Convocatoria de Los Andes: "El tren y la montaña", cuento de Silvina Messina Mur
En el marco de nuestra convocatoria a artistas, la escritora mendocina comparte con los lectores de Los Andes uno de sus relatos, ambientado en el desaparecido Ferrocarril Trasandino.
Qué hermoso es el amanecer en la montaña, cuando el sol empieza a disipar el frío y el rocío revela el aroma de las jarillas. Alrededor de la pequeña estación de tren de Blanco Encalada la vida se empieza a despertar con mates, tortitas y ensaimadas. Una señora saca agua de la acequia con un palo largo que tiene una lata grande ensartada en la punta, y riega la calle de tierra con la esperanza de tener menos polvo.
A esa hora José González esperaba en el banco de madera frente a las vías, en la corta galería de la estación. Cuando escuchó el ruido de la máquina tomó su bolsa y se paró al borde del andén para no perder tiempo.
Subió al tren, buscó un asiento solo y se acomodó al lado de la ventanilla. No le costó encontrar lugar, unas cuantas personas bajaron en la estación. Habían quedado una señora mayor dormida y un hombre elegante de sobretodo, sombrero y bufanda. Nadie más.
Trató de calmarse, no quería llamar la atención. Como todo equipaje llevaba un paquete envuelto en un papel de estraza, ajado y manchado, dentro de una bolsa de arpillera con remiendos. Estaba convencido de que había hecho bien, nunca más lo humillarían por pobre. El objetivo era llegar a Chile y comenzar una nueva vida porque, como él decía, lo merecía.
Dejó escapar un suspiro de alivio cuando el coche empezó a moverse, se secó el sudor con la manga del viejo traje y se acomodó; intentaría dormir un rato. El paisaje empezó a tomar velocidad. El río viajaba en sentido contrario, ruidoso y turbio, a medida que se acercaban al túnel El Caletón.
El traqueteo del tren lo adormeció y la bolsa comenzó a deslizarse. Se despertó sobresaltado, no podía soltar y mucho menos perder el desprolijo paquete. Terminó cayendo al piso cuando vio a la anciana sentada a su lado. ¿En qué momento se cambió de lugar?
Cuando entraron al túnel se hizo silencio y oscuridad absoluta. No entendía de dónde salía la luz que hacía brillar los ojos de la mujer. Ella le habló como si lo conociera:
—Hola, José, quería avisarte: eso que tienes ahí gotea y huele mal —dijo con voz de dulce abuelita, pero con ojos de vieja bruja.
José levantó la bolsa lentamente sin dejar de mirar a la señora. Cuando la tuvo frente a sus ojos, vio unas diminutas gotas de sangre deslizarse por la arpillera. Quiso preguntar cómo había podido ver las gotas desde cinco asientos de distancia. Pero ella ya no estaba.
Como una explosión de luz y ruido, el tren salió del túnel.
Ciento diez metros sin sonido, ciento diez metros de oscuridad que se sintieron como kilómetros detenidos en un vacío. Se obligó a pensar en otra cosa. Volvió a apoyarse en la ventanilla; las retamas que vivían del río todavía tenían flores y las rosas mosquetas empezaban a florecer. Por un momento sintió paz, pero le duró poco: estaban cerca de otro túnel.
Quiso borrar el pensamiento. La vieja bruja seguía durmiendo y el hombre del sombrero permanecía inmóvil. ¿La bolsa? Limpia, no tenía nada. Se aferró al envoltorio con sus cinco dedos: dos en la mano izquierda y tres en la derecha. El resto los había perdido en un accidente con dinamita mientras construían el ferrocarril. José se decía a sí mismo que no era su culpa; todos tomaban mucho para calentar el cuerpo en la montaña, además nadie murió en la explosión. Después lo despidieron pagándole una miseria. No era justo.
Tomó aire y cerró los ojos al entrar al túnel. Este era más largo pero recto; podía ver la salida. Tal vez fue un error cerrar los ojos. El silencio, la oscuridad y la sensación de que el tren no se movía volvieron a pasar. El hombre del sombrero estaba frente a él.
Lo reconoció enseguida: el inglés, el que lo había despedido injusta y miserablemente.
—¿Injustamente? No lo creo —dijo el hombre en un castellano mal pronunciado, respondiendo a sus pensamientos.
—¡Maldito inglés, no puedes estar aquí! —gritó José, abrazando con fuerza su paquete—. Esto me pertenece, me lo gané —dijo casi con un gruñido.
—En realidad perdiste, borracho matón, mal perdedor —el hombre se quitó la bufanda dejando ver el cuello de la camisa totalmente roja de sangre y costras negras en la piel—.
Un relámpago de memoria lo golpeó: la explosión, el alcohol, el despido; la noche en Cacheuta, las apuestas, la pelea detrás del bar, la piedra que partió una cabeza y el olor a cuero del maletín en sus manos. No eran recuerdos, era su sentencia.
—¡Te maté, te maté! —repetía confundido y desesperado—. ¡Te maté, te maté!
Las carcajadas del inglés se perdían en el eco del vacío de oscuridad y silencio. La luz del sol volvió a aparecer, el ruido de los rieles le devolvió la conciencia. De tanto apretar el bulto mal atado se rasgó. Cientos de billetes se desparramaron por el pasillo y volaban por las ventanillas abiertas. Juntó lo que pudo y corrió hacia el fondo del vagón para alejarse de la aparición.
También estaba ahí, al final del tren. Desesperado intentó llegar a una ventanilla para lanzarse. La máquina se desvió violentamente, lanzándolo a los pies del inglés. Con pavor vio que iban a toda velocidad hacia el barranco.
—Tranquilo, González. Vamos a tu última estación.
Sobre la autora
Silvina Messina Mur tiene 56 años y escribe desde chica. Durante muchos años dejó la escritura de lado: primero por la vergüenza adolescente y después porque la vida fue ocupando todo el espacio. No se casó ni tuvo hijos por elección. "Amo ser tía fulltime", dice.
En noviembre de 2024 hizo un cambio importante. Decidió empezar a vivir de una manera más cercana a lo que realmente le gusta: viajar en casa rodante y escribir. Tomar esa decisión le cambió la vida.
Ese cambio le permitió reencontrarse con la escritura.