Convocatoria de Los Andes: Salomé, un cuento de Juan Bautista Correa

En este relato, el autor (ganador de un Premio Vendimia) narra la relación tóxica entre un hombre común y una mujer extremadamente sensual.

Mentiría si dijera que no estaba atraído hacia ella. Cualquiera que la conozca sabrá que era imposible no estarlo. En ese entonces ella salía con un probable socio de negocios y era el alma de toda fiesta donde se apareciera.

Pelo negro apenas ondulado, cara de porcelana, ojos de gata, la justa medida de un cuerpo esgrimido para enloquecer no solo al cuerpo sino también al alma. Lo suyo no era solo belleza: era la noción de la belleza y su carácter de herramienta.

La primera vez que la vi contaba una historia sobre alguien conocido. Era alguien con quien claramente había tenido algo, aunque no lo dijera en forma explícita.

—Es un boludo —terminó por decir—. Cometió el error enorme de enamorarse de su amante. Y el error todavía más tonto de sentir culpa por eso.

No hacía falta ser muy inteligente para entender que la amante en cuestión era ella. Nunca supe si la historia en cuestión era cierta. Como toda mujer inteligente ella jamás permitiría que algo tan aburrido y chato como la realidad arruinara una buena historia.

Lo importante no era eso, sino que a través de esa historia y su forma de narrarla me di cuenta de lo hipnótica que era. No tardé ni cinco minutos en obsesionarme por completo con todo lo que era ella. Y todo lo que no era también.

Nunca supe su verdadero nombre. Por ese entonces se hacía llamar Tamara, el primero de muchos nombres que le conocí. Todo en ella tenía una cualidad de misterio embriagadora y algo disparatada. La justa proporción que vuelve loco a un hombre.

A fines de los 90 había probado suerte en Hollywood. Supongo que es relativamente normal que la chica más linda de un pueblo de Kentucky o Colorado decida tener esa aventura. Pero no lo es tanto para una chica de González Catán con complejo de soñadora.

Su aventura terminó mal, en vista de que nunca habló más que unas pocas palabras en inglés. Terminó por cansarse de su amante de ese entonces, un promotor mexicano de boxeadores, y volver a casa antes de transcurridos dos años.

En otra ocasión, por ejemplo, ofició como masajista durante un par de veranos en la Riviera Monegasca. Lo curioso es que nunca supo hacer masajes, nunca tuvo la fuerza necesaria.

Tuvo muchas otras aventuras de ese estilo, demasiadas para listarlas aquí. Desde luego que la mayoría son mentira. No alcanza su corta edad para todos los años y veranos que enumera.

—La verdad es que el 90 por ciento de los hombres matarían a su esposa si tuvieran la garantía de salir impunes —la encontré diciendo después. Había entablado conmigo una conversación matizada con cigarrillos de tabaco negro y la única marca de gin que le gustaba.

—Nunca entendí por qué ensuciar algo tan trepidante y fantástico como el amor con un aburrido “para siempre” —remató con una risita calculadoramente ingenua. Había escuchado la palabra “trepidante” hacía poco y la usaba mucho en esos días.

Cabe decir que el probable socio de negocios nunca llegó a serlo. No hay hombre que no se sienta insultado cuando le roban a una mujer.

Con Tamara nos involucramos al principio con cierta resignación muy parecida al aburrimiento. Yo veía en ella apenas la embriaguez de su piel. Ella, no sé qué veía ella en mí. Pero gracias a Dios que lo veía.

En esos años estaba abandonando la belleza punzante y directa de la caprichosa adolescencia a cambio de una elegancia más reposada, hecha de detalles como su perfume francés y su buen gusto para vestirse.

Tenía estilo, tenía gracia. Incluso te hacía creer que tenía principios y escrúpulos. Nunca, en todo el tiempo que estuvimos juntos, mencionó a mi esposa o a mis hijos. No porque le importaran, sino justamente por lo contrario.

Tampoco solía mencionar muy a menudo a su propio esposo. Supe de su existencia unos meses después de conocernos.

—Mi osito es una persona especial —me dijo, con esa voz de nena caprichosa que ya empezaba a quedar fuera de lugar en su cara treintañera—. Nunca he conocido a alguien tan especial.

En ese momento yo ya estaba en mi peor estado febril. No podía dejar de pensar en ella ni un solo segundo. Cada minuto de mi día que podía permitirme lo pasaba con ella, en la circunstancia que fuera, asumiendo riesgos tontos y pasando a veces papelones imperdonables.

