado al 911. Le informaron que el reconocido enólogo Gabriel Agüero se encontraba, aparentemente, sin vida en su finca. Había sido asesinado de un golpe en la cabeza con una botella de su propio vino. No había señales de robo ni violencia en las puertas de ingreso. Automáticamente, ella asoció el nombre: allí había trabajado su hermano Oscar durante mucho tiempo.

Seguidamente, arribó una patrulla, la más cercana al lugar, a las siete con veinticuatro minutos. El sol pegaba de frente sobre las vides y el aire comenzaba a arder. La finca Agüero estaba en completo silencio, salvo por el zumbido constante de las abejas y los pasos apurados de un oficial joven que vomitó apenas vio el cadáver.

La inspectora Rivas llegó a las siete con cuarenta y un minutos, a bordo de su Hilux gris, sin sirenas. Bajó del vehículo con gesto adusto, el cabello recogido en una cola de caballo impecable y lentes oscuros.

—¿Quién tocó el cuerpo? —preguntó, sin levantar la voz.

—Nadie, jefa. Solo el encargado. Dice que lo encontró así y llamó al 911. Está allá, temblando como una hoja —respondió el agente Fernández.

Elena caminó hacia el cadáver con paso firme. El cuerpo de Gabriel Agüero yacía en decúbito prono, con los ojos abiertos y una mueca que no era de terror. Sobre el espejo del galpón, pintado con labial rojo carmesí, había un mensaje: “El amor no se mendiga”.

Ella comenzó la labor investigativa y tomó apuntes. El cuerpo había sido hallado a las siete con doce minutos de la mañana. A esa hora, el sol ya estaba alto. Lo encontró Luis Barrera, el encargado de la finca, al abrir el portón del galpón donde se guardaban las barricas nuevas.

Lo llamó para hacerle unas preguntas:

—¿Fue el primero en llegar? Cuénteme qué vio.

Luis respondió que primero sintió el olor a vino derramado. Luego vio los pies descalzos asomando detrás de una barrica rota. Se acercó, temblando, y encontró a Gabriel con la cabeza abierta y una botella rota a su lado. El aire olía a Malbec y a sangre. Caminó hasta su casilla, cerró la puerta y llamó al 911.

—¡Lo mataron al señor Agüero! En la bodega… Está muerto…

Elena continuó con la lista de sospechosos:

—¿Dónde está Marina Cáceres?

—¿La ex…? —titubeó el oficial.

—Sí. Quiero saber dónde estaba anoche. Busquen a Lucía Vives, la novia actual. Y tráiganme las cámaras. Revisen todo: portón, galpón, caminos de acceso.

Fernández asintió y se fue corriendo.

Elena encendió un cigarrillo, aunque estaba prohibido. Observó el vino derramado junto al cuerpo y frunció el ceño. Ese tipo de cosas no se veían todos los días. Miró a su alrededor: ninguna señal de robo.

—Malbec reserva 2015. El que más cuidaba —murmuró.

Alguien lo odiaba lo suficiente como para matarlo… pero también lo conocía lo suficiente como para saber qué botella usar.

Se inclinó junto al cadáver. Mientras los peritos revisaban el lugar, uno de ellos, el sargento Lagos, se acercó con una bolsa de evidencia.

—Inspectora, encontramos esto en el suelo, detrás de la puerta del galpón. No está manchado, pero es llamativo.

Elena tomó la bolsa con guantes. Dentro había un pañuelo de seda blanco, fino, con bordes de encaje y las iniciales L.V. bordadas a mano. Tenía un fuerte olor a perfume floral, caro, importado; algo que no encajaba con el entorno rústico del lugar.

—¿L.V.? —musitó Elena, pensando en Lucía Vives.

—¿Coincidencia? —preguntó Lagos.

Elena no respondió. Miró el pañuelo largo rato. Era una pista demasiado perfecta.

—Esto no estuvo ahí toda la noche —dijo finalmente—. Con este calor y polvo, ya estaría arruinado. Alguien lo dejó esta mañana.

—¿Lucía? —insistió Lagos.

—O alguien que quiere que pensemos que fue ella.

El pañuelo estaba seco, sin polvo. Recién puesto. El labial del mensaje, aún fresco.

Entonces, el olfato de Elena —afilado— le susurró otra cosa: trampa.

El móvil no parecía solo pasional. Había algo más profundo, una traición.

Pensó en el silencio nervioso de su hermano Oscar, quien odiaba a Gabriel desde que lo había echado de la bodega. En ese momento, lo vio acercarse con timidez. Había llegado poco después que ella.

Sin decir palabra, dejó en su bolsillo un papel escrito: “El amor no se mendiga… y la venganza se sirve con vino tinto”. Elena reconoció la letra. Todas las pistas apuntaban a su propio hermano. Ahora debía decidir hasta dónde llegaba su lealtad.

Sonia Fernández
Sonia Fernández, escritora y miembro de la Policía de Mendoza.

Sonia Fernández, escritora y miembro de la Policía de Mendoza.

Acerca de la autora: Sonia Fernández

Sonia Fernández es una escritora nacida en Mendoza. Actualmente es miembro de la Policía de la Provincia de Mendoza. Es miembro integrante y colaboradora del Taller de Escritura Creativa Vendimiadores de Letras (Tupungato) desde el año 2023. Es autora del libro de cuentos Efecto visceral (2024). Participa de antologías de escrtitores. Recibió una mención de la Honorable Cámara de Diputados de la provincia de Mendoza. Es aficionada a la fotografía y al cine y narradora innata de ideas, emociones y cuentos.

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