Convocatoria de Los Andes: Dewey, un cuento de Luis María Da Souza

El veterano periodista y también escritor imagina, en este relato, un complejo sistema burocrático para eso que se suele llamar “vida después de la muerte”.

Agustín salió de la “cueva”, presuroso, nervioso. Debía recorrer unas cuantas cuadras antes de llegar a su oficina y entonces aferró con más fuerza el portafolios que contenía los varios miles de dólares que acababa de comprar.

Cuando dejó el edificio cerró más el puño y se dispuso a caminar rápido, pero sin demostrar ansiedad o preocupación. Llegó a la esquina de Espejo y 9 de Julio y, esperando que el semáforo le diera la orden de cruzar, se desplomó. Desde que sus piernas se aflojaron hasta que su cabeza tocó el suelo sólo pensó en apretar más su mano cerrando toda posibilidad de que el maletín le fuera sacado.

Enseguida fue rodeado por personas que querían auxiliarlo, curiosos que no se iban a perder una escena de esas y un bicipolicía que inmediatamente atinó a llamar una ambulancia. Los paramédicos actuaron de inmediato y el hombre, aún con el portafolios en mano, fue trasladado hasta el hospital donde se comprobó que un infarto le había arrebatado la vida.

Los policías que intervinieron no pudieron encontrar nada que les permitiera comunicarse con familiares o amigos para informar sobre el infortunio. Quisieron abrir la mano que aún sostenía el portafolios, pero fue imposible. Debieron recurrir a un alicate para cortar los ganchos de la manija y así poder abrir el maletín que sólo contenía unos papeles con membrete de la empresa donde aquel hombre trabajaba. Se comunicaron con la gerencia y les dieron la infausta noticia.

El gerente preguntó por el maletín y le contaron con detalles lo sucedido: que el cadáver aún sostenía la manija y todavía no habían podido abrirle el puño. Estaba como soldado.

El empresario no dudó de la fidelidad del viejo empleado y así pudo entender lo del puño. Pensó en auxiliadores, curiosos, policías y paramédicos. A quién denunciar, cómo comprobar lo de los dólares. Nada podía hacerse. Dio por perdido el dinero y se ocupó del resto de los detalles. Los más penosos.

* * *

La esencia del hombre muerto llegó al lugar adonde llegan las esencias de las personas muertas. Una densa y pegajosa bruma inundaba el sitio. La esencia, decepcionada, se dijo.

—Pero aquí no hay arroyos, ni árboles verdes, ni prados verdes, ni flores verdes. Sólo esta bruna que nada deja ver y que todo lo invade. ¿Dónde he venido a parar? ¿Tan mal hice las cosas? Allá, ¿abajo?

—Primero, no te quejes de la bruma, ya te acostumbrarás. Segundo, no hay arroyos, árboles ni ninguna de esas cosas que esperabas encontrar. Tercero, es el lugar donde vienen todas las esencias y si hay algo que acá se tiene en cuenta, es la diversidad. No hay lugar para esencias masculinas o femeninas, religiosas o ateas. Son todas esencias que vagarán entre la bruma.

—Pero, ¿tú quién eres? —preguntó la recién llegada— ¿Dios, San Pedro? ¿Quién?

—No soy ninguna deidad, ni algún amanuense de esos que se dice manejan Las Llaves del Reino. Soy un controlador. Mi misión es recibir a todas las esencias, catalogarlas, ponerles una chapita con sus datos y mandarlas a vagar por los siglos de los siglos.

—¿Cómo? ¿Catalogarnos como si fuéramos libros en una biblioteca?

—Exacto —respondió el controlador—. ¡Por fin uno que entiende! Te voy a explicar, porque te lo merecés. Hace mucho tiempo, a alguien se le ocurrió que el lugar necesitaba orden. Organizó una licitación intergaláctica y ganamos nosotros.

—¿Quiénes? —interrumpió la esencia.

—Nosotros, que venimos de un lugar, de otro sistema solar diferente al tuyo. ¿Sigo?

—Seguí

—Estudiamos el caso y nos pusimos a trabajar. Fuimos a la Tierra y descubrimos que ustedes tienen un sistema de catalogación bibliotecológica llamado Dewey, que asigna números a las distintas manifestaciones escritas. Por ejemplo: el ocho es literatura, el seis es española, el tres es novela, y así sucesivamente. Entonces, cuando un lector pide un libro, el bibliotecario sabe dónde está. Esto es lo que precisamente nosotros necesitábamos hacer. Ordenar. Entonces para nosotros 1 es hombre; 2 es mujer; 3, bueno, 3 son todos aquellos a quienes no se pueden catalogar como hombres ni como mujeres, aunque ahora tienen nombres especiales. Después, las fechas de nacimiento y muerte (día, mes y año). Por último, asignamos otros números a algún detalle que a nosotros nos interese conocer. Te aclaro que aquí no hay derechos humanos, violencia de género ni discriminación. Esto es por si te molestó lo del tres.

—Pero, entonces yo, que pretendía juntarme con mis padres y hermanos y estar todos otra vez en familia, ¿será imposible?

—Yo creo que sí. Pero por ahí, si encontrás un 2 con la fecha de nacimiento y la fecha de muerte de tu mamá, quién te dice que esa sea la esencia que buscás. No podrás comunicarte, pero tal vez estés al lado de tu madre.

