Está claro que Mendoza no es Orlando y los parques de diversiones de mi sur no tienen nada que ver con los del sur del norte. Igual tenemos nuestro entretenimiento que, aunque de menor calidad, las risas se asemejan bastante. Siempre aparecen en las vacaciones, tanto de invierno como de verano. Aquí se los conoce como “Jolivupar”. Dícese de la voz anglosajona “Hollywood Park” pronunciado en el inglés de Mendozashire. No importa qué empresa trajera el entretenimiento en el siglo pasado ni importa quién los traiga en éste, todas eran y son “Jolivupar”.
Verlos armados en la playa de estacionamiento del Centro Comercial me remonta a los ochenta, aunque en ese tiempo los montaban en terrenos baldíos. En aquellos felices días, avionetas surcaban los cielos con el altoparlante a todo volumen haciendo publicidad mientras lanzaban panfletos. Los vecinos más grandecitos me aseguran que también arrojaban entradas gratis, sin embargo, creo que me siguen agarrando para la joda como cuando era chico.
Los juegos que ha traído este año el Jolivupar me transportan sin escalas a mi niñez por varias razones. Primero, porque fueron parte fundamental de mi vida y el componente nostálgico siempre está. Segundo, Francia. Tercero, lucen igual que hace cuarenta años. Son una suerte de cápsula del tiempo.
Los autitos chocadores son igual de pedorros que antes e igual de divertidos, eso compensa. El barco pirata le hace honor al nombre porque cobrar entrada por eso es un choreo. El tren fantasma, aunque precario también, es lo más entretenido del lugar.
Párrafo aparte merece la montaña rusa. Más que montaña es una lomita. La contemplo desde afuera mientras me como un sánguche de milanesa evaluando si me da más miedo el chirrido de metales o la poca seguridad del coso. Los caños están repintados una y otra vez. Se nota en la capa gruesa de pintura y en los gotones secos que denotan que la tarea la realizó un empleado en negro a punto de renunciar. Tanta desidia me inquieta, si son desprolijos con lo que se nota, no me quiero imaginar con lo que no.
Igualmente, lo que me tiene intranquilo no es la estética sino un dato que supe unos días atrás y se me vino a la mente al tener el cerrito de hierro enfrente. Resulta que, mientras en “occidente” le decimos “montaña rusa”, en la Federación Rusa le llaman “montaña americana”. Seguramente, el origen lógico de tal curiosidad reside en que un bando le quiere echar la culpa al otro de las víctimas que pueda producir el nefasto jueguito. Los yankees culpan a los rusos y los rusos a los yankees. Bah, como siempre. Es la guerra fría llevada a los parques de diversiones.
Con todos esos pensamientos revoloteando, decido no subirme y preservar mi vida. No es cagazo sino geopolítica. De chico era feliz creyendo que la montaña era invención rusa. En la temprana adultez me habría alegrado saber que, en realidad, era americana. Ya maduro, la felicidad y la paz provienen de la neutralidad. Es lo que elijo a la distancia mientras me chupo los dedos con kétchup.
Me voy a hacer fila para comprar la entrada. Estoy intranquilo, desde acá no veo si trajeron el juego de la escopeta y los patitos, esos que, al igual que los míos, no están en fila.
Sobre el autor
Soy Dany Pacheco, tengo 49 años y me defino como escritor y documentalista. Mi relación con la lectura y la escritura viene desde el origen: todavía me veo de chico acompañando a mi padre a la mítica librería Pirámides para comprar las revistas El Tony y D’Artagnan. A día de hoy, cuento con quince libros publicados, un recorrido que atraviesa novelas, poemarios y varios ensayos cristianos de una etapa anterior de mi vida. Para este 2026, mi gran apuesta es publicar "Santa Temple", una novela basada en hechos reales sobre las Cruzadas, pero narrada desde un ángulo que, hasta ahora, nadie se ha atrevido a explorar. Mis libros se consiguen en Amazon pero, si te gusta hackear al sistema, mandame un mail a [email protected] y nos salteamos a los intermediarios.