Convocatoria de Los Andes: La gata, un cuento de Juan Manuel Montes

Como parte de la convocatoria de Los Andes a artistas y autores, publicamos este relato enviado por este autor mendocino.

Siempre están ahí, las dos. En el sillón grande, junto a la ventana, como si la luz y el calor las buscara y no al revés. Mamá se sienta a tejer con la poca movilidad que le queda y la gata se le acuesta en la falda. Cruza sus manitas y cierra los ojos como si meditara. Cuando entro, las saludo. Mis pequeños monjes, les digo tratando de sonreír.

A pesar de sus años, la gata sigue teniendo cierta dignidad egipcia. Cierta silueta de esfinge en su rincón de luz sobre las piernas huesudas de mamá. Ella se queja: dice que le hace doler las venas y yo le pregunto: ¿Cómo sabés que te duelen las venas? Pero no me contesta. Mueve a la gata que apenas maúlla y se frota los muslos.

Las miro desde la cocina. Hasta hace unas semanas, la gata siempre venía y se echaba junto a la puerta del horno. Yo tenía que andar esquivándola, como saltando charcos cada vez que buscaba algún condimento, pero ya no. Ahora solo espera como una antigua diosa a que le lleve algo de pollo desmenuzado que pueda masticar. Mamá tampoco come. Todo le cae mal, los remedios le revuelven el estómago. El oncólogo ya me había advertido que las pastillas le iban a producir desde nauseas hasta mareos, pero que, por lo menos, le iban a quitar el dolor.

Voy hasta el rincón de luz y le paso un plato hondo con un poco de Vitina a mamá. Tomá, se lo soplo. Tené cuidado que está caliente. La gata no se mueve, estos días, se ha convertido en algo un poco más que un peluche que veo aparecer.

Agarro a la gata, que se deja cargar como una bolsa de pan tibio. La dejo cerca de su plato, huele el pollo, lo tantea con su nariz ciega. Mastica despacio, de costado, con sus dientes sanos. Este invierno ha perdido mucho pelo. Es normal, me señaló la veterinaria, y me recomendó que no dejara de cepillarla. Lo hago con el cuidado de una restauradora, un par de veces por semana. Su pelaje ahora es blanco en la raíz y oscuro en las puntas, como niebla en la noche. El frío de sus casi veinte años le está borrando hasta el color.

Mamá tampoco se ha terminado su Vitina. Me dice que no quiere, que más tarde se va a tomar un té. Y eso es lo único que come: un té. Un té en el que disuelvo algo de proteína en polvo. Pero tampoco se lo termina. Toma un par de sorbos y se cansa. Se duerme sentada, o parece dormirse. Son los remedios, pienso, los remedios que por lo menos le quitan el dolor.

Le toco el hombro. Mamá se asusta, como siempre que la despierto. Andá a dormir a la cama, pero no quiere irse, que está bien ahí, que en la cama tiene frío, y que estar acostada le hace doler las venas.

La dejo dormir al sol, como una planta que se seca.

La gata volvió a sus piernas y retoma su posición de monje.

Las miro.

Las miro y sé que no puedo hacer nada. Las miro y no puedo hacer nada más de lo que torpemente hago.

Una hora más tarde, le vuelvo a tocar el hombro a mamá. Y la escena se repite: se asusta. Sé que son las pastillas que la confunden, pero cada vez que me mira sin comprender qué está pasando, los pulmones se me estrujan hasta la garganta.

Vamos, ma, le digo como si fuera mi hija. Dejá que te ayudo a ir a la cama. Ella asiente. Antes de levantarse, muevo a la gata y la siento sobre el almohadón. Ni siquiera abre los ojos, como si el mundo no se hubiera movido.

Acompaño a mamá. La espero, detrás de la puerta del baño, por las dudas. Después la sostengo y ella arrastra las pantuflas hasta la habitación. Abro su cama y la tapo. Hasta ahí no más, siempre me dice. Es que me asfixio, me repite. Yo le doblo la sábana cerca del cuello y ella acomoda sus hombros.

Ma, nos vemos mañana. No me responde, sé que casi no me escucha. Son las pastillas. Entorno la puerta, con la medida exacta, para que no entre tanto frío, pero también para poder escucharla si algo sucede.