—Sí, pero eso de andar mirando chapitas de otras esencias, ¿no te parece medio indiscreto?

—Bueno, si lo ves con esos ojos no has entendido nada de lo que pasa cuando una persona muere. La esencia de esa persona no tiene forma, no habla, no ve, no escucha y, por lo tanto, con los únicos con los que se puede comunicar es con nosotros, los controladores. Sólo es una esencia más. Acá, para mayor orden, podrían estar apiladas unas arriba de otras, pero las dejamos vagar porque el espacio es inconmensurable, hermoso, silencioso. No hace frío ni calor. No hay viento ni lluvia. No hay inclemencias. Sólo paz y tranquilidad. Además, la chapita numérica tiene un localizador que nos permite, sólo a nosotros, ubicar la esencia que necesitemos en el momento en el que lo necesitemos y para lo que necesitemos. La batería de ese localizador se carga con la luz del sol y siempre está dispuesto para enviarnos la señal que buscamos.

* * *

—Controlador, entonces, ¿qué necesitás?

—Contactarte y darte una explicación. ¿Te acordás de lo que te sucedió para llegar acá?

—Sí, cómo olvidarlo. Por ahí creo escuchar los gritos de mi jefe porque se perdieron casi veinticinco mil dólares. Te juro que no solté el maletín y creo que a mi cuerpo lo enterraron con el puño cerrado sobre la manija del portafolios, puño que tampoco pudieron abrir.

—No te preocupés por eso. Tu jefe dijo “a lo hecho, pecho” y se dedicó a otros menesteres. Pero lo bueno fue que jamás dudó de vos. En tu entierro habló de tu bonhomía, pero sobre todo de tu honestidad. Eso quedó muy en claro. Debo decirte que, como nosotros no tenemos moneda y todo lo vemos, seguimos todos los casos como el tuyo y otros también. Vos ibas a la “cueva” muy estresado. No era difícil que te sucediera lo que te sucedió. Y nosotros, como somos incorpóreos, actuamos y nos hicimos, antes que cualquier curioso, auxiliador o policías, de los dólares. Esa es la plata que usamos para comprar las chapitas. Nosotros no producimos esa clase de material, ni tan siquiera las baterías que usa el localizador. Por eso, ahora que tenemos unos cuantos dólares juntos, haremos un viaje para reabastecernos de chapitas. Se me ocurrió que tal vez quieras acompañarme. Si es así, vendrías como mi perfume. Yo me corporizaré como humano y luciré un traje, corbata, zapatos lustrados y vos, que podrás ver y sólo hablarás conmigo, serás la exquisita fragancia que todos captarán deliciosamente.

—Está bien, ¿cuándo salimos?

—Dedicate a vagar. Ya te buscaré.

* * *

La calle estaba concurrida. Un hombre elegantemente vestido caminaba despacio, como tomándose el tiempo necesario para observar cada detalle. Entró al banco y buscó los cajeros de autoservicio. Depositó unos cuantos cientos de dólares y guardó el recibo prolijamente en el bolsillo. Salió a la calle y tomó un taxi. El coche lo llevó hasta una casa de venta de chapas y en el mostrador pidió hablar con el gerente.

—Aguarde un momento. El señor Gutiérrez lo atenderá en unos instantes.

—No hay apuro. Espero.

Después de unos minutos, Gutiérrez abrió la puerta del despacho y saludó al conocido cliente, que se ahorró todo lo protocolar y le entregó el recibo del depósito.

—Como siempre, envíe el pedido a la electrónica y ellos se harán cargo de mandarnos la mercadería debidamente conformada.

El hombre se despidió, salió de la casa y subió al taxi que lo esperaba en la puerta del negocio tal como se lo había pedido. En ese momento, la esencia habló.

—Ya que estamos en Godoy Cruz, muy cerca de casa, ¿podemos pasar por la puerta a ver si veo a mi señora o a alguno de los chicos?

—Imposible. Eso no lo puedo decidir yo. Dijimos que sólo vendríamos para que vieras qué hacíamos con el dinero y cómo comprábamos las chapitas. Ya lo viste y cuando sea de noche emprenderemos el regreso.

Cuando el sol estuvo en el nadir, el Controlador, de pie en la terraza del edificio desde el que él y la esencia iniciarían la vuelta, habló por última vez.

—Mirá cómo brillan. Es la luz del sol que se refleja en las chapitas y que el localizador retiene en la batería.

—Pero si esas son las estrellas…

—Exacto. Así es como las llaman ustedes.

Sobre el autor: Luis María Da Souza

Luis María Da Souza es mendocino, el único mendocino de su familia luego de que ésta emigrara de San Juan escapando del terremoto de 1944 que dejó en ruinas a la provincia del Oeste. Da Souza Nació un 7 de agosto de 1945 y tiene ya 80 años. Conserva intactas sus ganas de escribir y después de haber sentido la necesidad de estudiar Letras e integrar varias redacciones de diarios y revistas provinciales y nacionales dedicado a la tarea de perseguir noticias, se interesó nuevamente por aquella actividad que lo había capturado de adolescente que abandonaba la escuela secundaria y se dedicó a la narrativa, despuntando el vicio de volver a escribir esta vez bajo la supervisión de la escritora Mercedes Fernández en su renombrado Taller de la Palabra. Allí, Da Souza, produjo apreciable cantidad de cuentos. Dewey es uno de ellos, de los más viejos.

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