Todo se rompe. Antes o después, todo se rompe. Los antiguos griegos decían que si un plato se caía y no se rompía estaba anunciando una desgracia. En ese sentido, a mi padre no le debería haber llegado nunca una desgracia, porque todo se le caía, e inevitablemente todo se le rompía. Platos, vasos, bandejas, ceniceros, botellas. Y esa vez fue un problema. Mi madre no se resignaba a que le rompieran sistemáticamente todo, en especial a ella, que era una coleccionista de objetos, objetos de esos que en general son de vidrio, o porcelana, o cristal, o cualquier material frágil. Pero el botellón de la tía bisabuela era su tesoro. Tenía al menos cien años, era de vidrio verde todo facetado como un diamante, y tenía una tapa que imitaba la lágrima de un dragón, reflejaba la luz como un prisma. Mi madre lo ponía en la mesa sólo cuando venían visitas. Por supuesto mi padre lo rompió. Milagrosamente, ese día mamá no estaba en casa. Había que ver la cara de mi papá cuando se sacó el gabán como si fuera la capa del Zorro, y en la volada arrastró el botellón de la tía, que cuando no se usaba estaba adornando una repisa de falso mármol en el recibidor. Se hizo mil pedazos, mil.
Mi padre se quedó inmóvil y mudo ante el desastre. Había vidrios por todos lados. Él no soltaba el gabán, que como si sintiera la culpa por lo que había hecho, se mantenía aplastado en su mano; había pasado de ser la capa del Zorro a convertirse en una especie de repasador usado. Me dio pena. Imaginé el escándalo que iba a armar mamá cuando volviera, y sentí piedad por mi papá. Entonces me puse a recoger los millones de pedazos de vidrio verde que se habían metido en todos los rincones, y mi papá inmóvil, con la vista petrificada en el suelo. “Vamos, papá, no es nada”, le dije, porque me dio miedo de que le diera una parálisis o una catatonia o no sé. Y él seguía con los ojos clavados en el suelo, entonces seguí su mirada y vi que debajo del montón de vidrios, donde el botellón había golpeado el piso de baldosas, había quedado una parte intacta. Lo que se diría el fondo de la botella, si hubiera sido una botella normal. En ese momento me vino a la mente una frase que me pareció muy adecuada para aliviar a mi papá, y dije “claro, con una base tan chiquita cómo no se iba a caer. Fijate, si el fondo es mucho más angosto que el botellón. Bueno, era”. Entonces mi padre se agachó, todavía tenía el gabán en la mano, y recogió el redondo fondo del botellón que ahora parecía la lente de una lupa o de un telescopio antiguo, como si lo hubieran cortado con tijera, tan perfecto había quedado.
“¡Papá, papá, soltá eso!”, le dije tratando de sacarle el redondo de vidrio verde de las manos porque me parecía alucinado, lo miraba como si tuviera algo adentro, o como si a través de ese vidrio estuviera viendo otra cosa. Lo apretó en la mano y sin contestarme se lo metió en el bolsillo del gabán, mientras me decía algo como “gracias”, o “que tu mamá no se entere” o “me voy a cambiar”, no le entendí, pero debe haber sido lo último, porque se fue a su pieza y no salió hasta muchísimo después, cuando yo lo fui a llamar para la cena, me asomé y vi que estaba tirado en la cama con la mirada fija en el cielorraso y el gabán había desaparecido, seguro que confinado adentro del ropero. Vino a la cocina y seguía como un zombi, tal vez por temor al ataque de nervios que le iba a dar a mi madre, que increíblemente no había notado la ausencia del botellón verde, y yo me había encargado de envolver muy bien los pedazos y de meterlos debajo de mi cama, para tirarlos al día siguiente en algún lugar muy lejos de mi casa cuando saliera para la escuela.
Pero todos estos temores y estos planes quedaron en la nada, porque ese día siguiente un ómnibus atropelló a mi papá y lo mató en el acto.
Pasaron montón de años, ni sé cuántos. Mi mamá no había querido tocar las cosas de mi padre y si se había dado cuenta de que faltaba el botellón de la tía bisabuela, nunca dijo nada. Había quedado demasiado abatida por la muerte de papá, así que cuando se enfermó y los hijos tuvimos que volver a la casa a hacer turnos para cuidarla, fui yo el que se puso a revisar entre tantas cosas viejas que habían quedado de mi padre y además las que durante los años de su matrimonio había acumulado mi madre. Había como para hacer diez ventas de garaje, si alguien se animaba a desocupar roperos, cómodas, cristaleras y cajoneras repletas de lo que se podría imaginar cualquier demente. Tal vez en los años en que mi mamá se había quedado sola en esa casa había perdido la razón y había llenado cada mueble y cada rincón con cosas y más cosas. La idea de poner algún tipo de orden o de catalogar semejante patrimonio me deprimió tanto que me pasaba las noches arriba de un sofá que habíamos puesto cerca de su cama. Como si hubiera podido dormir. Ella estaba inconsciente, o no, lo mismo tenía los ojos cerrados.
