La bailarina. Osvaldo Chiavazza
La Bailarina, obra de arte de Osvaldo Chiavazza.
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“En los 90 comenzamos a comprar obras de artistas de Latinoamérica y de Argentina, pero no de Mendoza”, recuerda. El giro llegó en el año 2000, en una visita al taller de uno de los referentes locales más importantes en cuanto a artes plásticas, que parece menor pero terminó siendo decisiva.
“Alguien me llevó al atelier de Antonio Sarelli. Ahí lo conocí, me mostró sus obras, y le quise comprar ese cuadro azul que ahora está en la galería”, cuenta. La obra formaba parte de una serie más amplia, una “cosmogonía de 10 o 12 cuadros”. Pero la obra no estaba a la venta.
“Me acuerdo que me dijo: ‘La verdad que no tengo muchas ganas de venderlo’. Costó 10 mil pesos, que en esa época eran 10 mil dólares. Me dijo ‘llamame mañana’. Lo llamé y me dijo ‘está bien, te lo voy a vender’”.
Ese episodio marcó no solo la primera compra de un artista mendocino, sino también el inicio de un vínculo más profundo con la escena local. “Nos empezó a gustar mucho lo que es la pintura mendocina”, sintetiza.
A partir de ahí, la colección creció sin un plan rígido, más bien como una acumulación sostenida de encuentros, descubrimientos y decisiones intuitivas. “Fuimos conociendo artistas, nos fuimos metiendo, fuimos comprando. Siempre estamos viendo qué comprar”, dice.
Universo. Antonio Sarelli
La obra de Antonio Sarelli, Universo, fue la primera de la colección mendocina.
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En ese recorrido aparecen nombres como Carlos Alonso —de quien, dice, tiene “10 u 11 obras”—, además de otros referentes como Rigattieri, Chiavazza o Rosas. Pero lejos de pensar la colección como una inversión, Llambí insiste en otra idea.
El vicio de disfrutar del arte
“De las 120 y pico obras que tenemos, nunca vendimos ninguna. No le hemos hecho negocio. Es por placer”, afirma. Y remata con una definición que se repite: “El arte es un vicio”.
El problema, admite, es logístico antes que conceptual. “Siempre te quedás sin paredes. Terminás guardando cuadros en un cuarto y los vas cambiando, porque si no no los ves”.
Pérez Celis
Obra sín título perteneciente a Pérez Celis.
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Ese límite físico fue, paradójicamente, el disparador de la galería. No hubo un plan estratégico ni una decisión institucional. Hubo un espacio vacío y una idea práctica. “Cuando nos mudamos al local de la calle Belgrano, había un pasillo largo donde no podíamos poner nada. Y a mi señora se le ocurrió: ‘¿por qué no ponemos acá los cuadros?’”.
La propuesta no sólo resolvía un problema de espacio, sino que abría otro escenario: compartir una colección que hasta ese momento era esencialmente privada. “Me pareció una buena idea. Están ahí hace 4 o 5 años y siempre estuvo abierta al público. Lo que pasa es que la gente no va”, admite y aclara: “A mí no me molesta que entre gente que no tenga nada que ver con el negocio”, aclara.
Mujer Ornamentada IV. Roberto Rosas
Mujer Ornamentada IV, de Roberto Rosas
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Incluso el recorrido está pensado para un público amplio. Cada obra cuenta con un código QR que permite acceder a información sobre el artista: formación, premios, trayectoria. “Es bastante didáctico”, explica.
El objetivo no es solo mostrar, sino generar algún tipo de vínculo, aunque sea inicial. “Tenemos personal que, si bien no es experto en arte, está capacitado para dar una pequeña charla sobre cada obra”.
La creación conceptual de la muestra
La muestra actual, curada por Daniel Rueda, propone un recorte dentro de la colección que no responde a una línea temática única, sino a la convivencia de lenguajes, estilos y épocas. Pero más allá del criterio curatorial, el núcleo sigue siendo el mismo: compartir.