Sabía, desde luego, que había otros hombres en su vida. Estaba de acuerdo con eso mientras nunca supiera detalles de su existencia o su relación con ella. Pero saber que tenía un hombre fijo me enloqueció.

—Dejalo y casate conmigo —le dijeron mis celos antes de que pudiera controlarlos—. Yo puedo mantenerte mejor de lo que nunca va a poder mantenerte él.

Fue nuestra primera pelea fuerte. No porque se sintiera insultada sino subestimada. Su arreglo con su marido no tenía que ver con lo económico, si bien era cierto que la mantenía, y muy bien. Tampoco tenía que ver con el amor, desde luego.

Pero un fin de semana al mes y dos semanas de su verano de cada año estaban reservadas en forma tajante y religiosa para estar con él.

—Nunca voy a dejarlo. Mejor que entiendas eso.

Jamás lo conocí ni supe su nombre. O si sabía lo violentamente afortunado que era. No pude conocer tampoco la verdadera esencia de ese vínculo. En mi experiencia lo único tan fuerte como la conveniencia o la dependencia es la lealtad.

Después de eso no volvimos a mencionar a su marido sino de pasada, como un trámite molesto que hay que hacer de vez en cuando. Aprendí que mi posesión parcial era algo aceptable contra la idea asfixiante de no tenerla. Ella no tuvo que aprender nada. A esa altura ya debía de estar acostumbrada a esa chiquilinada de los celos.

A partir de entonces fue una relación distinta, más consciente de sí misma y de sus límites. Habíamos mostrado todas nuestras cartas antes de terminar la mano. Y eso hacía que el disfrute de nuestro tiempo juntos fuera más desesperado y verdadero.

Me encapriché con ella con una virulencia que solo puede llamarse obsesión. Mi vida social y mi matrimonio agonizaban. No me importaba. Todo lo que quería era que el tiempo pasara más rápido hasta que se hiciera la hora de verla, mostrándome irritable y esquivo con la mayoría de la gente.

Mi patrimonio también empezaba a mostrar primeros indicios de un problema. En mi afán de mantenerla obnubilada con el nivel de lujo que desplegaba para ella empecé a sacar dinero de mis negocios que no debía tocarse.

Viajes, hoteles de lujo, drogas, recitales, restaurantes de moda, joyas, ropa de diseñador. Nada era suficiente. Yo sentía que ella siempre estaba por aburrirse de mí y redoblaba la apuesta para que todavía encontrara conveniente estar conmigo.

—¿Estás tratando de impresionarme? —era el latiguillo que usaba cuando llegaba con una sorpresa para ella.

—¿Está funcionando?

Nunca respondía con palabras. Por mi parte nunca esperaba más respuesta que la que ella me daba: llevarme hasta la cama para otra sesión intoxicante de su piel.

Ella estaba en total control de mí. Y lo peor es que lo sabía. Podría haber hecho lo que quisiera conmigo sin que yo protestara.

Pero por alguna razón no se aprovechaba más de lo necesario. La mayoría de los regalos caros eran iniciativa mía. Quizás sentía lástima por mí. A mí no me importaba.

No diría que lo que yo sentía fuera amor. El amor suele tener un carácter de inocencia en el fondo. Resultaba imposible conciliar cualquier noción de inocencia con esa mujer infinita.

Obsesión tampoco termina de cerrarme para definirlo. La obsesión suele tener una connotación negativa. Si bien nuestra relación tuvo muchas repercusiones en mi vida no cambiaría ni una sola de las decisiones que tome. Nunca me he sentido tan vivo en toda mi existencia.

Dejemos entonces sin definir el sentimiento. Eso no es lo importante. Lo importante fue la tarde en la que llegó con cara preocupada a decirme:

—Necesito tu ayuda.

Saber que me necesitaba, que pudiera necesitarme, fue como un soplo de esperanza viva que entró a mi pecho como un vendaval. Respondí sin pensar, lo mismo que hubiera respondido si lo hubiera pensado:

—Lo que quieras.

Ella sonrió con una malicia que yo le conocía muy bien.

—Necesito arruinar a alguien.

—¿Arruinar a alguien? —pregunté, gesticulando mucho para que interpretara lo extraño del pedido. No me parecía un diálogo de la vida real.

—Arruinar a alguien, arruinarle la vida. Con todos los medios que sean posibles.

Yo nunca antes había arruinado a alguien. Había tenido enemigos, claro. Es imposible llegar a cierto nivel de patrimonio sin hacerse de enemigos. Y alguna vez había hecho jugadas para perjudicarlos, claro.