Fue una de esas noches cuando me puse a mirar adentro del ropero de papá. Allí estaba colgado desde hacía treinta años, o más. Porque desde la noche del botellón, el gabán no volvió a abandonar su percha, la temperatura había subido y cuando lo atropelló el micro mi papá tenía puesto el saco y un pulóver finito. Me acuerdo porque así lo vi en la morgue. Mecánicamente metí la mano en uno de los bolsillos, sabía lo que estaba buscando. Inmediatamente sentí el frío semitransparente del vidrio verde. Lo saqué con cuidado, como si semejante fondo de botella, que debía ser más grueso que una tabla de mesa, se me pudiera romper entre los dedos. Pensé en esconderlo para que no lo viera mi madre, y enseguida recordé que la única señal de que seguía viva era su respiración un poco ronca. Me dio tristeza, a lo mejor nunca preguntó dónde había ido a parar el botellón de la tía bisabuela porque habría imaginado que su marido lo había roto, y quién sabe, hasta puede haber pensado que él se tiró debajo de un colectivo para no enfrentar su rabieta. Igualmente había mantenido un luto de tristeza y mutismo de tres décadas, y una absurda veneración por todas las pocas y viejas pertenencias de mi papá.
Me volví a tirar en el sillón y escuché que el reloj de péndulo del living sonaba con tres campanadas. Levanté el vidrio redondo en mi mano izquierda y lo miré. En un primer momento sólo vi la pálida claridad de la habitación, iluminada únicamente por un velador apuntado justamente sobre el sofá para no molestar a la enferma. Pero un instante después me di cuenta de que el vidrio era mucho más transparente de lo que había pensado al principio, y a pesar de su grosor podía ver el cuadro que estaba colgado en la pared de enfrente. Las figuras de colores parecían moverse en el círculo un poco cóncavo que había sido el fondo del botellón. Bajé la mano y cerré los ojos. Debía ser el cansancio, la preocupación por mi madre, que no se moría ni estaba viva, algo que me oprimía la garganta y a lo cual no quería ponerle palabras. En mi mano izquierda el objeto seguía estando tan frío como cuando lo había sacado de su sueño añoso en el fondo del bolsillo del gabán de mi padre. Abrí los ojos y miré la pared frente a mí: no había ningún cuadro.
Respiraba con agitación. Volví a cerrar los ojos y apreté fuerte el vidrio helado con la mano izquierda, pero era como si los bordes se hubieran pulido al punto de volverse incluso algo blandos, es más, todo el objeto se sintió mórbido entre mis dedos. Me senté en el sofá y lo miré sobre mis rodillas. Era perfectamente redondo, el fondo de un botellón viejo, pero no, parecía más bien una lente antigua, por momentos una pupila maligna arrancada de un animal prehistórico. Levanté el vidrio ahora con las dos manos y apunté hacia la luz del velador. Miré a través y vi a mi padre, cruzando la calle en un día soleado, todavía joven y vestido con saco. De repente giraba la cabeza como si alguien lo hubiera llamado, y el ómnibus que le pasaba por encima. Cerré los ojos aterrado, o entristecido. Era tan cual me había imaginado la muerte de mi padre. Respiré profundamente y abrí los ojos. Mi madre seguía inmóvil, respirando quizá más ruidosamente, apenas iluminada por la luz indirecta del velador. Volví a levantar el vidrio y miré otra vez. Allí estaba mi madre, sola en la misma pieza, se despertaba o no, parecía que se movía con los ojos cerrados, pero no, los abría y empezaba a quejarse, ¿cómo no había nadie con ella? Se quejaba cada vez más fuerte y se agitaba en la cama, hasta que se sacaba la sábana y se tiraba al suelo, el golpe en la cabeza fue tan portentoso que no se escuchó nada más. Ni un ruido ni un movimiento. Bajé lentamente el vidrio y miré la cama de mi madre. Estaba igual, inmóvil, dormida o inconsciente, con los ojos cerrados y la respiración regular. No pude contener el estremecimiento que me subió desde las piernas. Levanté de nuevo el vidrio y lo puse entre mis ojos y la luz.
Ahora era yo. Camino por una calle desconocida y totalmente solitaria. Llevo un gabán semejante al de mi papá. Una sombra que se alarga desde detrás de mí y unos pasos que se acercan. Giro la cabeza y el terror. Empiezo a correr lleno de pánico. La respiración se me traba en la garganta. Escucho mis propios pasos en la vereda deshabitada y detrás escucho los pasos de mi asesino. Corro, corro. Y aprieto el vidrio verde en la mano.
Sobre el autor: Daniel Fermani
Daniel Fermani. Nació en Mendoza. Fue periodista de la agencia italiana de Noticias ANSA y profesor universitario. Ha publicado cinco novelas en Argentina, dos de ellas también en España. Sus obras teatrales están reunidas en tres volúmenes titulados Teatro para Teatralizar, y también ha publicado cuatro libros de poesía, uno de ellos en Italia. Desde hace casi tres decenios dirige la Compañía Experimental Los Toritos, que fundó en Roma y prosiguió su trabajo de investigación y puesta en escena en Mendoza. Escribe ensayos sobre teoría y pensamiento teatral, y actualmente sigue dictando clases de Historia del Teatro y del Arte en una escuela alternativa de Teatro. Desde hace tiempo ha establecido su morada en plena montaña mendocina.