Miraba por el ventanal que daba al patio, debajo del gran marco de hierro forjado, hecho por él, aunque eso no lo sabía. Observaba el marco con gran admiración, dejaba la vista clavada en las guirnaldas de acero, un poco oxidadas por el tiempo. A paso lento y sostenido por un andador, se dirigía a la parte de las bisagras donde un detalle tan sutil lo impresionaba más. Se sacaba de encima las amplias cortinas y con sus manos deterioradas lo tocaba suavemente. Luego miraba su dedo marcado por el óxido blando.
Después, cuando la estructura dejaba de ser una sensación, caminaba con su inquebrantable paso lento hasta el olivo de la esquina izquierda del patio, que ya para ese horario tenía las puntas de las hojas ocres, y en un ángulo ideal, se veía el sol escondiéndose en las montañas por los huecos de sus rígidas ramas. También era parte de su haber, de su abanico de creaciones, allá antes de la guerra cuando comenzaban a construir la casa. En este caso lo que más apreciaba era el olor, la manguera que bañaba su surco le daba a la tierra un olor inquietante para él, como de lluvia. Un olor que tranquilizaba sus espasmos y avivaba su imaginación, cuando pasaba largos ratos mirando el atardecer hasta que el sol desapareciera y recién ahí regresaba.
Se había olvidado de prácticamente todo, sin embargo, se estremecía al escuchar el ruido de las bocinas o los estruendos para navidad o el insoportable chillido del cajón del armario de madera de paraíso que estaba en el antebaño. De su cabeza con Alzheimer no podían marcharse Gran Malvina y Soledad, no dejaban de desgarrar su alma las caras asesinas y los rasgos de sus amigos que ya lejos estaban, esos que lo despertaban en las noches cuando aparecían en sus sueños y lo dejaban con la incertidumbre de no saber quiénes eran. Tan metida en sus entrañas estaban esas islas, que su hija lo obligaba a dormirse antes de las doce y sin ver televisión, porque se sumergía en un llanto de tristeza cuando el himno sonaba a medianoche. O la causa por la que siempre lo vestía con remera de mangas largas, para que no pueda verse las heridas que tenía en los brazos. Y tan avanzada estaba la maldita enfermedad que pensaba que mi mamá, su hija, era la empleada doméstica y yo, su nieto, el jardinero o a veces el cocinero, dependiendo del día.
Buenas. ¿Cómo está? –le pregunté cuando lo vi por primera vez en la mañana, antes de desayunar.
Acá estoy, un poco perdido se lo veía cabizbajo y los suspiros eran constantes. ¿En qué año estamos?
2022, abuelo ¿De qué no se acuerda? Cuénteme así lo ayudo me miró confundido, asustado, le temblaba el pulso.
¿Cómo me llamo? –su mirada no se levantaba.
Raúl, abuelo. Y yo soy su nieto, Bruno –respondí entusiasmado.
Yo no tengo hijos, ¿o sí? –me dijo mientras inspeccionaba todo su alrededor desconfiando de mis palabras–. ¿Quién sos? ¿dónde estoy? y de pronto comenzó a gritar desesperado, como si fuera víctima de un secuestro, tiraba todo a su paso y nos señalaba como si fuéramos criminales. Tratábamos de tranquilizarlo, pero no había caso.
Cuando pudimos calmarlo un poco, yo, en mi inexperiencia e inconciencia, seguí intentando hacerlo recordar. Me arrimé a su andador y en voz baja le dije.
