Convocatoria de Los Andes: La joya, un cuento de Beatriz Cano

Una muerte y la cercanía de otra, en un contexto de pobreza, impulsan al protagonista a buscar ayuda. Pero lo que hallará en esa búsqueda serán secretos que no debía conocer.

Apenas estábamos transitando el impacto de la repentina muerte de mamá, cuando tuvimos la noticia de la enfermedad de mi padre, después de la visita con el doctor: un cáncer terminal.

La muerte parecía una pesadilla de la que no podíamos despertar.

La casa donde vivíamos estaba situada en un valle verde. Era como un gran hongo. Para llegar al hogar teníamos que hacer diez kilómetros. Por momentos, el camino parecía interminable, aunque la sombra de los cipreses nos resguardaba del estío pesado.

Yo pensaba en por qué nuestra vivienda estaba tan alejada de todo, por qué no se encontraba ni un pedazo de vida cerca, ni escuela, ni negocios, ni chicos para jugar, ni padres, ni iglesia. Nada.

Esa mañana, mi papá me dijo que no me preocupara por la medicación, que hablaría con Renata, una vieja amiga de mi difunta madre, que ella siempre encontraba soluciones para todo.

De todos modos, yo tenía mis propios planes. Mi mamá ya no estaba y no quería quedarme sin papá.

Lo primero: buscar la joya y luego venderla, y así poder comprar los medicamentos de los que el médico me advirtiera el costo.

Encontrar la valiosa joya fue más fácil de lo que había pensado. La guardé rápidamente.

Amaneció y ya estaba Renata atendiendo a papá, creo que hablaban de la alhaja. Ella lo felicitaba por lo valiente que había sido al quedarse con eso. Cuando se percataron de mi presencia, sagaces, cambiaron el tema.

Entonces le recordé las indicaciones a la mujer y le dije que en la tarde estaría de regreso.

Tenía pensado ir directamente a buscar al tío que nunca conocí: el hermano de mi papá. Sabía por Renata dónde vivía y que no era pobre como nosotros.

Quizás él podría ayudarme con el dinero para los remedios.

Aquella mañana, el sol derretía hasta las piedras que adornaban la placita, tan humilde como yo. Aunque me sentía raro, hasta que divisé un almacén de ramos generales.

Me acerqué y pregunté a un hombre que estaba detrás del mostrador. Tuve suerte, él me indicó como llegar.

Finalmente lo logré. La mansión quedó frente a mis ojos. “Maravilla de casa”, pensé. “Ojalá él pueda ayudarme, es la única esperanza. Dios, tírame una mano por favor”, repetía y repetía.

Cuando llamé, me atendió un señor vestido de negro y yo me pregunté si estarían de duelo, no dije nada.

El empleado me preguntó si yo tenía cita con el patrón. Le respondí que no, porque era el sobrino del jefe.

Me miró fiero y dijo que preguntaría, que esperara sin moverme de allí.

Estuve como una planta hasta el mediodía. Me dije que seguro me invitaría a almorzar y no sé cuántos pensamientos más volaban por mi mente.

Cuando el hombre por fin apareció, me invitó a que lo acompañara.

Yo observaba con asombro esa casa blanca, inmaculada, y me miraba en los vidrios. Todo era increíblemente bello.

Lo seguí hasta una habitación. El empleado me dijo que ingresara.

El tío estaba de espaldas, cómodo en un sillón. Lo saludé, él no respondió. Sin mirarme, me preguntó qué buscaba allí. La voz era grave y daba un poco de temor.

Le dije: “Soy el hijo de su hermano”. “Yo no tengo hermanos”, respondió.

“Señor, él está muy enfermo, necesito que me ayude. Tengo una joya para vender porque él necesita urgente una medicación de mucho valor”.

En ese instante volteó el rostro y me pidió la alhaja. El tío rico era el calco de papá. Entonces, le mostré el tesoro. Se levantó del sillón como un relámpago y dijo: “¡Cómo te atreves!”.

Me dio un golpe. Muy fuerte. Me lo aguanté. Le dije: “Yo soy hombre también”.

Gracias a Dios se calmó.

“¿Qué sabés vos de esa alhaja?”, me gritó.

Le dije la verdad, que yo solo había tomado lo que mi padre tenía de valor para vender y poder comprar el remedio, y que eso era todo.

