Convocatoria de Los Andes: dos relatos breves de Viviana Baldo

En uno de los relatos, bajo la mirada de un niño, una necesidad puede parecer un peligro. En el otro, el ahogo puede tener diversas caras.

Ballena de plástico

La fragancia era la misma que ahora, Dufour. Perfume barato, de supermercado, de estación de servicio. Ignacio la olió por primera vez en la casa del parque detrás del muro, donde su mamá planchaba ropa algunos días en la semana. En ese tiempo no había prestado atención sobre quién lo portaba; para él era solo un perfume refinado y demasiado caro, que nunca podría usar. Sabía que a su madre le encantaba tanto como su dueño; pero esas eran cosas que los niños no debían hablar, al menos no para dar su punto de vista, aunque la situación lo influyera directamente.

Desde que murió el marido, su madre no tuvo más opción que trabajar de lo que se presentara. Sin escatimar quehaceres ni tiempo, pasaba muchas horas lavando ropa, planchando, limpiando varias casas de la ciudad. Nacho era demasiado pequeño para quedarse solo en casa y, como no había quien lo cuidara, acostumbraba a acompañar a su madre y ayudarle en las tareas más livianas. Eso ocurría en todas las viviendas, menos en la de Don Manuel. Allí, su propietario, que se hacía llamar “tío”, no aceptaba que un niño trabajara, por lo que siempre lo esperaba con galletas, jugo y un partido de ajedrez a disputarse, para entretenerlo todo el tiempo que la mujer necesitara. El juego a menudo se tornaba aburrido porque el tío no le prestaba demasiada atención a las piezas; sus ojos más bien iban y venían por toda la casa observando las piernas de la empleada, quien, distraída e inmersa en la preocupación de conseguir un poco de dinero para los gastos, no se percataba de la situación. Ignacio miraba de reojo y veía. Él sabía, como saben los niños, que hay cosas de grandes que no pueden explicarse porque no se entienden, pero existen; y también sabía, que ese hombre no era su tío y no tenía buenas intenciones.

Una siesta de verano, Manuel ofreció al pequeño refrescarse en la piscina olímpica del complejo. Hasta le dio una bata como usaban los grandes. El niño estuvo apenas cinco minutos sumergido y recordó que en la sala había una ballena inflable con la que podía entretenerse; salió a buscarla, abrió despacio la puerta mojando a su paso el piso recién encerado, buscó sobre el mueble y no la encontró. Pasó por el living y tampoco estaba allí; en su lugar, había un cable de televisión que se llevó para conectarlo luego. Un murmullo en la cocina lo distrajo y al asomarse observó al tío empujando a su madre sobre la mesa, boca abajo, en una situación que no comprendió.

Sin dudarlo, ante los gritos de la mujer, saltó sobre la espalda del hombre y se aferró a su cuello. Manuel dio un giro sacudiéndose para desprenderlo, pero el niño más se aferraba a la carne, hundiendo sus pequeñas manos en el pescuezo. Cera y agua no son la mejor combinación para moverse apresuradamente, por lo que el tío resbaló y cayó hacia atrás por el peso de la criatura.

Un golpe en seco en el filo del escalón fue suficiente para una agonía mínima. Ignacio alcanzó a saltar con la agilidad de la infancia y corrió a abrazar a su madre que todavía lloraba sobre la mesa emanando un exquisito perfume impregnado en su piel, y en la memoria de su hijo para siempre.

Al límite

Veinticinco minutos tenía de demora la ambulancia y el aire se acababa. Los minutos apretaban los poros en la tráquea agonizando cada latido. Los masajes en la espalda no alcanzaban; como tampoco era suficiente el vaporizador a toda potencia oxigenando el ambiente. Las inhalaciones profundas no llegaban a llenar sus pulmones y la vida se le iba escurriendo en los ojos desorbitados e incandescentes. Habían pasado diez minutos desde que hicieron el pedido y fueron eternos. Un silbido agudo hundía el pecho e inflaba el estómago que apretaba con fuerza la costilla. Otra inhalación desesperada, no le quedaba aliento para moverse. Inspiró fuerte y aguantó, como quien sostiene arena en un puño. Apretó fuerte sus manos sobre la cama y levantó los hombros al tiempo que volvía a tomar aire. En su desesperación había olvidado exhalar y era imposible que el espasmo cediera.