Pero arruinar es algo muy distinto. Arruinar a un hombre significa destruir su felicidad y cualquier esperanza futura de felicidad.

Es difícil convencer a la mente, siempre dada a la compasión. Incluso con mis enemigos mi odio suele terminarse en lo financiero o lo patrimonial. Arruinar es más personal, más profundo.

Pero por ella hubiera estado dispuesto a matar a mi esposa, a mi hermano, a quien fuera. Esa era la realidad. El impulso de compasión me duró apenas unos segundos.

—¿Quién es?

—Miguel Turnes.

El nombre no significaba nada para mí, ni para nadie de mi círculo social, eso era seguro. Podría decir de hecho, sin temor a equivocarme, que para la gran mayoría de la gente de la ciudad el nombre no significaba nada.

Lo confirmé después con simples averiguaciones: era un donnadie en todo el significado del término. Un laburante cualquiera de una empresita cualquiera sin más interés que jugar a la pelota dos veces por semana y comer un asado los domingos. Gracias a Dios era soltero y sin hijos. Las consecuencias de arruinarlo se hacían más llevaderas para mí conciencia.

También me aliviaba un poco que fuera un donnadie, porque cumplir mi objetivo no resultaba tan caro. Ya hacía un tiempo que me preocupaba bastante ese tipo de cosas.

Nunca le vi la cara, nunca lo miré a los ojos. Jamás supe qué hizo para ofender a Tamara con esa virulencia. Pero yo me tomé mi trabajo con furia profética amparado en la esperanza de que ella viera mi efectividad y mi devoción.

Un hombre rico siempre dispone de medios. Siempre hay un amigo de un amigo que conoce a alguien. Siempre hay un testaferro dispuesto, un favor por cobrar.

Solo resta decir que lo destruí, como hombre, como persona. Arruiné cada aspecto de su vida que tuve a mi alcance (soy consciente de mis límites: no puedo, por ejemplo, arruinar el club del fútbol del que es hincha).

Lo hice personalmente, en detalle, con minuciosidad, con saña para evitar pensar en remordimientos inútiles.

Después de haber terminado dejé pasar un tiempo. No le dije nada a Tamara. No me sentía orgulloso del sacrificio humano que había hecho en el altar de su ego. O quizás no quería ser un cargoso.

Fue ella quien apareció un día y me dijo:

—Gracias.

Era una palabra en forma aislada, sin relación con lo que estábamos hablando en ese momento. Pero lo dijo en cierta forma, con una entonación especial y una mirada seria que no dejaron dudas acerca de lo que quería decir.

—Fue un placer —le mentí.

Nuestra relación duró algunos años más, viviendo sin prisas ni remordimientos. Ella cambió de nombre un par de veces más, envejeció con gracia al menos hasta la primera cirugía.

En mi caso fue todo lo contrario: me convertí en ese biotipo de alegre divorciado de mediana edad incomodando a todo el mundo con su presencia nocturna, por un tiempo con ella prendida de mi brazo.

Nuestra ruptura fue tan sencilla como nuestro inicio. El principio del fin fue cuando entendí que mi obsesión con ella entraba al terreno de lo manejable. Porque fue entonces cuando ella se me hizo insoportable por lo aburrida.

Para Tamara, que por entonces se llamaba Violeta, fue fácil comprender mis señales. No era la primera vez que le pasaba y estaba acostumbrada a resolverlo rápido. No le interesaban las codas ni las despedidas aletargadas.

Se fue una mañana de mi departamento para nunca más volver. No hubo avisos previos ni reproches. No hubo llanto ni gritos. Apenas hubo un par de llamados y mensajes con gusto a ceniza que me dieron a entender que todo había terminado.

Ella era una profesional de las rupturas, una escapista consumada. Esa noción de asombro me privó de la lástima que pude sentir por ella, ya casi cuarentona, saliendo de nuevo a la calle.

Pensé mucho en ella en los años que siguieron. Nunca volví a pensar en Miguel Turnes. Para mí fue apenas daño colateral.

Además, tengo la regla personal de nunca detenerme una vez que tome una mala decisión.

Juan Bautista Correa
Juan Bautista Correa, escritor mendocino.

Juan Bautista Correa, escritor mendocino.

Sobre el autor: Juan Bautista Correa

Juan Bautista Correa tiene 34 años, trabaja como programador y reside en Mendoza. En 2023 ganó el Certamen Literario Vendimia en la Categoría Cuento. En 2024 se publicó su libro de cuentos Agogé.

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