“Oíme, mocoso, cuando tu padre se fugó con la que era mi prometida, se quedó también con esa joya que yo le había regalado a la mujer que hubiera sido mi esposa. Decís que él está muy enfermo, entonces es verdad: hay un Dios y hace justicia. Ahora un empleado te acompañará a la puerta. ¡Fuera de mi vista!”, gritó.

Camine por el pueblo como un sonámbulo. Pensaba en el sufrimiento de mamá y en las palabras rencorosas del tío.

Siempre me sentí preso y lejos de todo. Me arrebujé en un banco de la plaza. A esa hora no volaba ni un triste pájaro y yo, con las manos vacías.

*

Aquella mañana caminaba por el pueblo pensando en el ayer, triste pasado.

Me senté en un banco de la plaza, ahora tan distinta, florida y de colores vivos, donde los niños podían disfrutar de juegos, con una cascada donde el agua fluía de mil colores.

Mi padre vivió varios años tras el tormento referido a la salud.

Renata era como una maga. Ella conseguía lo difícil y gracias a esa mujer él pudo tener los medicamentos, que eran bastante costosos, y así logró pasar los últimos años más tranquilo.

Unos instantes antes de fallecer, mi papá me había confesado un secreto que lo tenía muy bien guardado. Dijo que mi tío, el rico, era mi verdadero padre.

Después de esa confesión, que lanzó como una flecha la persona que yo creí mi papá, solté una carcajada y luego lloré como un niño al que le habían quitado un juguete.

Luego de los dichos, que me dolieron, cavilé aturdido, desolado, frágil y perdido.

Después de lo ocurrido la primera y última vez que visité al supuesto tío, sabía que sería difícil presentarme otra vez ante él.

Aunque lo hice igual. Y se negó a recibirme. Y yo de rabia le dije al empleado que yo era el hijo del patrón. Salí corriendo, pensando que el otro iría como una luz a darle la noticia.

No sucedió nada de lo que yo imaginaba.

Entonces volví a mi hogar castigándome por haber vuelto allí, donde estaba esa tan mala y resentida persona.

Tan pronto y con mucho esfuerzo me olvidé del hecho, seguí mi vida.

Al año siguiente supe que mi verdadero padre había fallecido de un infarto.

Se le partió el corazón, me dijo Renata, con una sonrisa irónica. Aunque al escucharla sentí un vacío un tanto raro. No lo comprendía.

Sin embargo, a la semana siguiente, el empleado de mi papá fallecido se presentó con dos abogados. Venían por mi herencia. Me hice rogar, aunque igualmente cedí.

No obstante eso, pasé algunas noches desvelado, comencé a pensar en mi vida y lo nuevo que podría emprender: estudiar, mudarme, mejorar el pueblo, un sueño mío de siempre.

Que los nuevos visitantes fueran bien recibidos y con la certeza de volver.

Días después llegué a la casona. Fui directamente a revisar todo con la ilusión de encontrar la joya: quería poseer algo de mi madre. Pero no la encontré.

Entre tanto, mis sueños los cumplía con alegría: la escuela, la sala de primeros auxilios, la iglesia y así me regocijaba con buenos cambios que nos favorecían a todos los que habitábamos en el pueblo.

Asimismo, la empresa marchaba de maravillas con obreros trabajando a gusto en el lugar.

“Señor, señor, despierte, ¿qué le sucedió?”, me dijo un obrero.

Miré la hora: me había quedado dormido en el banco de la plaza.

“Escuchame? ¿Viste al anciano que estaba sentado aquí a mí lado?”, le pregunté al empleado.

“No, no había nadie, señor”, me contestó.

Me levanté muy lentamente del banco y descubrí que en mi mano tenía la joya.

Beatriz Cano autora

Sobre la autora: Beatriz Cano

Beatriz Cano nació el 5 de Mayo de 1963 en Mendoza. Narradora que recorre las escuelas de la provincia rescatando la oralidad. Participó de la antología Basta: Cien mujeres contra la violencia de género. Buscando perfeccionar su oficio, asiste al Taller de la Palabra coordinado por la escritora Mercedes Fernández. Para Beatriz, el hogar es su centro y la palabra su puente con la comunidad.

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