“Está siempre y va a seguir estando”, dice Llambí sobre la galería. “Ahora con esta promoción a lo mejor la gente se anima más a ir”.
En paralelo, aparece otra idea en desarrollo: la posibilidad de impulsar a artistas jóvenes. No desde un rol de experto, sino desde la experiencia acumulada como coleccionista.
Renoir y la modelo en el jardin. Carlos Alonso
Renoir y la modelo en el jardin, de Carlos Alonso
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“Yo le compré el primer cuadro al hijo de Chiavazza. Me acuerdo que se lo pagué mil pesos. Después fue a Japón, siguió pintando, tiene pasta”, cuenta. Sin embargo, reconoce que detectar nuevos talentos no es sencillo. “No es tan fácil, por lo menos para mí. No conozco tanto”.
Por eso, la propuesta que evalúan apunta a algo más estructurado. “La idea es armar una especie de ‘Premio Nix’ que incluya, por ejemplo, un viaje a Florencia, para que el artista vea mundo y se empape un poco más”.
Bañándose en el río. Juan Carlos Castagnino
Bañándose en el río, de Juan Carlos Castagnino, es una de las obras de artistas nacionales.
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La intención, dice, es un gesto puntual. “Hacer algo que trascienda”.
Mientras tanto, la galería sigue ahí, en horario corrido hasta las 18, con entrada libre y una lógica que escapa a lo habitual. No responde a la dinámica del mercado del arte ni al circuito institucional. Tampoco busca convertirse en un espacio de validación. Es, en todo caso, la extensión de una práctica privada que decidió correrse un poco hacia lo público.
La mirada curatorial marca una escena artística en movimiento
Daniel Rueda, gestor cultural, marchand, consultor de arte mendocino y responsable de la curaduría de esta muestra, prefirió alejarse de la lógica cerrada y eligió trabajar desde una idea más inestable y, al mismo tiempo, más representativa de lo que ocurre en el arte mendocino: la convivencia.
José Llambí Daniel Rueda
José Llambí junto al curador de la muestra, Daniel Rueda.
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“La muestra presentada reúne obras de distintas épocas y lenguajes en un mismo espacio, donde cada pieza conserva su autonomía pero activa un diálogo con las demás”, explica. En ese cruce, agrega, “no hay una línea única: hay contraste y convivencia”.
Esa decisión responde tanto al carácter de la colección como a las condiciones concretas del lugar. “El recorte está condicionado por el espacio y por la lógica de la colección del Llambí”, señala Rueda. El foco ya no está únicamente en las piezas exhibidas, sino en el sistema que las rodea. “Coleccionismo, producción y circulación aparecen así como partes de un mismo sistema”, sintetiza.
La muestra no funciona solo como una exhibición de obras, sino como una especie de mapa parcial de la escena artística local, donde conviven distintas generaciones, trayectorias y modos de producción. En ese esquema, algunas piezas funcionan como puntos de referencia más claros. “Una obra de Antonio Sarelli funciona como eje”, detalla Rueda, mientras que “trabajos de Roberto Rosas y Carlos Alonso aportan referencias centrales”.
José Llambí
José Llambí, coleccionista y amante del arte.
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A partir de ahí, la lectura se expande hacia otros nombres que complejizan el conjunto desde distintas perspectivas. Artistas como Florencia Aise, Lucía Arra, Andrea Bécares, Osvaldo Chiavazza, Diana Córdoba, Viviana Herrera, Guillermo Rigattieri, Enrique Testasecca y Verónica Valenti aportan miradas que, sin necesidad de coincidir, sostienen esa idea de escena en movimiento.
“La muestra no busca cerrar un relato”, insiste Rueda. Y en esa negativa aparece, en realidad, su principal definición curatorial. “Busca señalar una forma de construcción: una escena local activa, en permanente transformación”.