Sí, tiene una hija, se llama Cecilia. Estamos en Mendoza, ¿se acuerda de Mendoza? insistí
Estuvo un rato largo, más de quince minutos, en silencio, desorientado y mirando a la nada, hasta que sus ojos chocaron con un retrato de mi abuela, después la misma dinámica hasta chocarse otra vez con el retrato y, después de repetirlo un par de veces, dijo:
En el Parque San Martín la conocí a Malena lo dijo como si hubiese estado pensando todo el tiempo en eso. Luego volvió a repetirlo con más euforia. Sí, en el parque San Martin la conocí a Malena. Como la del tango, ¿viste? la sonrisa ahora no cabía en su rostro, balanceaba su cabeza como si en su interior muchas cosas se removieran. Tenía un vestido de flores que le llegaba hasta las rodillas. No te miento si te digo que parecía como si las hortensias, o jazmines, no recuerdo bien, la olieran a ella y los rayos del sol le pidieran permiso. Se acomodaba el pelo y me sentenciaba, era tan bonita que hasta los sauces se alisaban, y yo en la vereda de enfrente la miraba con misterio, cuando sonreía se alargaban sus ojos claros, los párpados se quebraban. Sus pupilas se movían, asombradas por el paisaje, como si bailaran, dándole el toque de fantasía que le hacía falta.
Yo quería agilizar la charla, ya que de mi mente no salía la posibilidad de un nuevo ataque. Con avidez, curioseé.
¿En el mismo momento se dio cuenta que estaba enamorado?
Y lo que temía sucedió en cuestión de segundos, como un motor de alta gama. La risa se convirtió en rabia, como un sube y baja emocional:
¿Quién sos, nene? Ésta no es mi casa, sáquenme de acá gritaba desaforadamente y de nuevo me dejaba con gusto a poco y con nostalgia por su estado caótico.
Ya todo marchaba con calma en la casa, era de noche, aunque me daba intriga saber cómo se enamoraron mis abuelos. Sabía que no podía preguntar más, sobre todo por las órdenes explicititas de mamá. Estaba en el comedor, leía un libro y él dormía en su habitación como todas las noches después de ver su programa de humor de antiguas décadas. O eso creí porque, de entre las sombras del cuarto, escuché con distorsión.
¡Che, pibe! –me dijo casi susurrando.
Abuelo, ¿qué hace despierto a esta hora? –sin responder a mi pregunta, se echó a hablar.
Sentí en ese preciso momento que no existió ni existirá alguien como ella, sentí pena por la soledad y gracia por la muerte quedó en silencio y yo rogaba que no fuera otro de sus ataques, por fortuna no fue así. Luego de que falleciera, estuve tanto tiempo intentando olvidarla, de continuar solo, pero… me tomó la mano y mientras me miraba se descolgaba una gota que recorrió su cara hasta caer en la sábana no pude encontrar la forma de seguir mi vida sin ella –cuando pensé que el relato terminaba me dijo las palabras más dulces que escuché en mi vida–. Igual tranquilo, porque me preparé, tomé mis recaudos, no pensarás que me desprendí de mi amada así nomás.
¿Cómo? –pregunté con asombro.
Cuando me dijeron de esta enfermedad, ella estaba en sus últimos días, no paré de mirarla, de besarla, seguro la volví loca contándole otra vez las mismas historias de siempre. Pero yo sabía que tal vez en esa futura demencia sus recuerdos mantendrían viva mi memoria.
Bruno Infante
Bruno Infante Sanmicheli, escritor mendocino.
Sobre el autor: Bruno Infante Sanmicheli
Bruno Infante Sanmicheli nació en Mendoza el 21 de febrero de 2005. Sus estudios primarios fueron en la escuela 1112, Chacabuco. Posteriormente, en 2018, pasó al colegio secundario Ernesto Pérez Cuesta, donde es muy recordado, no precisamente por sus buenas calificaciones. Hoy es futbolista, metalúrgico y experto en hacer goles con la mano a la hora de escribir novelas y relatos. Publicó su primer libro ‘‘En la plaza del Once’’ en el 2025, con la editorial mendocina EDEL Ediciones. Fue entrenado literariamente por la escritora Fernanda Rodríguez Briz, forma parte de la antología ‘‘Mendoza Cuenta’’ (iniciativa de la escritora Viviana Baldo) y, al margen de su juventud, sigue tejiendo y picando historias donde la gente juega al tiempo, a la vida y al arte.