En la sala, busco a la gata que sigue como un adorno de pelos sobre el almohadón. La levanto, y se deja llevar hasta mi cama. La acomodo en los pies mientras me acuesto y luego la acerco a mi pecho. La tapo con su mantita de polar y le hago un nido entre mis brazos.

La gata duerme. Yo duermo. O lo intento. Hasta que la siento revolverse.

Tose, tose como asmática, tose como si quisiera vomitar una espesa bola de pelos. Su pecho sube y baja. Sube y baja. Sube y baja ronco. Sin aire. Corcovea con fuerza como un animal salvaje hasta que escupe sangre. Sobre la mantita de polar. Se deja caer de costado. Respira con dificultad. Sin fuerzas. Me mira con sus pupilas enormes. No me enfoca.

Sé que es inútil llevarla corriendo al veterinario. Sé que todo es inútil. Ya casi no respira. Pienso que quizás le duele. Apoyo la palma de la mano sobre su pecho y apenas se infla. Estoy acá, le digo, estoy acá y no puedo hacer nada más que acariciarla torpemente. No puedo hacer nada más que esperar.

Unos minutos más tarde, ya no respira. Su pelo sigue siendo hermoso, blanco y gris como salido de la bruma. Sus ojos están cerrados y su expresión mantiene ese aspecto de monje. Dudo. Siento que, al levantarla así, todo será real. Aprieto mis manos inútiles y luego las abro, meto despacio mis dedos entre su pelaje y la colcha. La levanto como una ofrenda y también se deja llevar. Su cuerpo sigue igual de flácido como hace unas horas. La llevo a la sala y la acuesto sobre el sillón de mamá. Cuido que su cabecita no se golpee.

Vuelvo a mi cuarto y busco una caja de zapatos. Son los más caros que tengo, pero los tiro al piso. La caja es hermosa, color chocolate con dorado. La llevo hasta el sillón, la abro y hago una especie de colchón con discos desmaquillantes. La acomodo con delicadeza, como si cada movimiento pudiera rompernos. La gata se ve increíblemente pequeña, solo un círculo de pelos sobre un fondo de algodón. Me agacho y la beso. Le peino los mechones con la mano.

Gracias por todos estos años, le susurro sin dejar de acariciarla. Continúo diciéndole ternuras con la mano hasta que me seco un par de lágrimas. No sé por qué, pero me da cosa volver a tocarla con las manos húmedas, como si pudiera hacerle daño. Me siento tonta y niego con la cabeza: ya nada puede hacerle mal. Aun así, paso la mano por su lomo. Las gotas raspan apenas su pelaje. Como una lengua. Una lengua áspera de gato que todavía la lame.

Cierro la caja y prendo la luz de afuera. Salgo al jardín. Es de noche todavía. Hace frío y el vapor se condensa como bruma, blanco sobre negro. Agarro la pala de mano y me arrodillo entre las lavandas. La tierra es húmeda, pero conserva algo del calor del día.

Cuesta hacer un agujero tan grande como para que entre una caja de zapatos. Las uñas esmaltadas no resisten, pero no importa: sigo excavando. Al final, la caja hermosa entra completa. La apoyo en el fondo, y con mis manos sucias le dejo caer tierra como si juntara miguitas de pan sobre la mesa.

Me quedo un rato de rodillas mientras amanece. El olor a las lavandas me arropa.

Entro a la casa y me lavo. Me froto la frente, las mejillas, los ojos. La suciedad sale, pero la tristeza se queda callada.

Voy hasta la habitación de mamá. Abro la puerta y me acerco. Me aseguro de que aún respira. Duerme de costado como si nada hubiera sucedido.

Me desvisto y me meto en la cama. Es amplia y a ella, el cuerpo le ha quedado muy pequeño. Se asusta un poco cuando siente que mi espalda se acerca a sus manos. Con la voz pegada al sueño, me pregunta qué pasó. Nada, ma, tenía frío en mi cama, le miento. Me acerco un poco más. Está helada. Pero no me importa. Le agarro el brazo y hago que pase sobre mi hombro. Abrazame, le pido como una niña que tiene miedo del futuro. Abrazame, le repito con la voz en tiras. Y ella me abraza.

Me abraza con fuerza.

Me abraza con fuerza sostenida. Con la fuerza de una madre que sabe.

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