—¡Por favor! —alcanzó a decir cuando exhalaba el último suspiro.

A lo lejos, sonaba una sirena abriéndose paso.

—Ya no hay nada más que hacer —dijo Claudia extendiendo la mano—. El mate está lavado y no queda yerba. Me descompone tomarlo así.

—Si me pagan hoy, compro —afirmó Abel continuando el ritual.

Se levantaron tarde de la siesta porque la sobremesa se extendió demasiado. Había muchas cosas de qué hablar y era ese el momento propicio. Durante la mañana, el jefe de familia recorrió cada negocio de la ciudad entregando su historia de vida, con la sana intención de que a alguien le interesara saber los años que invirtió en asistir a la facultad de noche, mientras en el día paseaba perros, repartía cartas y hacía mandados a las ancianas de la cuadra, para obtener la Licenciatura en Comercio de Bienes Muebles e Inmuebles. Caminaba por la vereda con la esperanza trepada en el hombro, como quien se da una vuelta por la plaza y divierte a los niños, como quien seduce a la novia una tarde de sábado. Ágil su paso daba vueltas de un lado a otro, cruzaba calles, saltaba puentes, iba y venía; aunque más de una vez solo venía. Se terminaban las fotocopias y se agotaba también la resistencia al sol y al cansancio. Pesaba el compromiso asumido aquel 9 de noviembre, cuando dejaba impregnada en tinta su palabra de intentar una eternidad que se proyectaba carente de todo. Un sí impensado y sin reflejos lo había convertido en eso que intentaba no mostrar; en esa especie de cacharro mal soldado y sin brillo. Cuando se creía solo; cuando el silencio se instalaba al costado de su propia voz y los pensamientos arremetían sin permiso en la cabeza, pensaba hasta dónde fue necesaria aquella gesta heroica de prometer un amor sin final. Se consolaba mirando a los pibes en los ratos de juegos y de paseos en el parque, o se acomodaba en las tardes frente al televisor sumergido en otras vidas.

La yerba estaba cada vez más cara y era imposible comprarla. Aun así, se autoconvencía de que valía la pena la inversión; era como animarse a desafiar a la suerte y a la monotonía de los días sin esperanza. Era atreverse a seguir.

Respiró hondo y contuvo el aire. Le pasó la mano por la cabeza a Claudia y dijo:

—¡Por favor!

En la esquina, abría sus puertas el negocio de ramos generales.

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Sobre la autora: Viviana Baldo

Viviana Baldo nació en la ciudad de Guaymallén y está radicada en Maipú, Mendoza. Profesora en Lengua y Literatura, Gestora Cultural, directora editorial. A lo largo de su carrera literaria recibió distinciones, premios y reconocimientos entre los que se encuentran: “Plaqueta Literaria” (UNC), “Reciclando Letras” (SADE), “Embajadora de la Palabra” (Fundación César Egido Serrano de Madrid - España), “Premios Atrezzo y Reina del Plata” (Año 2021-2022). Sus obras: De mi alma a la tuya, Guiso de lentejas, Tayel, Rumores de acequias, Palabras para mí, Si te atreves a volar, Vicky, Aquí y ahora, Mundos de papel. Además, ha participado en numerosas antologías a nivel nacional e internacional. En la actualidad, Baldo promueve un proyecto sobre Comunicación Asertiva, orientado a la alfabetización emocional, Talleres de Expresión escrita en formato presencial o virtual, donde se incluye la accesibilidad literaria.

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